VIAJE TRANSAHARIANO ABRIL 2001

Después de realizar un viaje transahariano con un camión de 6 toneladas en enero del 2000 y otro con un camión 8 toneladas en agosto del 2000, me tocaba ahora uno de 10 toneladas. Salí el 7 de abril con mi mujer, que me acompañó hasta Agadir, desde donde regresó a Madrid en avión. Continué solo hasta Dakhla, donde había quedado con mi amigo Manu, que viajaba en un viejo pero potente Peugeot 504. Este es el cuarto viaje que hacemos juntos.

El viaje no tenía ningún objetivo en particular. Algunos disfrutan escalando montañas, otros ganando dinero, otros bailando. Yo me lo paso bién atravesando el desierto con todo tipo de vehículos. Cuanto más grande sean, mejor. Y si es posible escuchar música de ACDC al mismo tiempo, mejor que mejor.

Un acantilado en el Sahara Occidental.

Dakhla es paso obligado para los que van a atravesar el desierto. Hay de todo: jóvenes estudiantes, mercaderes de chatarra, hippies con el pelo a lo rastafari, ladrones de coches, "aventureros profesionales", etc. En el desierto somos todos iguales. Compartimos calor, sed y falta de comodidades.

Una foto única e irrepetible del mar.

En Dahkla conocí a dos simpáticos ingleses que viajaban en bicicleta. Les llevé hasta Nouadhibou, en el camión había sitio de sobra. Se rieron cuando les dije que hace años estuve cuatro meses en Inglaterra aprendiendo su idioma, y regresé sin haber conseguido hablar con un solo inglés. Querían llegar hasta Sudáfrica y para ello se habían tomado un año sabático.

Impresionante vista de la bahía de Nouadhibou a la entrada del Parque Nacional de Banc D'Arguin, con curiosas formaciones rocosas producto de la erosión.

En camión vas más despacio, pero ves mejor el paisaje.

Cerca de Nouadhibou fuimos a ver un avión ruso accidentado hacía una semana. Había sido utilizado para transportar pescado. Todavía olía a quemado. Se apreciaban perfectamente en la arena los surcos que habían dejado las enormes hélices del Antonov, antes de pararse para siempre.

En su interior viajaban ocho personas, que resultaron ilesas. Tuvieron que salir por una ventanilla trasera, después de romper el cristal a balazos.

Desde que se les cayó el muro, los rusos no levantan cabeza. Las malas lenguas de Nouadhibou aseguraban que todo era un montaje para cobrar el dinero del seguro. Me cuesta creer que alguien se juegue la vida de esa forma por unos cuantos papelicos.

Mientras esperábamos en la estación de Nouadhibou nuestro turno para subir el camión a la plataforma del tren minero que nos llevaría hasta Choum, presencié el trágico fin de un camello. Lo traían de Zouerat, amarrado a la plataforma. Después de un viaje de 12 horas en la misma postura, tenía las articulaciones agarrotadas, y no se podía levantar.

Entre varios lo bajaron de la plataforma.

Vino el veterinario, pero ya no había solución.

Acabó hecho filetes.

Después de una paciente espera de cuatro días, me tocó subir el camión a la plataforma del tren. Además, me cobraron un pastón. La otra alternativa, atravesar el Parque Nacional hasta Nouakchott, es demasiado arriesgada viajando con un camión sin tracción total. Si se estropea, no hay posibilidad de remolcarlo, y tienes que dejarlo abandonado.

Si quiere oir el sonido del tren de Choum en formato MP3, por favor pinche AQUÍ.

Si quiere oir el sonido de un tren cruzándose con otro en formato MP3, por favor pinche AQUÍ.

En Choum había un montón de chatarra de aspecto fantasmagórico. Aquí Chillida sería feliz.


Estuvimos bastante tiempo tirados, y me entretuve haciendo fotos de todo lo que veía a mi alrededor.

Aquí aparece una de las vías del tren.


Un cartel avisaba del peligro de minas y escorpiones.

A pesar de las malas experiencias que he tenido en África juntándome con extraños, todavía no termino de aprender. Nunca he tenido inconveniente en ayudar a quien necesite ayuda, sea europeo o africano. Siempre he contestado con educación a todo lo que me han preguntado. Pero, ¿qué pasa cuando alguien te hace cientos de preguntas, le das miles de explicaciones, luego no te hace caso, se mete en un lío, y te pide ayuda?

En el tren también había montado su vehículo un italiano. Como estaba solo y en el camión había sitio de sobra, le invitamos a subir. Estuvimos un rato charlando. Atardecía, y cuando el tren estaba maniobrando para salir, le dije que se subiera a su coche, porque el tren no pararía en toda la noche. No me hizo caso. El tren arrancó. Pasaron las horas, y no se detenía. Empezó a refrescar, y el italiano iba en camiseta. En el desierto, las noches de invierno son muy frías. Le dimos una manta, y estuvo hasta las 2 de la mañana refunfuñando. En un momento dado, el tren disminuyó de velocidad, y arriesgando su vida de la forma más absurda, el italiano se bajó en marcha. Desapareció en la oscuridad, dejándonos estupefactos. Al cabo de un rato durante el cual se nos cortó la respiración, vimos su rechoncha silueta dos vagones más atrás, a la altura de su coche. Lo había conseguido, a pesar de su baja forma física.

El trayecto de Choum a Atar fue especialmente agotador. El tren nos había dejado de madrugada en una vía muerta, y mientras esperábamos a que una máquina llevase nuestra plataforma hasta una rampa para bajar el camión, me dediqué a hacer flexiones. Luego me arrepentí, ya que ese día el camión se atascó un par de veces en la arena, y me hicieron falta todas mis energías para sacarlo.

Los problemas empezaron temprano. A la hora de bajar los vehículos del tren, el coche del italiano no arrancaba. Había estado toda la noche escuchando música, y la batería se había descargado. No tenía pinzas. En Choum, medio pueblo se movilizó para ayudarle. Después de varias horas buscando unas pinzas, algo que no abunda en medio del desierto, su coche arrancó con ayuda de mi camión. El italiano no quiso dar propina a los que le habían ayudado, y uno de ellos se fue a quejar a la policía. Nosotros, inexplicablemente, seguíamos a su lado.

Entre tanto se me acercó un Mauritano, y me pidió que le llevase a Atar, a unos 150 kilómetros. Le dije que si, y fuimos a su casa a buscar su equipaje, que consistía en un montón de escombros y una cabra. Absolutamente surrealista. Por fin arrancamos el italiano, el mauritano, nosotros y la cabra. Pero en el control de la gendarmería a la salida de Choum, nos pararon. Yo lo llevaba todo en regla, pero el italiano no tenía seguro. Allí perdimos otra hora. Salimos cuando más calor hacía, a las dos de la tarde. Llegamos a una zona de mucha arena, y yo la pasé sin problemas. Pero el otro vehículo no venía, y nos paramos a esperar. Al cabo de un rato vimos en el horizonte al italiano, venía andando. Una visión inolvidable, ahora lamento no haberle hecho una foto. Camiseta blanca ajustada que delataba prominente barriga, pantalones negros de campana que le llegaban hasta los tobillos, tirantes de colorines y sombrero de paja con su mano pegada. Una especie de parodia de la presentación de Omar Sharif en la película Laurence de Arabia. Se había quedado atascado en la arena. Fuimos, y le sacamos. Perdimos otra hora, y el calor era insoportable. El mauritano, que no era tonto, se metió en el Alfa Romeo del italiano, que tenía aire acondicionado. Arrancaron y se fueron. Por esperar al italiano, yo había parado el camión en una zona de arena. Al intentar arrancar, el camión quedó atascado. Estuvimos una hora para salir, utilizando planchas y removiendo arena con la pala. Nosotros solos. Los otros estaban tomando el té unos kilómetros más allá.

Con mucho esfuerzo y sufrimiento, conseguimos sacar el camión del arenal. Llegamos a la altura de los otros dos. El mauritano, cómodamente sentado a la sombra de una acacia, me indicó con gestos que me acercase a saborear su te. Yo le dije que subiera al camión, ya habíamos perdido mucho tiempo. Prefirió nuevamente ir con el italiano. Nuestra paciencia se agotó y decidimos pasar de ellos. Mejor solos que mal acompañados.

Aquí aparece el mauritano
que quería llegar hasta Atar.
Por acompañar al italiano
se volvió loco de atar.

Gozó del climatizador
a sus amigos abandonó.
Descuidó a su benefactor
y sin su cabra se quedó.

La pista se hacía cada vez más pedregosa. Pronto llegamos a las montañas. Subimos un puerto. Desde lo alto la vista era espectacular. Al otro lado nos esperaba una extensa zona de arena.

Nos bajamos del camión y fuimos a examinar el terreno a pie. Vimos que por la pista era imposible transitar. Estaba llena de arena. Por la izquierda no lo vimos claro. Había una hondonada. Si el camión se hundía allí, nos costaría mucho sacarlo. A la hora de desatascar un vehículo de la arena, la inclinación es muy importante. Si intentas salir cuesta arriba en la arena, al acelerar el camión se hunde más todavía. Decidimos intentarlo por la derecha, ya que antes de la arena había una pendiente pedregosa en la que podíamos tomar carrerilla.

Nos colocamos frente a la arena y fuimos marcha atrás por la ladera de la montaña hasta llegar a unas peñas infranqueables. Mirando al frente, metí primera, aceleré, segunda, y luego tercera. Tampoco podía ir muy rápido, ya que había riesgo de pinchar con piedras cortantes. Manu iba agarrado donde podía, supongo. Yo ya tenía suficiente con esforzarme por no salir volando por los aires como para preocuparme por él. Llegamos a la arena dando saltos. Notamos cómo el motor bajaba de revoluciones. Sin dejar de acelerar, cambié a segunda lo más rápido que pude. Pero no hubo suerte. A pesar de nuestros gritos de ánimo (venga, dale, que tu puedes, etc.), el camión quedó nuevamente encallado en la arena. Estuvimos una hora para desatascarlo.

La causa más común y evitable de quedarse varado en la arena es la siguiente: vas tranquilamente por una zona dura en cuarta velocidad, disfrutando de la conducción y del paisaje, controlando al mismo tiempo el consumo de combustible. Llegas a una zona de arena y reduces a tercera, aumentando las revoluciones del motor al mismo tiempo que las de tu corazón. Te olvidas de la economía y buscas con la mirada una zona dura. A no ser que tengas un todo terreno de más de 200 caballos, oirás que el motor baja de revoluciones sin que puedas hacer nada por evitarlo. Te das cuenta horrorizado de que el pedal del acelerador no puede hundirse más. De tercera cambias a segunda sin dejar de acelerar, y el motor ruge como un león en celo. Sigues así hasta que la temperatura del agua empieza a subir peligrosamente, y te arrepientes de todos tus pecados. Cuando crees que la peor zona de arena ya ha pasado, te dispones a cambiar a tercera. Pero lo haces con tanta energía acumulada y con tanto ímpetu, que en vez de cambiar a tercera cambias a quinta. El motor hace tacatá, y el vehículo se queda clavado literalmente en la arena.

Llegamos a Atar casi de noche, y fuimos a dejar la chatarra del mauritano en la gendarmería. El oficial de guardia nos dijo que no se hacía cargo del equipaje de su compatriota. Así que lo dejamos todo en la cuneta, y nos largamos. A la cabra también la soltamos cerca de unos matorrales. Se había orinado en la caja de herramientas.

Desde Atar fuimos por carretera a Nouakchott, y luego a Ayoun el Atrous. Desde aquí tomamos una pista de 212 kilómetros hasta Nioro. Durante esta jornada se produjo uno de los momentos más memorables del viaje. En un tramo me despisté literalmente, y nos salimos de la pista principal. En estos casos, lo más prudente es volver por el mismo camino hasta enlazar de nuevo con la pista principal. Pero últimamente, por exceso de confianza, me había entrado la manía de acortar campo a través. Cuando más alejados estábamos de cualquier ruta transitada, pinchamos. Hacía todo el calor del mundo, y la rueda pesaba unos 100 kilos. A mitad de la operación de cambio de rueda y perdidos en pleno sahel, Manu me dijo con voz entrecortada y jadeante: "Mira José, yo creo que este tipo de viajes para mí se han acabado. Si acaso, volveré con mi Nissan Patrol, que es nuevo y tiene aire acondicionado". Afortunadamente, al día siguiente y después de dormir 10 horas, esa idea desapareció, y volvimos a plantearnos nuevos retos con vehículos más pesados, viejos y lentos.

Esta foto la hice en la pista que va desde Ayoun el Atrous a Nioro. No había muchos árboles, pero suficientes para destrozar la capota del camión. Solo nos cruzamos con otro camión, que nos dio un golpe en la parte trasera. En el sahel, lo poco que hay cunde mucho.

Éste es mi compañero de viaje Manu apoyado en el camión porque ya no puede ni con su alma, con el Sahel detrás.

A diferencia de las mujeres mauritanas, las de Malí no ponían reparos en dejarse fotografiar.

Los camiones de pasajeros que hacen la ruta entre Nioro y Bamako van a toda pastilla, cargados hasta el límite de su capacidad. La suspensión de ballestas funciona mejor cuanto más peso lleves, y notas menos los baches. Nosotros íbamos descargados, y botábamos con cada bache. Suelen llevar ruedas especiales, de las que utilizan en Europa los camiones militares.

Nosotros llevábamos ruedas normales, las que tenía el camión cuando lo compré dos meses antes de salir. Algunas estaban tan gastadas, que casi se veía el aire de dentro. Haciendo cálculos antes de iniciar el viaje, llegué a la conclusión de que me salía más barato dedicar 5 horas a desatascar el camión de la arena, que gastarme 200.000 pesetas en ruedas nuevas.

La pista que va de Ayoun el Atrous a Nioro se inunda cuando llueve. En época de lluvias, meterse por aquí es una lotería. Puedes tener suerte y atravesarla sin problemas, o no. Conducir por el barro es una experiencia muy emocionante. El vehículo a veces se va por donde le da la gana. Meter las ruedas por las rodadas que ha dejado otro vehículo más grande, es como viajar en tren. No te puedes salir de los railes.

En Bamako una niñita se daba un baño.

En cierta ocasión, un alemán que viajaba en su flamante todo terreno japonés con todos los accesorios imaginables, comentó el lamentable estado de los neumáticos del vehículo que llevaba yo y la escasa longitud de mis planchas de arena. Yo no tuve ningún problema importante, pero en el viaje siguiente me enteré de que al alemán se lo habían robado todo en Costa de Marfil. Uno nunca sabe lo que le depara destino y por eso debe tener mucho cuidado con lo que hace y con lo que dice.

Me siento afortunado por salir con vida de todos los líos en los que me meto.


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