VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 1999

Después de lo bien que transcurrió el viaje anterior, pensé inocentemente que ya tenía la suficiente experiencia como para que todos siguientes viajes siguientes fueran igual de bien. Pero me equivoqué por no contar con lo más importante: el factor humano.

Cinco personas se habían interesado por acompañarme desde Madrid hasta Bamako. Un mes antes de salir ya había comprado, revisado y puesto a punto tres Peugeot 505 de segunda mano, para que viajásemos cómodamente dos personas en cada coche.

El día anterior a la fecha de salida, me acerqué con Javier y otro de los viajeros a un supermercado para comprar algunos víveres. Javier es hermano de una amiga con la que ocho años atrás había compartido un viaje inolvidable, que se vió truncado cuando unos bandidos nos asaltaron en pleno desierto. Mientras estábamos en la sección de embutidos, a Javier y a mí no se nos ocurrió otra cosa que comentar aquella amarga experiencia. El otro viajero, al que hasta ese día conocía únicamente a través de internet, sufrió una crisis de confianza, nos comunicó que no quería seguir adelante y desapareció.

Al día siguiente Javier y yo condujimos dos de los Peugeot hasta Algeciras. Fuimos a la estación para recoger el tercer vehículo, que había viajado en tren. En el puerto nos encontramos con Juan Manuel, que había venido desde Argentina expresamente para realizar el viaje, y Federico.

Cruzamos el Estrecho en ferry. Había quedado con otro viajero en el puerto de Ceuta, pero nunca apareció. Después de perder media mañana esperándole, decidimos continuar.

Después de las dos bajas, quedábamos cuatro personas en tres vehículos. Lo lógico habría sido dejar uno de los Peugeot aparcado en el puerto de Ceuta, pero después de informarme sobre el nivel de seguridad en la zona, pensé que si lo dejaba allí, ya nunca más volvería a verlo. Juan Manuel se ofreció amablemente a conducirlo.

Dormimos en el camping de Meknes. Al día siguiente visitamos la ciudad, y después de comer salimos hacia Marrakech. Cenamos en la plaza de Jemaa el Fna. Juan Manuel, Javier y yo montamos nuestras tiendas de campaña en el camping Ferdaous, mientras que Federico eligió para pasar la noche un lujoso hotel.

Al día siguiente dimos un paseo por la medina de Marrakech, y después de comer salimos hacia Agadir.

Atravesamos el Alto Atlas por una sinuosa carretera, deteniéndonos de vez en cuando para contemplar el paisaje.

Llegamos a Agadir. Federico se alojó en un buen hotel, mientras que los demás fuimos al camping.
Al día siguiente salimos temprano, ya que Agadir no tenía mucho que ver. Llegamos hasta Laayoune y dejamos a Federico en el hotel Al-Massira. No había ningún camping, así que los demás nos dirigimos a Foum el Oued, donde alguien nos indicó que encontraríamos alojamiento. Descubrimos unos bungalows de reciente construcción, y alquilamos uno con cocina. 
Al día siguiente salimos temprano hacia Dakhla.

Por el camino vimos un barco encallado.

Paramos a contemplar el espectacular paisaje que hay a la entrada de la península donde se encuentra Dakhla.

El de la izquierda es Javier, y el de la derecha Juan Manuel. Yo estoy detrás de la cámara.

Nos alojamos en el camping Moussafir, donde coincidimos con unos navarros que pretendían llegar hasta Sudáfrica en un Land Rover 2000.

Al día siguiente fuimos a cumplimentar los trámites para unirnos al convoy que organiza el ejército marroquí todos los martes y viernes con el fin de atravesar escoltados esa zona del Sahara Occidental hasta Mauritania.

Juan Manuel carecía de visado para entrar en Mauritania. Lo había solicitado en la embajada de Mauritania en Madrid, pero al ser de nacionalidad argentina le exigieron tantos trámites, que no le dio tiempo a conseguirlo.

Yo le había gestionado uno provisional por medio de Soufi, el guía que solía contratar en Nouadhibou para que me llevase hasta Nouakchott.

A pesar de que yo había indicado a Soufi que me lo enviase por fax a mi casa antes de salir, el hombre prefirió esperar para dármelo personalmente en el puesto fronterizo mauritano. Estaba dispuesto a caminar 40 km desde Nouadhibou, con tal de ahorrarse el dinero de la conferencia.

El viernes a las 9 de la mañana nos presentamos en una explanada que hay a las afueras de Dakhla, como nos habían indicado. Poco a poco fueron llegando los demás componentes del convoy, unos 50 vehículos en total. A media mañana empezaron a aparecer los funcionarios marroquíes. Cada uno iba con su listado de un lado a otro, organizando y controlando lo que podían.

A las dos de la tarde ya estábamos todos listos para salir en dirección a la ansiada frontera mauritana, pero justo antes de arrancar apareció un orondo coronel con su séquito. Fue mirando los pasaportes de todos los viajeros, y cuando vio el de Juan Manuel dijo que debía abandonar el convoy porque no tenía el visado de Mauritania. Aseguró que los mauritanos no le dejarían entrar en su país, y habiendo salido ya de Marruecos, se convertiría en un incómodo problema en mitad del desierto. Nos quedamos de piedra.

El militar siguió inspeccionando a otros miembros del convoy que se encontraban en sus coches preparados para salir. Yo fui detrás. Primero rogando a media voz y buenos modales, luego gritando y cortándole el paso porque no me hacía caso. Argumenté todos los razonamientos que se me ocurrieron. Le conté varias veces lo del visado que nos esperaba en la frontera, pero no me creyó. Pedí ayuda a los policías que conocía de viajes anteriores. Me dijeron que ellos no tenían inconveniente en permitir que el argentino viajase en el convoy, pero los militares tenían la última palabra. Me comentaron que ese coronel había participado en la guerra contra el Polisario.

Efectivamente, tenía pinta de haber enviado a más de uno al paredón sin pestañear. Como último recurso y apelando a su orgullo nacional, le pregunté que si el Sahara Occidental era tan marroquí como ellos decían, cómo era posible que los mauritanos decidieran quién debía circular por su territorio y quién no. Con eso únicamente conseguí atraer su atención. Me dijo con voz grave que toda esa zona era hasta hace pocos años campo de batalla donde morían hombres. Le respondí que lo único que nosotros queríamos era continuar nuestro viaje, y que de los muertos solo tendría que rendir cuentas ante sus familiares.

Perdí la esperanza y me di cuenta de que después de media hora montando el numerito éramos, o mejor dicho era el centro de atención de los componentes del convoy, que esperaban con impaciencia el momento de salir. Finalmente los cuatro que viajábamos juntos abandonamos el convoy, que partió inmediatamente. Durante el resto del día intenté que Soufi me enviase el dichoso fax con el visado provisional de Juan Manuel, pero no fue posible por las pésimas comunicaciones entre Nouadhibou y Dakhla.

Al día siguiente acompañé a Juan Manuel al aeropuerto de Dakhla con la intención de que tomase el vuelo de Air Atlantic hasta Las Palmas, donde por lo visto hay un consulado mauritano que concede visados. Esperamos durante un par de horas. Cuando el avión aterrizó, aparecieron cuatro aduaneros que le pidieron 2.000 dirham por permitirle subir. Sin billete ni carta de embarque. Nos pareció muy irregular.

Cuando el piloto español bajó del avión, quisimos acercarnos para hablar con él. Pero dos policías bastante altos armados con subfusiles de asalto MP5 completamente fuera de lugar en un pacífico aeropuerto civil como el de Dakhla, nos lo impidieron obedeciendo órdenes de los aduaneros y empleando una fuerza igual de desproporcionada que sus armas. Juan Manuel y yo gritamos todo lo que pudimos, pero el piloto no nos oyó porque el ruido de los motores era demasiado fuerte. Al cabo de un rato regresó a su avión y partió sin nosotros.

Nos fuimos muy enfadados hasta Boujdour, donde Juan Manuel subió a un taxi que le llevó a Laayoune. Al día siguiente tomó un vuelo hasta Las Palmas, donde reflexionando sobre lo injustamente mal que le habían tratado los marroquíes, se quedó descansando plácidamente durante el resto de sus vacaciones. Cuando hablé con él por teléfono me dijo que por lo poco que conocía de la administración marroquí en el Sahara Occidental, le costaba mucho creer que el Polisario pudiera hacerlo peor.

Javier, Federico y yo esperamos al siguiente convoy. Quedamos tres personas en tres vehículos. Yo era el propietario de los tres Peugeot, pero como la adunana marroquí solo permite la entrada de un vehículo por persona, en Ceuta había hecho dos procuraciones, una a nombre de Javier y otra a nombre de Juan Manuel. Como era de esperar, a la hora de cumplimentar nuevamente los trámites para tomar el convoy, los agentes de la aduana me ofrecieron hacer la vista gorda con el vehículo que había entrado a nombre de Juan Manuel, a cambio de dinero. Mucho dinero. Por suerte conseguí hablar con el jefe, bastante más listo que sus subordinados, y me dijo que no habría ningún problema.

El martes a las 9 de la mañana nos presentamos en la explanada a la entrada de Dakhla donde se forma el convoy. Poco a poco fueron llegando los demás vehículos que viajarían con nostros hasta Nouadhibou. A media mañana empezaron a aparecer los funcionarios marroquíes. Con la gendarmería y la policía no hubo problema. Pero cuando llegó el turno de la aduana, nos volvieron a dar la brasa con que tendríamos que regresar a la frontera de Ceuta, distante 2.000 km, para solucionar el problema. En caso contrario, se quedarían con el Peugeot. Les di largas mientras rezaba para que apareciese el jefe de la aduana, cosa que finalmente se produjo justo antes de la salida del convoy. Selló y firmó amablemente nuestra salida, y nos deseó buen viaje. Yo le deseé que transmitiera su sabiduría a sus subordinados.

Nunca me había costado tanto salir de Marruecos, y me alegré enormemente cuando al día siguiente entramos en Mauritania.

En Nouadhibou esperamos a que Soufi buscase más viajeros para ir juntos hasta Nouakchott atravesando el desierto. Al día siguiente salimos junto con dos Nissan Patrol, un Peugeot 504 y un Renault Clio.

La travesía se desarrolló sin problemas. Por el camino recogimos a un norteamericano que pretendía ir a Marruecos haciendo auto-stop, pero nadie quería llevarle. Al estar prohibida la circulación hacia el norte, los pocos vehículos que se aventuraban debían ir campo a través por una zona plagada de minas.

Los Peugeot iban estupendamente por el desierto. Ligeros de peso, atravesaban las zonas de arena sin demasiado esfuerzo.

Soufi se encontró con unos amigos camelleros en las dunas de Azefal, y compartimos un agradable té.

Al llegar a Nouakchott Federico decidió no seguir adelante, descontento por el desarrollo del viaje. Por lo visto quería dormir todas las noches en hotel, y en el desierto desgraciadamente no hay hoteles. Además me echó en cara que había "desperdiciado" cuantro días de sus vacaciones en Dakhla por mi decisión de abandonar el convoy para quedarnos junto a Juan Manuel. Pretendía que hubiéramos dejado tirado al argentino, así que me alegró perderle de vista.

Quedamos Javier y yo con tres vehículos. Recorrimos varios albergues hasta encontrar a un simpático francés que viajaba haciendo auto stop, y se ofreció para conducir uno de los Peugeot hasta Bamako.

De Aleg a Kiffa la carretera estaba en obras, y en algunos tramos debíamos circular campo a través por una zona donde había más arena que en el desierto. Deshinchamos las ruedas para no quedarnos atascados. En Magta Lahjar volvimos a hincharlas, ya que luego nos esperaría un tramo de profundos e incómodos baches.

Era la primera vez que hacía ese trayecto. Después de los asaltos que había sufrido en el norte de Malí, pensé que sería buena idea informarme en cada ciudad sobre el nivel de seguridad que teníamos en la etapa siguiente. En Kiffa me comentaron que últimamente se habían producido ataques en las pistas que salían de Nema, así que decidimos atajar tomando una pista que salía de Timbedgha hacia el sur.

En Timbedgha estos amables mauritanos que aparecen junto a Javier y al francés Toro nos mostraron el inicio de la pista.

Una pista preciosa, sin duda lo mejor del viaje. El suelo estaba cubierto por unos frutos que parecían pelotas de ténis. La pista principal tenía muchas bifurcaciones, y resultaba difícil elegir el camino correcto. En varias ocasiones llegamos a poblados donde la pista sencillamente acababa, y debíamos dar media vuelta hasta enlazar nuevamente con la ruta principal.

El paisaje presentaba el color característico de la época seca, aunque no hacía excesivo calor.

Paramos en un pozo a las afueras de un poblado para ver cómo extraían agua y daban de beber al ganado.

Los poblados eran espectaculares y la gente amable.

Llegamos a Nara, cumplimentamos los trámites fronterizos de entrada a la República de Malí y tomamos una pista hacia el sur bastante incómoda, llena de tôle ondulée, agujeros y polvo.

Por el camino nos cruzamos con este camión, que llevaba toda la mercancía que sus ocupantes pensaban vender en el mercado.

Finalmente llegamos a Bamako, la capital de la República de Malí. Allí vendí los coches y empecé a visitar artesanos.

Encargué djembés de buena calidad. Dan mucho trabajo y pocos beneficios pero me gustan. Además es con lo que empecé y tengo la sensación de que el día que deje de prestarles atención, todo lo demás se derrumbará.

Luego viajé en autobús hasta Abidján, donde por culpa de un socio incompetente, estaban atascadas cientos de piezas de artesanía que debían haber sido transportadas a España en contenedor. Decidí llevarlas en camión a Bamako para almacenarlas en casa de un amigo, y dejar lo del contenedor para un viaje posterior. Estaba realmente cansado.

Compré un billete de avión para regresar a España con Air Algerie, y mientras esperaba el día del vuelo, reflexioné sobre los numerosos errores que había cometido, con la intención de aprender y no repetirlos más.

Decidí que ya nunca más llevaría tantos vehículos a no ser que fuera absolutamente necesario. El viaje transahariano es como un castillo de naipes. Cuantas más cartas lo compongan, más probabilidades habrá de que se desmorone. Y cada vehículo adicional supone un montón de cartas más. Me propuse que para viajes posteriores empezaría a buscar un vehículo 4x4 en el que cupiéramos todos los viajeros junto con nuestro equipaje.

Pero sobre todo, medité sobre las personas buenas y malas que uno se encuentra a lo largo de su vida, y lo beneficioso o perjudicial que uno puede resultar para los que le rodean.

Dediqué el último día en Bamako a recorrer las calles y observar a la gente, algo que siempre llama menos la atención con una cámara de fotos en la mano. De paso, aprovechaba para tomar algunas algunas instantáneas.



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