VIAJE TRANSAHARIANO MARZO 1998

En noviembre del 93 realicé mi último viaje transahariano por Argelia, ya que los integristas islámicos comenzaron a matar extranjeros. Continué viajando al Africa Negra en avión, y en marzo de 1998 me decidí a bajar por la ruta atlántica.

5 años sin viajes transaharianos es demasiado tiempo. Sobre todo, cuando uno es incapaz de dejar de pensar en ellos.

Compré un viejo Peugeot 505 de gasolina y salí de Madrid rumbo al sur una soleada mañana de domingo de marzo de 1998. Dormí en un hotelito a la entrada de Algeciras. A la mañana siguiente crucé el Estrecho en ferry. En Rabat busqué un taller para cambiar el disco del embrague, que patinaba. Continué hacia el sur y dormí en un hermoso valle antes de llegar a Bouizakarne.

Al día siguiente conduje desde el amanecer. A la altura de Tarfaya cogía a un francés llamado Dominique que hacía auto-stop, y le llevé hasta Dakhla. Tenía pelo rastafari y pinta de enrollado.

Me alojé en el camping Moussafir de Dakhla. El gerente me informó de que, para llegar hasta Mauritania, tendría que unirme a un convoy que sale de Dakhla todos los martes y viernes.

El miércoles llevé el coche a un chapista para que colocase debajo del cárter una plancha metálica. Aproveché para cambiar el aceite y los filtros. Desmonté el radiador para limpiarlo, y quité el termostato para mejorar la refrigeración. Lo mismo que hacía años atrás en la ciudad argelina de Adrar antes de internarme en el Tanezrouft.

Al día siguiente fui a la policía, a la gendarmería y a la aduana para hacer los trámites que me permitirían unirme al convoy del viernes. Dediqué el resto del día a conocer la península.

El viernes por la mañana me presenté en la explanada donde me habían citado a la entrada de Dakhla. Poco a poco fueron llegando los demás componentes, unos 50 vehículos en total. A última hora apareció Dominique. Había estado toda la mañana intentando que alguien con pelo rastafari y pinta de enrollado le llevase hasta Nouadhibou. Pero como nadie quiso montarle en su coche, acudió a mi.

El convoy salió a medio día. El operativo consistía básicamente en dos gendarmes que se subieron a los vehículos que consideraron más cómodos, después de apropiarse de nuestros pasaportes para que no pudiéramos escaparnos. No se a dónde. Uno iba en cabeza, y otro al final.

A unos 50 kilómetros después de El Argoub, un catalán muy majo que viajaba en su moto se dio un buen castañazo delante de nuestras narices. Se le había trabado la rueda trasera cuando circulaba a unos 80 km/h. No sufrió daños, pero la moto estaba rota. Nos quedamos esperando al coche escoba que teóricamente debía ir detrás nuestro, aunque en realidad hacía tiempo que nos había rebasado. Después de un buen rato el gendarme apareció echándole la bronca al pobre motorista por haber tenido un accidente.

Decidió llevar al catalán con su moto hasta El Argoub en el Mitsubishi que había elegido para viajar. No se preocupó demasiado en conocer la opinión del dueño del coche, que accedió resignado. Dominique y yo proseguimos hasta enlazar con el resto del convoy.

A unos 100 km antes del puesto de control de Corbero, el Mitsubishi nos adelantó y nos hizo señas para que parásemos. Con tanto ir y venir a toda pastilla se había quedado en la reserva, y hasta Nouadhibou no había ninguna gasolinera. Le remolqué hasta Corbero.

Llegamos de noche al puesto fronterizo de Guerguerat. Había dos cabañas, y me metí en la que estaba más al norte. Había un grupo de mauritanos haciéndose un té. Cuando me disponía a hinchar mi colchoneta, uno de los mauritanos me dijo que esa era la cabaña de los mauritanos. Le dije si había venido desde tan lejos era para conocer a los mauritanos, ya que a los europeos les tenía muy vistos. Les gustó mi contestación y me invitaron a un té. Estuvimos charlando un rato hasta que empezó a refrescar y me fui a leer un rato dentro del coche.

Al día siguiente volvió a formarse el convoy y nos devolvieron los pasaportes.

Circulamos algunos kilómetros hasta el final de la carretera, donde se encontraba el último puesto de control marroquí.

A partir de aquí empezaba una pista bastante lenta hasta Nouadhibou, pasando por el puesto fronterizo de entrada en Mauritania, y unos cuantos controles más.

En Nouadhibou Dominique me pidió prestadas 1.000 ouguiyas y desapareció. Estuve buscando albergue pero estaban todos llenos. Precisamente la última plaza en uno de los que miré había sido ocupada por Dominique. Al final encontré sitio en el albergue Inal.

Al día siguiente conocí a Soufi, un guía que me propuso formar parte del grupo que estaba reuniendo para ir hasta Nouakchott atravesando el desierto. Son casi 500 km de pistas, campo a través y playa. No hay carretera. Al final nos juntamos cuatro vehículos. En el Peugeot 309 viajaban un francés y un senegalés cuyos coeficientes intelectuales sumados daban exactamente cero. En el Mercedes 300 viajaba un caradura italiano que le había robado el coche a su mujer y pretendía venderlo en Nouakchott. Iba diciendo por ahí que era representante de Nike, y que se encontraba en misión comercial. Le acompañaba un senegalés que nunca empujaba cuando alguien se atascaba en la arena. El grupo lo cerraban dos hippies en un dos caballos.

Por el camino se nos unió una pareja de flemáticos ingleses. Viajaban en un Land Rover y se habían perdido. De hecho aparecieron de frente, aún teniendo el mismo destino que nosotros.

El primero en mostrar su valía fue el italiano, destrozando el radiador de su Mercedazos contra una piedra en una zona completamente llana y con perfecta visibilidad. Continuamos a trancas y barrancas, pero cuando vió que tenía que renunciar al aire acondicionado porque se le calentaba el motor, buscó a alguien que le remolcase. Yo iba muy justo de potencia en las zonas de arena, y no pude. Los ingleses pasaron de remolcarle, así que cuando llegamos a Ten-Allou se enganchó a un Toyota pick-up mauritano y se fue sin pagarle al guía por su trabajo.

El guía Soufi resultó ser un tío muy majo. Su tarifa es de 1.000 francos franceses por travesía, nada mal para 3 o 4 días de trabajo.

A los del Peugeot 309 se les había acabado la poca agua que llevaban, y bebían de lo de los demás. Olvidarse el cepillo de dientes en una excursión de fin de semana es un despiste, pero no llevar agua abundante al desierto es diferente. Durante determinadas estaciones del año, las personas normales no aguantamos en el desierto más de 24 horas sin agua. En Ten-Allou les dijimos que comprasen agua mineral embotellada. Dijeron que se les había acabado el dinero y solo tenían la Visa. Les presté 1.000 ouguiyas. Continuamos el viaje, y en la primera parada volvieron a pedir agua. Finalmente no habían comprado nada en el pueblo, porque decían que era muy cara, "y no estaban dispuestos a dejarse timar".

Luego sufrieron un reventón, y ante el asombro de todos, dejaron abandonada la rueda pinchada. Pretendían aligerar peso, cuando ya habíamos recorrido las dos terceras partes de la distancia que separa Nouadhibou de Nouakchott. Solo recapacitaron cuando vieron que yo la metía en el maletero de mi coche.

Por el desierto se ven algunos vehículos abandonados. No hay carreteras, ni gruas, ni talleres. Los problemas deben ser solucionados sobre la marcha.

Yo soy el que está en la cabina del camión, y el de la derecha es uno de los hippies franceses del 2 cv.

Después de todo las únicas personas normales del grupo resultaron ser los hippies franceses del 2 cv. Cómo engañan las apariencias.

Uno de ellos se parecía al actor Jean Reno, y el otro era clavadito al tenista Yannick Noah.

Lamentablemente, atravesando las dunas de Azefal su 2cv se partió por la mital. Alguien les consoló diciéndoles que ya venía partido de fábrica, pero se veía a la legua que el chásis estaba podrido. Tuvieron que abandonarlo en Nouamghar. Entre los demás les llevamos hasta Nouakchott, donde los del Peugeot 309 desaparecieron sin devolverme las 1.000 ouguiyas que les había prestado, como era de esperar.

En Nouakchott me tomé algún tiempo para descansar y para sacar algunas conclusiones.

La primera es que la temperatura de la ruta atlántica es mucho más suave y agradable que la de las rutas que conocía atravesando Argelia: la del Tanezrouft por Bordj Mokhtar, y la de Tamanghasset por el Hoggar.

La segunda es la proliferación de dos tipos de viajeros que desconocía: los listillos y los pardillos. Entre los últimos y por lo que puede deducirse en este relato, yo ocupaba lugar preferente. Lo cierto es que estaba habituado a otro tipo de viajeros, mucho más nobles y solidarios.

Continué hacia el sur y atravesé el río Senegal en barcaza. Luego circulé por una carretera en pésimo estado hasta Kidira, y crucé la frontera con Malí. En Kayes tuve ocasión de comprobar que el mapa Michelin no mentía. En primavera es la ciudad más calurosa de África, con medias diurnas de 46 grados. Nunca había pasado tanto calor.

Me alojé en el Hotel du Rail cercano a la estación de tren. Después de una buena ducha me dispuse a disfrutar del aire acondicionado, pero un policía vino a buscarme. Por lo visto su superior requería mi presencia en la comisaría. Allí un inspector me hizo revisión de todo: certificado internacional de vacunación, pasaporte, visado, seguro del coche, extintor, triángulo de seguridad, botiquín, etc. Incluso miró si el agua oxigenada estaba caducada. Me dejó marchar a última hora de la tarde y después de pagarle 17.500 francos cfa.

Regresé al hotel y, sospechando que el recepcionista estaba compinchado con el policía, recogí mi equipaje y me fui a un albergue sin pagar un duro. Como diría un castizo, entre unos y otros habían conseguido hincharme las pelotas.

Al día siguiente monté el coche en una plataforma para llevarlo hasta Bamako, ya que la pista de Nioro era muy mala y no quería arriesgarme a destrozarlo.

Mientras esperaba en la terraza de un bar la salida del tren, un supuesto guía coleguilla y enrollado de los que pululan por ahí me robó la cámara de fotos. Encontré su casa preguntando a la gente y conseguí recuperarla, pero el tonto de él había abierto la tapa del carrete. Por eso algunas fotos muestran una molesta franja colorada.

El paisaje por donde transcurren las vías del tren era muy bonito, pero hacía tanto calor que no pude disfrutarlo.

Después de tres días de tortura llegué a Bamako, vendí mi coche y regresé a España en Avión con Air Algerie.

En la foto, una Toyota Hiace de transporte urbano con su placa en la parte trasera indicando "máximo 23 personas".

A pesar de todos los inconvenientes, me quedé tan contento que nada más terminar el viaje, comencé a planear el siguiente, en julio de ese mismo año y acompañado por mi cuñado José Muñoz.




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