VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 2013

En enero tuve que dejar el camión en Bamako y salir pitando, así que el 22 de julio iniciamos el viaje desde Segovia en una robusta Toyota Hiace mucho más moderna, rápida y económica. Los gastos del viaje se han reducido justo a la mitad, no hay bien que por mal no venga. En Málaga recogimos al tercer viajero, que venía en tren desde Lleida, y enfilamos hacia el oeste en dirección Algeciras cantando a pleno pulmón una canción de los chicos de la tienda de mascotas dispuestos a vivir una nueva aventura africana.

Llegamos a Manilva, comimos en una pizzería del Puerto de la Duquesa y dormimos en casa de uno de los viajeros.

Al día siguiente cruzamos el Estrecho en un ferry de Balearia. Los que aparecen en la foto no venían conmigo, posaron porque quisieron.


Algunos emigrantes marroquís aprovecharon el trayecto para dormir.

Fuimos al centro de Marrakech y contemplamos los últimos rayos de sol sobre la Kutubía.

La explanada permanecía cerrada hasta la hora del rezo.

Nos subimos a una terraza para ver La plaza Yamaa el Fna.

Estábamos en pleno Ramadán y había menos gente de lo habitual.


Cenamos estupendamente en uno de los puestos. Quisieron timarnos con las cuentas, pero les salió mal.


Al día siguiente continuamos hacia el sur y compramos fruta en Tiznit, donde nos cruzamos con este anciano juglar que seguramente tendría muchas historias que contar.


Paramos a descansar en lo alto del puerto de Tizi-Mighert.

En Guelmim pasamos por un taller para reparar un teléfono móvil.

Después de El Ouatia paramos en un acantilado.

Un rayo de sol se coló entre las nubes.

Los cabos se perdían en el horizonte.


Una cuerda esperaba su funambulista.

Apareció un pescador.

Nos ofreció una gran corvina para cenar.

Dormimos en Foum el Oued y al día siguiente fuimos a ver el Que Sera Sera.

Dos pescadores preparados para echarse al mar vinieron a saludarnos.


Tomamos té en un restaurante de Boujour. El camarero nos hizo el signo de la victoria al revés o nos cobró el doble o las dos cosas a la vez, no estoy seguro.


En una curva vimos todo el suelo lleno de impresos oficiales. Por lo visto un camión se había puesto nervioso y había perdido los papeles.


Fuimos al poblado pesquero de Lacraa para entregar a Mohammed una foto que tomé en un viaje anterior.


Mohammed no estaba, así que dejé la foto a unos colegas suyos. Les gustó y me pidieron que les retratase.


Me subí a una roca para ver la cala.


El paisaje era muy luminoso.

Parecía sacado del Círculo Polar Ártico.

Había muchas barcas varadas en la arena.


Las calles eran tan arenosas que solo los tractores podían circular.


Al pasar por el Golfo de Cintra subimos a una torre y vimos un pastor llevando un rebaño de camellos.


Llevaba buena marcha y en pocos minutos se perdió en el horizonte.

Llegamos temprano a Bir Gandouz y nos acercamos al Cabo Barbas. Las rocas estaban llenas de mejillones.

El sol bajaba despacio, sin prisa. Aquí el tiempo parecía tener otra dimensión.


La playa estaba desierta. Por lo visto era zona militar. Vino un gendarme a preguntarme qué hacía por allí.


Solo tuve que señalar al horizonte y me entendió perfectamente.


Al día siguiente llegamos a la frontera de Guerguerat y nos pusimos a la cola. Cruzamos rápido y entramos en Mauritania.

Llegamos a Nouakchott y nos alojamos en el albergue Sahara.

Dormimos en la terraza, más fresca que las habitaciones.


Al día siguiente compramos fruta en el carrefour Madrid y salimos hacia el Este por la Ruta de la Esperanza.


Un pastor me preguntó por qué los camellos me llamaban tanto la atención y se quedó asombrado cuando le dije que en mi país no había.


En Aleg paramos a comprar pan. Este señor me dio la mano tan fuerte que me la dejó blanca y tardó 5 minutos en recuperar su color.

Cerca de Magta Lahjar paramos a comer a la sombra de una acacia.

Me subí a un depósito abandonado para contemplar el paisaje cerca del puerto de Djoûk.


A lo lejos se veía un oásis.


Después de Tîntâne paramos a dormir en un control de la gendarmería. A la mañana siguiente los ocupantes de una pick-up descansaban antes de reemprender la marcha.


Los camellos esperaban su turno para beber en uno de los pozos de Hassi Ehl Ahmed Bechna.


Entramos en Malí y la gendarmería nos encasquetó una escolta que nos acompañaría hasta Bamako. Como era tarde y no queríamos conducir de noche, nos quedamos a dormir en un cuartel.

Hacía calor y bebimos un refresco en la cantina. Las instalaciones estaban en pésimo estado por falta de mantenimiento. Era muy poco probable que nos atacase nadie, ya que no quedaba prácticamente nada por destruir.


Fuimos a dar una vuelta al pueblo.


Este camión se dirigía al mercado de Yelimané por una pista muy mala. Los camiones africanos suelen llevar la mercancía en el interior y los pasajeros viajan arriba, pero en este caso era al revés. En el techo solo quedaba el encargado de apartar los cables que cruzaban las calles.

Comimos arroz con salsa en un restaurante.


La dueña aprovechaba un descanso para hacerle trenzas a su nieta.


Luego posó amablemente y le prometí que el viaje siguiente le llevaría la foto.


Es fácil hacer fotos en los pueblos o en las ciudades pequeñas porque la gente se muestra amable. Los retratos urbanos al estilo de Tatkuo Suzuki son mucho más difíciles en las grandes ciudades africanas, porque el hacinamiento estropea el carácter de las personas. A veces he acabado en comisaría dando todo tipo de explicaciones y pidiendo disculpas a personas hostiles y alteradas.


En África es costumbre dar limosna a los gemelos. En algunos países como Nigeria y Benín se les rinde culto. Creen que los gemelos comparten un alma indisoluble.


Unos comerciantes de grano descansaban frente a sus almacenes.


Un asador de carne.


Dos niños jugaban al futbolín.


Una mujer enferma yacía en la parte exterior de un banco.


Unos chicos veían la televisión en grupo, como en España hace tiempo.


Uno de los escoltas que nos acompañó.


El otro estaba muy orgulloso de su kalashnikov. Fueron casi todo el viaje dormidos y eso me tranquilizó. Mi principal temor fue que se les escapara un tiro.

Mi camioncito me estaba esperando donde lo dejé en enero. Nada más llegar le presenté a su sustituto y se echó a llorar.

Me alojé en el albergue Teriya de Bamako. Desde que empezaron a venir los miembros de las misiones internacionales de paz, los precios de los alojamientos han subido. La paz tiene un precio.


Aprovechando que tenía un par de días hasta que llegase mi hermana en avión, llevé el generador que había desmontado del camión a un taller para que lo limpiasen.


En África el polvo y la suciedad ocasionan muchas averías que pueden evitarse fácilmente limpiando de vez en cuando.


El hijo del dueño del taller aprovechaba las vacaciones escolares para aprender el oficio de su padre.


Un artesano restauraba una antigua máscara Nalu.


Fuimos a la terraza del hotel Mandé a contemplar la puesta de sol.

Había llovido en las montañas y el agua del río Níger se había teñido con el color rojo de la tierra africana.


Unos pescadores echaban sus redes.

Pasamos la última noche en Bamako en el albergue Kangaba.

Disfrutamos de la paz y la tranquilidad, alejados del bullicio de Bamako.


Una mariposa se tomaba un refresco de néctar.


Salimos hacia Sikasso y por el camino paramos en Ouelessebougou para ver el mercado.


Una vendedora de ropa se protegía del sol con un enorme paraguas de colores.


Fuera de Bamako, la gente volvía a sonreír.


Incluso algunos posaban.


La integridad física de esa niña dependía de la calidad de la tela y de la habilidad de su madre para hacer nudos resistentes.


Desde Sikasso fuimos a visitar las cuevas de Missirikoro.

La luz intentaba iluminar el interior.

Por aquí había llovido poco y el maíz estaba bajo.


Los animistas hacían sacrificios a los espíritus para que lloviese.


Subí hasta lo alto para ver el paisaje.


Disfruté de una hermosa puesta de sol.


Al día siguiente esta chica nos vendió unos refrescos y salimos hacia Burkina Faso.


Por el camino paramos a ver la cascada de Farako.


El río llevaba menos agua que otros años.

Las lluvias influyen en todo. Las sequías siempre vienen sucedidas por épocas de inestabilidad política.

Las últimas lluvias habían dejado charcos en la piedra.


Por el camino paramos a ver un poblado Bobo-Fing.


Dos vecinas de mi amigo Moussa se preparaban para ponerle extensiones al pelo de una de ellas. Hace 20 años me habría puesto rastas, pero ahora ya no me queda ni de donde agarrar.


La cenicienta preparaba comida para todos.

Nada más llegar al hotel Soba de Bobo-Dioulasso por fin empezó a llover en serio.


Por la noche fuimos a ver un concierto en el Samanké.

Me quedé dormido porque estaba cansado. En la oscuridad parecía que había cerrado los ojos para concentrarme en la música.


Al día siguiente el mobiliario de esta terraza proyectaba su sombra sobre la acera.

El agua de la piscina del hotel L'Auberge de Bobo Dioulasso reflejaba una de las fachadas.

El hotel ha ido mejorando con el paso de los años. Es la excepción que confirma la regla, porque en África suele ocurrir todo lo contrario.

Fuimos a visitar la mezquita de Bobo-Dioulasso.

Durante la época de lluvias estas construcciones se desgastan y al menos una vez al año deben ser restauradas. Por eso tienen esas formas tan redondeadas.

Los troncos que sobresalen sirven de andamio. Todo el mundo participa en el remozado y cuando acaban las obras celebran una fiesta.

Una anciana descansaba a la sombra de la mezquita.


Los imanes de la mezquita leían el Corán.


El Islam tiene varias corrientes, algunas más tolerantes que otras. En Burkina Faso musulmanes, cristianos y animistas conviven con menos problemas que en otros países como Nigeria.


Luego fuimos al mercado y me topé con esta belleza. Los antiguos griegos tenían sacerdotisas en los templos, una buena forma para atraer feligreses.


Las peluqueras trabajaban en un rincón del mercado.


En África occidental son los hombres quienes manejan las máquinas de coser.

Salimos hacia Banfora y por el camino paramos a contemplar una cascada.

Por aquí había llovido bastante.


Luego fuimos a visitar el lago Tengrela.


El barquero que conocí en enero de 2008 portando una camiseta de Kiss estaba enjuto y desmejorado. En los poblados que rodean al lago se veían mucho niños con malformaciones, más que en otras zonas. Supuse que allí irían a parar vertidos incontrolados de todo tipo de sustancias contaminantes que provocaban enfermedades.


Una belleza tóxica.


Atravesamos arrozales y campos de caña de azúcar.

Luego visitamos las cascadas de Karfiguela.

Para ser temporada de lluvias, bajaba poco agua.

Coincidimos con una excursión de turistas locales.

El agua había partido la montaña.

Luego fuimos a visitar las rocas de Sindou.

Un lugar mágico.


La naturaleza es la única artista verdadera, todo lo demás son imitaciones.


Al día siguiente tomamos una pista hacia el este. Un joven mecánico arreglaba una moto en Sidéradougou.


Parece imposible que se pueda decorar una flor. También resulta difícil comprender que en muchos países africanos se siga practicando la ablación o mutilación genital femenina, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos para erradicar esa odiosa costumbre.

Fuimos a ver a Sib, el feticheur.


Se mantenía en forma subiendo y bajando escaleras.


Un rayo entraba por el tragaluz iluminando las sandalias.


El sol calentaba la comida.


Un altar con fetiches.


Me caen bien los que creen en estas cosas. La gente sin imaginación me aburre.


El hijo de Sib me explicó de qué iba el tema, pero no me enteré de nada. Además estaba seguro de que nunca me contaría lo más importante.


La primera vez que vine aquí en agosto de 2002 el padre de Sib acababa de fallecer. Sus familiares habían moldeado un animal gigante que representaba su espíritu y habían levantado una enorme barricada delante de la puerta de la sukala para impedir que regresase.


Lo malo de ver este tipo de cosas es que ahora cualquier instalación de arte contemporáneo me sabe a poco.


Luego subimos a la terraza.


La mujer de Sib descansaba a la sombra.


Las creencias son como las raíces de los árboles.


La atmósfera de la casa de los fetiches estaba impregnada de ideales y transmitía la necesidad de creer en algo.

El oxígeno era diferente y despertaba neuronas predispuestas a asimilar con toda naturalidad incluso doctrinas contradictorias.

El feticheur alimentaba las creencias de sus vecinos, y ellos le alimentaban a él.

¿Y si todo fuera una broma?

La hija del feticheur también se mantenía en forma trabajando todo el día sin descanso.


Luego fuimos a ver a un amigo tallista.


Nos enseñó una de sus últimas creaciones.

El niño que Enrique y yo encontramos moribundo en enero de 2008 se había convertido en un chico fuerte y sano.


Afortunadamente para estos árboles, sus raíces son demasiado amargas y no se comen. Las plantas son más listas que el hambre. Además transforman el estiércol en flores.

Un niño nos mostró el granero donde almacenaban el mijo.

La tormenta tuvo la cortesía de esperar a que llegásemos al hotel Hala de Gaoua para descargar.


Al día siguiente fuimos a visitar algunas sukalas. Este gato tan grande como un zapato jugaba con el cadáver de un ratoncito tan grande como un pulgar. Le habían puesto un collar de caurís.

El patriarca de una de las sukalas nos recibió amablemente.


Algunos miembros de la famila vinieron a conocernos.

Los mayores estaban trabajando en el campo.


La cacerola de metal estaba preparada para cocinar. La comida que procede de cosechas propias obtenidas con esfuerzo y sacrificio siempre sabe mejor.

Los recipientes de cerámica se apilaban contra la pared en una de las estancias.

Cuando llueve cocinan en el interior y toda la casa se llena de humo.

El niño se sentía fuerte y confiado dentro de su hogar.

La luz que entraba por una esquina iluminaba los trastos apilados en un rincón.


Una anciana removía la tierra. Aquí no hay edad de jubilación.


Las manos del agricultor expresaban su nobleza.


Algunas chicas lucían un curioso corte de pelo.


En otro valle todas las mujeres trabajaban en el campo.


Al pasar por Nako paramos en un "cabaret", nombre con el cual se conocen aquí a los bares, y dos jóvenes profesores de vacaciones nos invitaron a media calabaza de cerveza de sorgo elaborada de la forma tradicional.


Un niño posó para la foto con la misma postura que puede verse en algunas tallas Lobi.


La polio continúa causando estragos en África. La mala suerte que había privado a este chico de movilidad era parcialmente compensada por los fuertes brazos de su solidaria hermana. En España a veces delegamos la fraternidad en los servicios sociales.

Cuando nos íbamos, los niños del pueblo vinieron a despedirse.


Salimos hacia el país Dagari y visitamos a un fabricante de balafones que conocí de casualidad en un viaje anterior.


Nos hizo una demostración. El balafón sonaba muy bien.


La hoguera de la cocina había ahumado la pared de la casa.

Un granero y dos grandes recipientes de cerámica almacenaban los cereales.


Un costurero nos enseñó sus últimas creaciones.


Una anciana descansaba a la sombra de un mango.

De camino a Leo nos encontramos con un grupo de personas que se habían reunido para celebrar un funeral.

Dos balafonistas y un djembefola tocaban con fuerza.


De vez en cuando alguien cantaba.


Los demás escuchaban respetuosamente las loas al difunto.

Las mujeres permanecían aparte.


De camino a Tiébélé comenzó a llover.


Una anciana que había perdido casi todos sus dientes llevaba un bidón de 20 litros de agua sobre la cabeza.


Me acerqué a un campamento de buscadores de oro.


Los mineros sonreían cuando les deseaba buena suerte.

Burkina Faso es el cuarto país del mundo en explotaciones auríferas.


Un minero partía piedras con la esperanza de encontrar oro en su interior.

Todos se reunían alrededor del mismo plato para de comer.

La maquinaria parecía bastante vieja, pero funcionaba.

Un grupo de mineros había horadado varias galerías en lo alto de la colina. Muchos de ellos procedían de la vecina Ghana y hablaban inglés.

Habían introducido cargas explosivas con mecha y estaban esperando a que explotasen.


Las detonaciones hacían temblar toda la montaña.


En Burkina Faso hay muchas minas populares autogestionadas. La presencia de la Administración es mínima y teóricamente reina la solidaridad. En la práctica impera la ley del más fuerte.

Después de un rato de pacífica convivencia vino el señor de la izquierda a exigirme dinero por hacer fotos y me largué para que no cumpliera su amenaza de romperme las cámaras. Quizás yo no fuera el más fuerte, pero cuando era necesario seguía siendo el más rápido.


Los mineros trabajaban mucho y arriesgaban sus vidas para ganar el poco dinero que les permitía sobrevivir.


Si un día viniera por aquí alguna de esas empresas mineras modernas con maquinaria pesada pagando buenos sueldos a trabajadores contratados según la proteccionista legislación burkinabe y cumpliendo las normas de seguridad, seguramente aparecerían inmediatamente los bienintencionados "activistas" denunciando los abusos del capitalismo.


De momento los únicos activos por allí se buscaban la vida como podían en unas condiciones muy duras.

De camino a Tiébélé paré a contemplar un árbol con extrañas raíces.

Nos alojamos en el albergue Kunkolo de mi amigo Pierre el rastafari.


Al pasar por Pô vimos un grupo de musulmanes rezando.


Estaban celebrando la fiesta del fin del Ramadán. Nosotros también lo celebramos, por fin los restaurantes volvían a abrir en su horario habitual.

Entramos en Togo y nos alojamos en el hotel Le Campement de Dapaong. Al día siguiente fuimos a visitar el país Moba. Aquí también las mujeres trabajaban sin descanso.

El rey Moba nos recibió en su trono.

El retrato que le hice el año anterior salió de pena, así que lo repetí. El año que viene espero pensar lo mismo y tener más ocasiones para retratarlo nuevamente. Mi foto favorita es la que todavía no he conseguido.

Recipientes de cerámica para almacenar agua y cacerolas de metal para cocinar.

Una mujer Moba.

Llegamos hasta las cuevas de Nano. El paisaje que se veía desde lo alto de la falla era espectacular.

Fuimos a dar una vuelta y nos invitaron a entrar en algunas casas.


Un pequeño tchitcheri apoyado contra un árbol servía de enlace con el más allá.


Las tinajas de barro se fundían con la tierra.


Dos chicos a la entrada de su casa.


Los objetos de barro tienen un atractivo especial. Están relacionados con el origen de todo.


Los ceramistas manejan la tierra, son seres poderosos.


En África la maternidad es tan importante que las políticas de control de nataliad suelen fracasar.


Las mujeres tienen una media de 5 hijos.


La dueña de la casa molía grano con piedras para fabricar harina.


El niño que había atado un plato de bicicleta a un palo era el que más juguetes tenía.


Había llovido poco. El futuro de las cosechas seguía en el cielo.


Los Moba viven en grupos de chozas unidas por muros bajos.

Los dueños nos invitaron a conocer el interior.


Admiro a las personas que son felices con poco.


Al final compré una pequeña colección de tchitcheris previamente desactivados y regresamos a Dapaong. Todos los grupos étnicos tienen unos rasgos que les diferencian de los demás. Las tallas africanas reflejan tanto las peculiaridades físicas como las espirituales. Se caracterizan por lo que son y por lo que no tienen, como las personas. Me identifico con las Moba porque son sencillas y abstractas. No tienen rasgos faciales para que cada uno pueda imaginarse las expresiones que quiera. No son ni altas ni bajas, ni gordas ni flacas, ni hermosas ni feas, ni fuertes ni débiles, ni listas ni tontas. Lo más importante es lo que piensa la persona que las mira y las reflexiones que sugieren al espectador.

Fuimos a dar una vuelta al pueblo. Tres de cada cuatro se alegraron de vernos.


Este señor se puso muy contento cuando le hice una foto.

Los expresivos ojos de una joven madre latían de amor por su hija.


En Togo hicimos uso de nuestra libertad para beber cerveza.

Al día siguiente fuimos a Nadoba y visitamos Koutammakou, el país de los Batammariba.


Es un lugar mágico que admiro. Me chocó verlo en una cadena de televisión española como escenario de un reality llamado "Perdidos en la Tribu".

Fuimos a presentar nuestros respetos al patriarca de una de las takientas, que nos trató con mucha educación. Su realidad era muy diferente a la que se mostraba en el reality. Se había quedado ciego, pero no estaba perdido. Además el término "tribu" me parece peyorativo.

La realidad es inmensa y tiene muchas versiones. Cada uno interpreta la que más le interesa para conseguir sus objetivos. Pero no entiendo qué sentido tiene difundir estereotipos falsos que caducaron el siglo pasado.

A este señor solo le preocupaba que lloviese. Lo demás le daba igual, como bien expresaba su rostro.


Un agricultor removía la tierra seca, lo mismo que hacían una buena parte de nuestros antepasados. Ponerse en el lugar de otro solo requiere un pequeño esfuerzo de imaginación. Me pregunto quién es realmente el salvaje, el que respeta la naturaleza o el que se la carga.

Estaba nublado, pero no llovía.

Este hombre lo tenía todo: familia, casa, campo de cultivo, herramienta de trabajo, antepasados, creencias y buena salud.


Su mujer nos observaba desde arriba.


Éramos la novedad.

Una mujer sostenía a su hijo.


En 2007 visité Koutammakou por primera vez y tuve la mala suerte de topar con los más bordes, por eso me pareció un pueblo hostil. Merece la pena salirse de las rutas principales para conocer a los demás, porque son muy amables.


Una niña posaba cómodamente sobre un fetiche cubierto por restos de sacrificios.

Nos invitaron a subir a la azotea.

Las azadas se adaptaban a los hombros de sus propietarios.


Al final la sencillez es lo mejor.


Las escaleras comunicaban unos niveles con otros.


La luz oscureció a este niño en lugar de iluminarlo.


Jambas ensanchadas para el paso de los animales y un alto dintel para el tránsito de los ancestros. En la takienta hay sitio para todos.

Los Batammariba son orgullosos e independientes. Este niño es alguien importante. Cuando sea mayor tendrá la responsabilidad de preservar una gran cultura.

Los Batammariba son hospitalarios con los visitantes que aceptan sus normas, como todos los seres humanos.

Aquí las puertas que separan la realidad de la imaginación son frágiles.

Un último vistazo desde la azotea de la takienta antes de despedirnos de nuestro anfitrión.


Una mujer bañaba a su hijo con remedios naturales para bajarle la fiebre.


Al día siguiente regresamos al mismo sitio en coche para iniciar desde ahí una excursión andando.


Uno de los niños tuvo miedo de nosotros y se escondió detrás de un fetiche. Yo de pequeño me habría escondido detrás de la gente por temor a los fetiches, justo lo contrario.


La abuela estaba desayunando.


Las cocinas de las takientas son auténticas obras de arte.


El grupo de los niños se hacía cada vez más numeroso. Iban apareciendo poco a poco, como las estrellas cuando anochece.


El dueño de la casa se iba al campo de cultivo. La luz convertía al polvo en pequeños cometas.

Las sombras de las hojas de un árbol parecían imprimir relieves en los fetiches.


Al final las sombras quedaron impresas. Una señora llevaba sobre la cabeza un recipiente metálico lleno de grano.

Lo aventó sobre otro para limpiarlo de paja.


No le importaba que las gallinas se comieran los granos que caían fuera porque sabía que al final todo acabaría en los estómagos de sus hijos.

Un enorme árbol cubría todo el escenario, como el telón de fondo de un gran teatro.

El siguiente paso consistía en moler el grano con un mortero.


Fuimos a dar un paseo para ver más takientas.


Otros años por estas fechas las plantas de cereales estaban tan altas que no dejaban ver las casas.

Otro día sin lluvia, para desesperación de sus habitantes.


La gente nos miraba con curiosidad.

Hice esta foto con una cámara analógica.


La repetí con una cámara digital, que se cargó las nubes y sacó los colores que le dio la gana. La fotografía digital es más cómoda, pero a veces los resultados son decepcionantes.

Haría siempre fotos analógicas si no fuera por lo que cuesta revelarlas y el tiempo que lleva escanearlas.

La última takienta que visitamos fue la mejor de todas. El arte se había fusionado con el ritual.

El niño vestía una camiseta con la imagen de Martin Luther King.


Luego vinieron los demás.


Una niña nos dio la bienvenida con una sonrisa.


Este sabroso cabrito que paseaba alegremente por la cocina no era consciente del peligro que corría. Nunca he visto en África un restaurante vegetariano.

Las previsiones de lluvias seguían siendo tan remotas que en la azotea habían dejado grano a secar.


Los fetiches del interior recibían sacrificios para que lloviese.

Necesitaban oscuridad para brillar, igual que las luciérnagas.


Las cabras no querían salir. Se encontraban a gusto en el interior, como yo.

A la entrada había un lugar reservado para moler grano con una pesada maza de madera.


Les deseamos suerte con las lluvias, nos desearon buen viaje y nos despedimos hasta la siguiente vez.

Para apreciar a los Batammbaria solo hay que esforzarse un poco en encontrar un camino; eso vale para todo el mundo.


Cruzamos el río Kéran y llegamos hasta Kandé para proseguir nuestro viaje hacia el sur.

Fuimos a visitar el lugar donde se accidentó el avión del presidente en 1974 cerca de Sara-Kawa. Un gran Eyadéma de metal señalaba al suelo indicando que a partir de ese momento prefería viajar por tierra, como yo. Curiosamente falleció a bordo de un avión de un ataque al corazón el 5 de febrero de 2005 cuando sobrevolaba Túnez. Le sucedió su hijo, como en las monarquías.

Allí estaba el flamante Douglas C-47 Skytrain despanzurrado. Habían construido unos miradores alrededor para contemplarlo y meditar, no es que se hubiera estrellado en el claustro de un monasterio.

En el accidente perecieron algunos generales críticos con la gestión del presidente, que milagrosamente resultó ileso. Así pudo presentarse ante su pueblo como un superhéroe con poderes mágicos y ganarse su simpatía. Echó la culpa de todo a los franceses y como represalia nacionalizó las minas de fosfatos que habían creado en el país. Nunca nadie podrá acusale de no sacarle provecho a una catástrofe aérea. Ahora las malas lenguas dicen que ni siquiera iba en el avión. El mundo está lleno de incrédulos e ingratos.

A la Faille d'Aledjo le quedan los días contados, están construyendo una carretera para evitar los puertos. Al final solo se utilizarán para bajar en goitibera, yo ya tengo la mía preparada.


Nos alojamos en el hotel Le Sahelien de Hiéatro. Quisieron cobrarme de más por la cena, así que al día siguiente me fui a desayunar a un puesto callejero.

Cogimos la carretera de Kpalimé y paramos a ver un enorme termitero.


Luego fuimos a ver las cascadas de Ayomé.


Los cristianos habían convertido este rincón paradisíaco en un lugar de peregrinaje. La gente venía a rezar.


La cascada traía menos agua que otros años.


Fuimos parando por los pueblos.


Los establecimientos tenían nombres curiosos: peluquería GRÂCE À DIEU, carnicería TOUTE LA SAINTE JOURNÉE, taller de costura SI DIEU LE VEUT, bar L'ETERNEL EST MON BERGER.


Établisements DIEU DONNE, donde lo mismo te cortan el pelo que te recargan la batería del teléfono.

Una tumba COMME IL FAUT.


Comimos en el restaurante Macumba de Kpalimé, subimos al monte Kloto y nos alojamos en el hotel Campement.

Fuimos a dar un paseo por el monte.


En pocos días habíamos pasado del desierto absoluto al frondoso bosque tropical.

Un largo camino.


Sentía vértigo al pensar en todo lo que me quedaba por delante hasta regresar a casa.


Un agricultor se dirigía a las plantaciones.

Un enorme árbol erecto se mantenía fiel a su propio deseo de quedarse en su tierra.


Un pastor evangelista hablaba a sus feligreses en las ruinas de un antiguo edificio colonial.


Una chica nos acompañó hasta el cementerio alemán.

Ahí seguía la tumba de Ernst Schmidt, y lo que le queda.


El epitafio rezaba: Demasiado pronto y lejos de su hogar hubieron de enterrarle. La actitud del niño indicaba que la muerte es algo natural.

Tampoco hay que precipitar los acontecimientos, la prisa mata.

Una familia había conseguido abrir un claro en medio del bosque para vivir.


Esta señora se tomaba la vida con calma.

Fuimos a ver otra cascada.

Unas chicas vinieron a enseñarnos su mono.

Llegamos a Lomé y nos alojamos en el hotel Le Galion.


Nos reencontramos con el mar. Unos días más tarde Maricarmen y Francesc regresaron a España en avión.

Lo positivo de las grandes ciudades africanas es que al haber tanta gente de procecencia diferente, siempre te encuentras con alguien amable. Solo hay que buscar. Me gustaba comer en el chiringuito de un simpático rastafari que me transmitía su optimismo.


Pero lo negativo era demasiado deprimente y al poco tiempo decidí emprender el viaje de regreso a casa.


Por el camino paré a tomar un café. La de atrás me ofrecía una Coca-Cola, pero era ficticia.


Un camión se había salido de la carretera en los montes Défalé.

La tierra seguía esperando que lloviese.


Las nubes cubrían Ouagadougou, pero no llovía.

La tormenta descargó por fin cuando pasé por Bobo-Dioulasso, igual que durante el viaje de ida.

El río Bagoé llevaba agua para el Bani, afluente del Níger.


En Bamako visité a unos amigos artesanos.

El tendero de un pequeño comercio esperaba clientes sentado cómodamente en su altar. Parecía el sacerdote de una nueva religión.


Unas mujeres lavaban ropa en un río cerca de Kolokani.


Más al norte otras hacían lo mismo a la altura de Fasoudébé.

Decidí cruzar Mauritania por la Ruta de la Esperanza siguiendo un itinerario actualmente desaconsejado. En septiembre de 2007 Ayman al Zawahiri, que por entonces era número dos de Al Qaeda, ordenó a sus hombres "limpiar" el Magreb de españoles y franceses, desencadenando una ola de atentados y secuestros.

Los que analizan el problema desde una perspectiva materialista suelen llegar a la conclusión de que esa ofensiva yihadista solo era una tapadera para traficar con cocaína y ganar dinero secuestrando inocentes.

Otros piensan que con estas actividades los yihadistas persiguen tres objetivos:

- El primero consiste en financiar su lucha a corto plazo.

- El segundo pretende contribuir a la putrefacción de Occidente, al que consideran responsable de todos sus males.

- El tercero y más importante a largo plazo tiene como finalidad ahuyentar a los occidentales para eliminar su influencia y evitar la propagación de unos valores que consideran perniciosos, como la libertad individual, la libertad de prensa, la libertad sexual, la secularización de las leyes, el Estado de Derecho y todo lo que no cuadre con sus esquemas, dejando vía libre a la influencia de predicadores wahabistas financiados con el dinero del petróleo para crear un caldo de cultivo que les beneficie.

Los yihadistas consideran que su deber es imponer su interpretación de la Sharia a todo el mundo. Están convencidos de que su sistema es la solución a todos los problemas y que por lo tanto nos están haciendo un favor. Ese fue uno de los lemas del Frente Islámico de Salvación argelino para las elecciones de 1992. También decían que esas serían las últimas elecciones, ya que pensaban perpetuarse en el poder. Luego vino el horror.

Desconozco la solución, pero me cuesta trabajo pensar que tenga algo que ver con huir, esconderse, ceder y claudicar mientras otros se juegan la piel sobre el terreno para evitar que los yihadistas consigan sus objetivos. Además resulta difícil confiar en las recomendaciones de los gobiernos sobre cuestiones de seguridad en zonas tan extensas, teniendo en cuenta que los yihadistas han matado a muchos más españoles en España que en África.

Las imprudencias se pagan, pero la prudencia mal entendida puede resultar más cara a largo plazo. Me entristeció cuando algunos medios de comunicación españoles difundieron el estereotipo falso del cooperante jeta y temerario, desdeñando a la mayoría honesta, silenciosa y trabajadora. Cualquiera puede ser víctima de los yihadistas en cualquier sitio. La mayor irresponsabilidad consiste en ignorar deliberadamente las causas de los problemas y no remediarlos.


Una formación rocosa a la salida de Ayoûn el Atroûs.


Una mezquita en construcción. La mayoría de los musulmanes son pacíficos y no se meten con nadie.


Las lluvias habían hecho crecer el pasto.


Me subí a una torre. Desde lo alto se veía una jaima de pastores en medio de la planicie.


El ganado se dirigía hacia el norte.


Al fondo se veían dunas.


Otra jaima rodeada de sombras.


Sus habitantes eran Tuareg que abandonaron Malí cuando empezaron las revueltas de 2005.


Tenían lo imprescindible.


Solo querían vivir tranquilos y criar a sus hijos en paz.


Conservaban el agua fresca en un odre hecho con una piel de cabra.


Pasé por el oasis de Ekamour.


Al bajar el puerto de Djoûk paré a contemplar otro oasis.


Las montañas de Tagant.


El oued el Abiod se había desbordado por las lluvias.


Un pueblo rodeado de dunas en la zona de Trarza.

Fui al mercado central de Nouakchott para comprar dirhams.

Los tenderos se protegían del sol con toldos.


Unas mujeres vendían telas en la calle.


El sol se metió detrás de las dunas y yo en mi tienda de campaña.

Un rebaño de dromedarios vino a darme los buenos días.


El pastor conocía a mi amigo Soufi, el guía.


Ya no hay turistas, así que ha vuelto a guiar dromedarios.


Echo de menos atravesar el desierto en coches viejos, pero los tiempos cambian y hay que adaptarse.


No hay nada como desatascar un camión en pleno desierto para mantenerse en forma.


Paré en una jaima para comprar una silla de camello.


Me pedían demasiado y no llegamos a un acuerdo, la próxima vez será.


Un camión marroquí se había salido de la carretera intentando cruzar un oued inundado de noche.


Vi pasar el tren minero que venía de Zouérat.


Lo adelanté y me subí a una loma.


Los pasajeros viajaban sobre el mineral de hierro.


Es el transporte que utilizan muchos saharauis para acceder a los "territorios liberados".


Las cabras iban aparte.


Es un viaje agotador para gente dura.

El tren continuó su camino y yo el mío.

Entré en la antigua provincia española del Sahara Occidental actualmente ocupada por Marruecos. El aire había esculpido una obra de arte en la roca.


Había sitio de sobra para acampar.


El acantilado se perdía en el horizonte.


El sol se coló entre las nubes para iluminar una duna.


Una explotación de sal en el Parque Nacional de Khenifiss.

El mar se había introducido en la tierra creando esta poza a las afueras de Sidi Akhfenir.


Había marea alta y las aguas estaban inquietas.


Querían acabar con el acantilado, pero las rocas permanecían impasibles.


Unos pescadores sin vértigo se habían colocado en un sitio no apto para cardíacos.


Afortunadamente el hombre no pesaba mucho.

Permanecía concentrado en su tarea.

Pensando en lo a gustito que estarían los peces en el agua, corría el riesgo de tirarse de cabeza para hacerles compañía. Tampoco hay que llevar al extremo lo de ponerse en el lugar del otro.

Llegué al puerto de Tánger Med y embarqué en el ferry.

Estaba tan impaciente por volver a casa que todos los demás barcos me parecían mucho más rápidos que el mío.

Actualmente hay en internet miles de estupendos relatos de viajes con fotos maravillosas. MUCHAS GRACIAS por haberme elegido en esta ocasión, que te vaya todo bien y hasta la próxima.


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