VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2000

Nada más terminar el viaje transahariano de agosto del 99, empecé a planear el siguiente, en enero de 2000. Este ha sido el más largo y cansado de los que he realizado hasta ahora. El objetivo era recorrer con un camión África occidental hasta Abidján durante 2 meses, comprando mercancía para después venderla en España. Un viaje comercial clásico, del tipo de los que aparecían en los relatos de aventuras que leía cuando era pequeño. Un planteamiento sencillo, pero de elaboración agotadora. Cualquier cosa con tal de ganarme la vida sin renunciar a África. El resultado ya se verá, de momento me he gastado todos mis ahorros.

Salí de Madrid el 13 de enero con un viejo camión Mercedes en compañía de Javier, era el segundo viaje que hacíamos juntos. Su objetivo era realizar un reportaje videográfico del viaje. Desgraciadamente no pudo llegar conmigo hasta Abidján, problemas de salud le obligaron a regresar desde Senegal.

Las primeras etapas fueron bastante lentas, el camión no pasaba de 70 km/h. Mientras me adelantaban todos por la autovía de Andalucía, me consolaba pensando que si bien llevaba el vehículo más lento, seguramente llegaría más lejos que nadie. El motor hacía bastante ruido, pero no molestaba. Me acostumbré en seguida a los latidos de ese gran corazón de acero. Cuando uno pasa tanto tiempo en un vehículo, le acaba cogiendo cariño.

Después de cruzar el Estrecho entramos en Marruecos. En Larache tomamos la autopista hasta Casablanca. Luego, carretera nacional hasta Marrakech, donde estuvimos un par de días comprando.

Por las carreteras de Marruecos, tenía por delante más de 6000 km. hasta Abidján. Una recta interminable con las montañas del Atlas al fondo. Mucho tiempo para pensar. Solo soy un pequeño comerciante, pero al volante de mi camión me sentía una especie de Marco Polo manejando el timón por el mar hacia la incertidumbre y lo desconocido. Unos carteles me recordaban que "la velocidad mata". Según eso, al paso que llevaba seguramente viviría más de 100 años.

De vez en cuando se ven por televisión expediciones mucho mejor preparadas que le mía. Vehículos caros con aparatos sofisticados. Os aseguro que no es imprescindible tener mucho dinero para realizar un viaje de este tipo. Nunca he dejado que la falta de medios me impidiese hacer una transahariana. Si uno va con su mochila desplazándose en transporte público, comiendo en restaurantes baratos y durmiendo en tienda de campaña, puede llegar hasta donde le de la gana.

Después de Marrakech, Tiznit, Guelmin, Tan-tan, Tarfaya, Laayoune, Boujdour y Dakhla. Todo asfaltado, ningún problema. Muchos controles policiales, la situación no es estable.

Un poblado de pescadores en el Sahara Occidental.

Esto es una sebkha, las hay por todo el Sahara. Son lagos secos. En este caso, al secarse el agua del mar, ha quedado la sal. Hay muchas zonas en las que se ve claramente cómo en algún tiempo el desierto estuvo cubierto por el mar.

La entrada de Dakhla, en el Sahara Occidental, es impresionante. Siempre que paso por aquí, me paro a contemplar el paisaje.

El dromedario, el desierto, el mar, el cielo y mi camión de mudanzas. Quise subirme en uno de esos animales, pero no había forma ni de acercarse. Corren como condenados. Cualquier excusa es buena para hacer un alto en el camino. Lo que más llama la atención en estas paradas es el silencio.

En Guerguarat acababa el asfalto, empezaba la pista y continuaban los controles.

El camión iba de maravilla, mejor de lo que esperaba. Era la primera vez que hacía un viaje transahariano con un camión y no estaba muy seguro de nada. En los tramos pedregosos solo hay que meter primera velocidad y circular muy despacio, sin acelerar. Cuando hay arena, coges velocidad antes, y a medida que vas perdiendo potencia en el tramo arenoso, reduces de marcha sin dejar de acelerar. Si ves que a pesar de todo el camión no avanza, te paras. Deshinchas las ruedas hasta 2 kilos y sales en primera, sin acelerar demasiado. Y como último recurso, las planchas. Durante la primera transahariana que hice, en el 87, me contaron el caso de un sueco que murió de agotamiento intentando desatascar su camión. Cada vez que tengo que atravesar una zona arenosa, me acuerdo de él y me lo tomo con calma.

En Nouadhibou, mi amigo Soufi me acompañó a ver un cementerio de barcos. Me contó que los pescadores mauritanos compran a bajo precio barcos usados japoneses o coreanos. Cuando se les estropea alguna pieza importante, no tienen medios para repararlos y los abandonan. Visto así, cada barco aquí encallado es una tragedia, un sueño roto, una ruina.

Soufi Ouloud Maghmoud es un personaje curioso. Mauritano nacido en el desierto, de familia nómada. Es bastante alto y estuvo varios años trabajando de marinero. Me contó que en la mar podía pasar un mes sin comunicarse con nadie. Habla un poco de español, y cuando no entiendo algo que me está contando, empieza a gritar. Cree que así le voy a entender mejor.

Un barco abandonado.


En Nouadhibou subí el camión al tren minero hasta Choum. Así evitaba la pista que atraviesa el parque de Arguin, muy mala. Según me dijeron, el tren minero que hace el trayecto entre Nouadhibou y Zouerat, es uno de los más largos del mundo.

Si quiere oir el sonido del tren de Choum en formato MP3, por favor pinche AQUÍ.

Si quiere oir el sonido de un tren cruzándose con otro en formato MP3, por favor pinche AQUÍ.

Salimos de Nouadhibou por la tarde, y pasamos toda la noche intentando dormir en el interior del camión. A la mañana siguiente, ya estábamos en Choum.

Nos habían dejado en una vía muerta, en medio de la nada. Estuvimos toda la mañana esperando, hasta que una máquina nos llevó a una rampa.

Bajamos el camión de la plataforma, y tomamos una pista hacia el sur. Me atasqué en una de arena y tardamos dos horas en salir. Llegamos a la carretera asfaltada, pero a 50 kilómetros después de Akjoujt, el motor se rompió. Otro camión nos remolcó hasta Nouakchott, donde estuve una semana de reparaciones. Javier se cansó de esperar y se fue a Senegal.

Había partido el cigüeñal por la mitad, el mecánico no se lo podía creer. Dijo que era la primera vez en su vida que veía algo parecido. Me salió por un ojo de la cara, pero qué se le va a hacer. El taller era de unos argelinos expatriados. Habían huído de la guerra civil. Hablamos largo y tendido sobre Argelia, país que al que me gustaría regresar cuando las cosas se calmen.

Hice una excursión a la playa y me subí a un barco encallado para hacer una foto.

Por fin arreglaron el camión y pude continuar mi viaje hacia el sur. Pasé por Rosso, donde a mediados de los años noventa a los mauritanos les dió por degollar senegaleses, y a los senegaleses les dió por meter a los mauritanos en hornos. Hoy ya está todo olvidado.

Crucé el río Senegal en el ferry.

Pensaba hacer el trayecto de Kayes a Bamako en el tren, pero me querían cobrar un precio exorbitante. Así que decidí hacer la pista que pasa por Nioro acompañado por un francés llamado Lauren. Antes de salir de Kayes, le pregunté a uno cómo era el recorrido, y me dijo que era infernal. Le pregunté a otro, y me dijo que era un infierno. Como todas las opiniones eran de ese estilo, no quise preguntar más y me aventuré. Había tramos tan malos que más que elegir la mejor zona para cruzarlos, uno adivinaba el camino porque era imposible ir por otro lado. Por aquí no, porque hay un árbol. Por aquí no, porque hay una roca. Por aquí no, porque hay un precipicio. Pues por aquí. Y así horas y horas. Una pista para ejercitar la paciencia, más que la habilidad. Lauren se reía mucho cuando me paraba en los pueblos a comprar taburetes y morteros viejos. Era un buén compañero de viaje, a pesar de que casi no hablaba. Tal vez por eso me cayó bién.

El baobab es el árbol típico del Sahel. En la época de lluvias florece, el resto del año parece seco.

El tambor del pueblo. Intenté comprarlo, pero no lo vendían ni a tiros. No todo está a la venta en África. Según me contó un anciano, gracias al tambor se reúnen todos los aldeanos de vez en cuando para bailar. El resto del tiempo discuten. Es decir, si no fuera por el tambor, estarían siempre discutiendo.

Este soy yo desenfocado echando a perder una foto.

En Bamako estuve varios días comprando y fabricando djembés. Soy muy aficionado a la percusión, y mis djembés han ganado merecida fama en poco tiempo. Primero compro la madera tallada, eligiendo sólo las mejores piezas. Luego voy al matadero y escojo pieles de cabra que no tengan agujeros ni grasa. Un herrero me hace los aros, y la cuerda la llevo desde España. Alquilo una casa, y con la ayuda de dos artesanos de Bamako, monto los djembés. Así consigo que me salgan muy baratos y me aseguro de que sean de la mejor calidad posible.

Siempre encuentro tiempo para tocar el djembé y aprender algún ritmo nuevo. En este viaje me he llevado un pequeño equipo de grabación. Tengo pensado editar un CD, lo llamaré "Música Tradicional Africana". En los pueblos, muchos jóvenes se reúnen después del trabajo para tocar el djembé y otros instrumentos.

De Bamako tomé la carretera hacia Segou y San. Aquí hay mucha cerámica, pero renuncié a comprarla por su fragilidad. Todavía me quedaban muchos tramos de pista, y seguramente se rompería la mayor parte. Otra vez será. Continué hasta Somadougou, y tomé la pista de Bankass, en el País Dogón. A mi izquierda veía la falla de Bandiagará, que tantas veces he recorrido arriba y abajo con grupos de turistas. En Bankass estuve un par de días. Luego atravesé la frontera con Burkina Faso por una pista muy bonita, hasta Ouahigouya.

Mi siguiente objetivo era Gaoua, en el País Lobi. Me costó bastante llegar, pero lo conseguí. Mereció la pena, ya que encontré unas piezas de artesanía estupendas. Continué hacia el sur, y entré en Costa de Marfil. Habían pasado dos meses desde el golpe de estado, y presidía el gobierno el general Robert Gueï. Cogí la pista que bordea el Parque Nacional de la Comoé. Dicen que aquí hay bastantes animales, pero yo solo vi militares y alguna manada de monos.

En Korhogó estuve un par de días. No me quedaba sitio dentro del camión para dormir, así que me alojé en el hotel Mont Korhogó.

En los pueblos del norte de Costa de Marfil trabajan el algodón de forma muy rudimentaria. Cuando compro artesanía, me gusta saber quién lo hace y cómo. Todo se hace a mano, no hay dos piezas iguales.

Si quiere ver fotos del proceso de fabricación de los tapices, por favor pinche aquí.

Desde Korhogó hasta Abidján, hay carretera asfaltada. A partir de Yamoussoukro, el paisaje cambia. Los bosques son más frondosos y los árboles más altos.

Lo que más me llamó la atención de los paseos que me daba por algunos de los barrios más populares de Abidjan, fue la cantidad de sonidos diferentes que se oían. Hay muchísimos bares, cada uno de ellos con su música. También iglesias, donde la gente se reúne después del trabajo para cantar. Y los vehículos particulares, todos con su hi-fi a tope.

Al final del viaje, cargué todo lo que había comprado en un contenedor para enviarlo a España. Había atravesado Marruecos, Sahara Occidental, Mauritania, Senegal, Mali, Burkina Faso y Costa de Marfil. Estaba realmente cansado. Vendí el camión al primero que pasaba y regresé a España en avión.

Tengo en la mente dos imágenes de este viaje que nunca olvidaré. La primera, en las calles de Bamako. Una ciudad bulliciosa, dinámica y pobre. En medio de la calle, vi un niño paralítico que se arrastraba. No tenía silla de ruedas, ni muletas. Sólo callos en las palmas de las manos y en las rodillas. Escenas de este tipo no son infrecuentes en Africa, y seguramente ya se me habría olvidado, si no fuera porque ese niño iba cantando. Me miró, sonrió y siguió su camino sin dejar de cantar. Lo hacía para que no le pisasen.

La segunda imágen, en el avión de regreso a Madrid. Un jóven maliense que venía a España para trabajar. Según me dijo, tenía todos los requisitos que exige la policía española para entrar. Sin embargo, temblaba de miedo. No soy un sentimental, pero me dió mucha pena ver el sufrimiento de una persona cuyo único objetivo era ganarse la vida honradamente con su trabajo. Está claro que algo falla en el sistema. Conozco varios casos de africanos que en Barajas son obligados a regresar a sus países de origen. En España hay muchos trabajos que los españoles no queremos hacer. Los africanos están dispuestos a desempeñarlos, por muy duros e incómodos que sean. No es una cuestión de caridad, es simple lógica. Lo malo es que una minoría de sinvergüenzas que vienen a Europa para aprovecharse del sistema y delinquir echa por tierra la buena imagen de sus compatriotas honrados.

A mi regreso a Madrid una buena noticia me esperaba, ya estaba a la venta el nuevo disco de AC/DC. Corrí a comprarlo, y mientras lo escuchaba, me dispuse a planear mi próximo viaje.




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