VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2003

Termino una travesía por África y empiezo otra por mi mente, en busca de los recuerdos de esa experiencia. El viaje transahariano de agosto de 2003 se ha prolongado hasta el 24 de septiembre. Voy a relatar lo más destacado de estas siete intensas semanas. Espero que mi crónica sea útil a las personas que buscan entretenimiento o información sobre África.

Salimos el 6 de agosto de Madrid en tres vehículos siete personas de Zaragoza, San Sebastián, Cáceres y Madrid. En uno de los campings que hay en Manilva, provincia de Málaga, nos esperaba otro de los viajeros, que venía desde Alicante. Al día siguiente nos reunimos en Algeciras con Enrique y Juanma, de Sevilla. Cruzamos el Estrecho, y compramos comida en un supermercado que hay frente al puerto de Ceuta. Entramos en Marruecos y pasamos la noche en un camping de Kenitra.

Continuamos nuestro viaje y a 30 kilómetros antes de llegar a Essaouira, nos encontramos con una pareja de españoles que había sufrido un accidente. Era de noche y tuvieron la mala suerte de coincidir en el mismo tramo de carretera con otro vehículo que venía de frente y un camello despistado. Las potentes luces del camión marroquí les impidieron ver al animal, que con sus 500 kilos de peso aplastó el techo de su coche como si fuera de papel. Afortunadamente y a diferencia del camello, los ocupantes no sufrieron daños de consideración.

Montamos las tiendas en el camping de Essaouira y dedicamos la mañana del día siguiente a pasear por esta hermosa ciudad. Después de comer en el puerto, salimos hacia Aglou Playa. Buscamos sitio sobre un acantilado y acampamos en una zona arenosa donde los coches quedaron atascados.

Al día siguiente visitamos las murallas de Tiznit y paramos a comer en un restaurante de Guelmim. Mientras estábamos comiendo, apareció otro viajero, que venía con su Peugeot 504 fabricado en 1972. Lo bueno de esos vehículos tan viejos es que si cuidas bien la chapa, puedes decir que es "un clásico" y la gente que no te conoce se cree que eres un millonario excéntrico. Teníamos pensado llegar hasta Tarfalla, pero decidimos quedarnos a pasar la noche en un bonito paraje cerca de la desembocadura del río Chebeika.

A la mañana siguiente continuamos por la carretera de la costa, parando en los sitios que más nos gustaban. Comimos en el restaurante La Perla de Laayoune y dimos un paseo por la capital del Sahara Occidental.

A unos 15 kilómetros al sur de Boujdour, tomamos una pista que bajaba a la derecha hasta la playa. Avanzamos todo lo que pudimos hacia el mar y montamos nuestras tiendas para pasar la noche. Al día siguiente subí andando hasta unas rocas y tomé la foto de arriba. En la parte superior derecha de la fotografía se puede ver nuestro campamento, y a la izquierda los restos de un naufragio.

Al día siguiente visitamos Dakhla. Dormimos en el recién remodelado camping Moussafir y despedimos a Quique, que se volvía a España en transporte público.

Al regresar de Dakhla paramos en el Río de Oro, a la entrada de la península.

Antes de llegar a Cintra buscamos el abrigo de una enorme duna para pasar la noche.

Al día siguiente entramos en Mauritania. Nos acomodamos en las habitaciones del albergue Inal de Nouadhibou. Después de una merecida ducha fuimos a cenar al restaurante del Hogar Canario. Dedicamos la jornada siguiente a lavar la ropa y a visitar los sitios más interesantes de Nouadhibou.

Había llovido y de camino al centro deportivo de pesca de Kobanu, en la bahía de l'Etoile, vimos varios vehículos hundidos en el fango. En primer lugar, un camión cisterna.

Luego, un Land Rover cuyos ocupantes habían ido andando hasta la ciudad para pedir prestadas unas planchas.

En la playa de Cabo Blanco vimos al United Malika recién varado. Tenía los motores en marcha y las luces encendidas. La tripulación se afanaba por evitar el desastre. Un remolcador tiraba a lo lejos de un largísimo cable. En el próximo viaje iré a ver si consiguieron salvar el barco.

Al día siguiente de nuestra segunda noche en Nouadhibou, tomamos la pista de Nouakchott.

En un tramo me adelanté, subí a una duna y tomé esta foto.

Intentamos llegar hasta Arkeiss para pasar la noche en la playa, pero la llanura que había antes de llegar estaba inundada y los Peugeot se hundían en el barro. Decidimos acampar en una zona seca a tan solo 2 kilómetros del mar.

Al día siguiente continuamos hacia el sur evitando en la medida de lo posible las partes inundadas. Había llovido mucho y no era fácil. Cada vez que llegábamos a una zona más o menos alta, nos deteníamos y buscábamos con la mirada el siguiente objetivo. En una de esas paradas, Rubén sacó un balón y nos pusimos a jugar al fútbol. Lo que se ve al fondo no es un espejismo, sino agua.

Alguien se fue a explorar nuevas rutas y se atascó en una duna.

Afortunadamente me tenía cerca para inmortalizar el momento con mi cámara.

Así tenía una excusa para no empujar.

Antes de llegar a la zona de las tres grandes dunas, deshinchamos las ruedas de los Peugeot hasta dejarlas en un kilo de presión. Iban poco cargados, ya que habíamos metido la mayor parte del equipaje en el Toyota. La arena estaba húmeda y bastante dura. En esas condiciones, atravesar las dunas debía ser fácil. Pero el guía se montó en uno de los Peugeot, y le dijo a su conductor que debía ir rápido si no quería atascarse.

Antes pensaba que las zonas de arena se deben atravesar tomando carrerilla. Eso puede servir para un tramo corto, pero no para recorrer cientos de kilómetros por la arena. La experiencia me ha enseñado que lo mejor es bajar la presión de los neumáticos hasta un kilo, llevar suficientes ruedas de repuesto y cargar poco peso. De esta forma, no hace falta ni usar las planchas.

Empezaron a correr tanto, que yo no pude seguirles con el Toyota. A los pocos kilómetros ya les había perdido de vista. Me entró miedo, porque pensé que nos estábamos despistando, y podríamos pasarnos fácilmente un par de días dando vueltas por ahí hasta volver a encontrarnos. Pero mis temores se disiparon cuando conseguí llegar a la altura de los dos primeros vehículos, vi por el retrovisor el Galloper de Pepe y al cabo de un rato al Peugeot 504 venir de frente. Había tomado un atajo.

Llegamos a Nouamghar, y cumplimentamos los trámites del parque nacional. Faltaban dos horas para que el descenso de la marea nos permitiera circular por la playa. Un gendarme recogió nuestros pasaportes y desapareció. Estuvimos un rato esperando a que volviese, pero como tardaba mucho decidimos aprovechar el tiempo comiendo y dándonos un baño en el mar a un par de kilómetros del pueblo. Cuando estábamos terminando el postre, vino el gendarme con su jefe y nos regañó por habernos largado sin nuestros pasaportes. Luego nos preguntó qué habíamos traído para él. De pronto, cada uno de nosotros se acordó que tenía algo urgentísimo que hacer. Unos se fueron a fregar platos, otros a volar una cometa aprovechando el fuerte viento y los demás a bañarse en el mar. Finalmente los gendarmes se cansaron de esperar en vano su regalito y se fueron.

Cuando bajó la marea, circulamos por la playa hasta Tiouilît. Luego tomamos una pista interior que nos llevó hasta Nouakchott.

Descansamos durante un día entero en Nouakchott antes de continuar hacia Rosso para entrar en Senegal. En la frontera nos confirmaron un rumor que circulaba por Nouakchott: la aduana senegalesa no permitía la entrada de vehículos de más de 5 años de antigüedad.

El viaje transahariano está lleno de trampas y muchas son imprevisibles. Se puede prever y está dentro de lo razonable por ejemplo reventar una rueda, sufrir una insolación o que el viento se lleve tu sombrero. Desafiando la lógica, también es posible encontrar enormes charcos de agua en el desierto. Pero es casi imposible imaginar que alguien te va a impedir que visites con un coche de más de 5 años Senegal, donde es fácil encontrar vehículos fabricados en los años 70. Cada país tiene sus leyes y como extranjeros debemos respetarlas.

Atravesamos la parte mauritana de la frontera sin grandes dificultades. Cruzamos el río Senegal en el ferry y cuando llegamos a la otra orilla vimos el aparcamiento de la aduana lleno de vehículos con matrículas europeas. Mal augurio. Cumplimentamos los trámites policiales y fuimos a la aduana. Allí nos encontramos con un grupo de europeos que llevaba varios días moviéndose de un sitio a otro intentando conseguir un permiso para entrar en Senegal con sus viejos 4x4. Habían estado en la Dirección General de Aduanas Dakar, y en la Dirección Provincial de Saint Louis. No lo habían conseguido. El jefe de la aduana nos dijo que no podía hacer nada. Solicitamos que nos enseñase el texto de la nueva ley que impedía la entrada de vehículos de más de 5 años. Nos contestó con evasivas y nos indicó que hablásemos con el supervisor. Fuimos a su casa y le encontramos tirado en el suelo concentrado en una telenovela venezolana. Comenzó pidiendo 300 euros por coche. Después de discutir durante todo el día, anocheció sin conseguir que bajase de 120 euros.

Llamé desde mi teléfono a la embajada española en Dakar para que me confirmasen que esa ley existía realmente, que no era un engaño para sacar dinero. Después de exponer el problema con todo lujo de detalles a mi interlocutor, que aguantó durante 15 minutos escuchando, me respondió que él solo era el vigilante de la embajada y que en ese momento no había ningún oficial de guardia. Le agradecí que no me lo hubiera dicho antes, ya que me había dado la oportunidad de gastar inútilmente 30 euros en la llamada, y mentí descaradamente al desearle que tuviera una buena jornada de trabajo.

Queríamos reanudar nuestro viaje y finalmente cedimos. Además de cobrarnos, el supervisor de la aduana nos obligó a llevar un escolta, y pretendía que recorriéramos los 521 kilómetros que separan Rosso de Kidira, donde se encuentra la frontera de Senegal con Mali, en una jornada. Le dijimos a todo que si y salimos junto con dos alemanes, tres franceses y tres holandeses. Como teníamos previsto, paramos a dormir en Ndioum.

A las 7 de la mañana del día siguiente ya estaban los franceses y los alemanes listos para continuar el viaje. Se les veía un poco quemados. Querían salir de Senegal lo antes posible. Les dijimos que no nos esperasen, ya que nosotros preferíamos desayunar tranquilamente después de darnos una refrescante ducha. Estábamos de vacaciones. El escolta se enquistó en el coche de los holandeses, que tampoco tenían ninguna prisa.

Preparándonos para salir.

Para desesperación del escolta, que pretendía cumplir las instrucciones que había recibido de llegar a Kidira en un día, nosotros nos deteníamos en los poblados que más nos gustaban. En la foto, la torre de Pisa en versión senegalesa.

No me cabe en la cabeza la idea de pasar cerca de estos poblados sin detenerme a conocerlos. No habíamos recorrido más de 3.000 kilómetros para luego perdernos lo mejor.

Una hermosa joven de la etnia Saracollé.

Rubén posaba apoyado en una pared de adobe decorada con pinturas en el interior de una choza de planta circular, techo con estructura de madera y cubierta de paja.

Qué bonito.

Paramos a comer en un restaurante de Ouro Sogui. Aproveché para llevar uno de los Peugeot al taller más cercano. Tenía el disco del embrague muy gastado. Lo dejaron peor que como estaba.

Continuamos hasta Bakel y nos alojamos en un tranquilo hotel que conocía de otros viajes. Se encuentra a orillas del río Senegal, y siempre que voy, está vacío. El escolta le contó su vida al gerente del hotel, y terminó su acalorado discurso con una cómica expresión que no se me olvidará en la vida: "je m'en fou", que podría traducirse como "passssso de todo". Después ambos se pusieron a ver otro capítulo de la telenovela venezolana, el programa más visto en Senegal.

Después de cenar y cuando estábamos escuchando música en el jardincillo del hotel, aparecieron los franceses y los alemanes bastante malhumorados. Habían llegado hasta la frontera, pero no pudieron atravesarla porque el escolta tenía sus pasaportes. El francés medía dos metros de altura y el alemán le sacaba una cabeza. Temimos que entre los dos despedazasen al escolta, pero afortunadamente terminaron resignándose a pasar otra noche en Senegal.

A las 7 de la mañana del día siguiente estaban nuevamente los franceses y los alemanes listos para continuar el viaje. Nosotros no y esta vez no por relajación, sino porque había dos personas que no se encontraban bien. El escolta tomó la acertada decisión de devolver sus pasaportes a los que tenían prisa y se quedó con nosotros.

Cada vez que llegábamos a un pueblo el escolta le contaba sus penas al primero que pasaba.

Llegamos tranquilamente a Kidira y nos despedimos con cierta pena de nuestro desdentado y paciente acompañante. Cruzamos el río Senegal y entramos en Malí por Diboli.

Reparamos definitivamente el Peugeot 505 averiado y continuamos hasta Kayes.

El plan que tenían los que venían conmigo era tomar al día siguiente el tren de pasajeros hasta Bamako, y luego regresar a España en avión. Yo me quedaría en Kayes para liquidar los Peugeot y, si era posible, conducir sin prisas el Toyota por la pista hasta Bamako.

Fuimos a la estación de Kayes para comprar los billetes de tren. En la taquilla nos dijeron que no quedaban. Si en la estación de Chamartín a uno le dicen que no hay billetes, entiende que no puede viajar. Pero Kayes no es Chamartín. En Mali sabes que, aunque no haya billetes, si hay tren, puedes viajar. Solo debes tener fe y un poco más de dinero. Efectivamente, al día siguiente fuimos a la estación tres horas antes de la salida prevista y compramos de reventa billetes para los tres que querían ir en tren. Otros cuatro prefirieron viajar en avión, algo más caro pero mucho más cómodo. Pepe y Rubén se aventuraron por la pista con el Galloper y en dos días ya estaban en Bamako.

Si quiere ver algunas fotos más "familiares" de la primera parte del viaje, por favor pinche AQUÍ.

Con ellos se fue también la buena suerte que nos había acompañado durante todo el viaje. La aduana de Kayes me requisó los dos Peugeot y el Toyota. Al principio pensé que lo hacían solo para meterme miedo y conseguir dinero. Pero cuando vi en el aparcamiento de la aduana medio centenar de vehículos con matrículas europeas requisados, me empecé a preocupar. Me llevó un día entero convencerles de que no iba a vender los coches en Kayes.

Al día siguiente monté los Peugeot en una plataforma para llevarlos hasta Bamako en el tren de mercancías y me fui con el Toyota por la pista. Conduje hasta que empezó a llover torrencialmente, se hizo de noche y me atasqué en una zanja a pocos kilómetros de Sandare. Dormí dentro del coche. Al día siguiente pasaron por allí los trabajadores que están construyendo la carretera, me engancharon a un camión y me desatascaron rápidamente.

Luego se quedaron ellos atascados en la misma zanja y tuvo que venir una máquina a empujarles.

Llegué a Bamako y me enteré de que el tren que traía mis coches se había averiado. Para hacer tiempo hasta que lo arreglasen, me dediqué a viajar por el país.

El primer sitio que visité fue Kangaba, capital del imperio Mandé en el siglo XIII. Pregunté por la casa del antiguo emperador Soundiata Keita, pero no la encontré. Casi todos los habitantes de Kangaba se apellidan Keita. Tomé una foto de la Casa Sagrada.


Desde Kangaba fui por una pista muy bonita paralela al río Níger hacia el sur.

Llegué a una zona inundada. El día anterior había llovido mucho. Los vecinos me aseguraron que el suelo estaba duro y se podía circular sin problemas, pero preferí darme la vuelta. Yo se nadar, pero mi coche no.

Los niños del pueblo haciéndose unos largos en la pista.

Unos pescadores enredándose.

El cartel escrito en Bambara avisa que el sida mata. La enfermedad está representada por una especie de bola de fuego cabreada. Se anima a todos los miembros de la sociedad a luchar juntos. Aparecen agricultores, pastores, estudiantes, clérigos, y amas de casa. El que va vestido con traje parece escaquearse, me recuerda a un jefe que tuve.

Después de una semana, el tren seguía averiado en Toukoto, a mitad de camino entre Kayes y Bamako.

Cansado de esperar, me fui al País Dogón. La pista era muy bonita.

Pasé una inolvidable semana recorriendo la falla de Bandiagara. Si quiere ver las fotos que tomé en el País Dogón, por favor pinche AQUÍ.

Regresé a Bamako pensando que después de tres semanas desde su salida, el tren ya habría llegado. Me equivoqué. El inventor del dicho "con paciencia todo llega", no conocía el tren de Kayes. Extrañado por la tardanza, me fui en el Toyota hasta Kita, a 180 kilómetros de Bamako. Desde Kita hasta Toukoto, donde se encontraba el tren averiado, la pista estaba completamente inundada y era impracticable. Solo se podía ir en otro tren de mercancías.

Me subí al primero que pasó, pero a los dos kilómetros de salir de Kita, descarriló. Afortunadamente circulaba muy despacio y no hubo heridos.

Tan solo resultó dañado el amor propio del maquinista. Por lo que me comentó, estos accidentes son frecuentes. No puso reparos en posar para la foto junto al vagón descarrilado.

Mientras se llevaban a cabo las operaciones de rescate, compré un refresco. Al intentar abrir la botella contra una piedra, el cristal se rompió y me hice un profundo corte en la mano. Siempre que sangro, por poco que sea, me mareo, palidezco y transpiro con profusión. Fue en ese preciso instante, tirado en el suelo, sangrando a borbotones y sudando a chorros, cuando por fin entendí lo que pasaba. Dios no quería que yo recuperase mis Peugeot. Al menos no he encontrado hasta ahora ninguna explicación más lógica para tanto infortunio.

Fui al hospital de Kita para que me curasen, me monté en mi Toyota y regresé a Bamako conduciendo con una mano. En España se dice que Dios aprieta, pero no ahoga. En África Dios aprieta, luego aprieta más, y termina apretando tanto, que al final ahoga. Como no quería morir, decidí olvidarme de los Peugeot y comenzar el viaje de regreso lo antes posible.

Cargué el coche con la artesanía que había comprado en el País Dogón y atravesé como pude las embarradas pistas del noroeste de Mali.

Agua, barro, fango y lodo. Muy divertido.

Esta vez tuve suerte y no me atasqué.

En la zona de Kayes hay muchos monos.

No hace falta irse muy lejos para verlos, se pasean por la pista.

Regresé por la misma ruta que había hecho con mis compañeros al bajar. Una jaima en el desierto mauritano, que estaba cubierto en algunas zonas por una fina capa de hierba.

Para circular entre Nouakchott y el parque nacional Banc d'Arguin, ya no hace falta ir por la playa. Hay una pista que va directamente desde la carretera en construcción hasta la bahía de Sant Jean.

Lo que más me gusta de conducir por el desierto es que no hay porculines. Los porculines son aquellos conductores que se dedican a fastidiar a los demás, o dicho vulgarmente, a dar por culo. Siempre tienen prisa, nunca ceden el paso, aprovechan la mínima oportunidad para hacer sonar sus bocinas, lanzan ráfagas de luz y con sus improperios pretenden avasallar a los tranquilos conductores que, como yo, únicamente procuran llegar sanos y salvos a su destino. Después de esperar durante tres semanas al tren de Kayes, me da igual llegar 10 minutos más tarde a donde sea.

Me levantaba al alba y conducía durante todo el día, parando de vez en cuando a descansar, estirar las piernas, admirar el paisaje, hacer fotos y  comer algo. Sin horario rígido ni plan establecido. Antes de anochecer, plantaba mi tienda en cualquier sitio tranquilo, y me preparaba una cena caliente.

Porto Rico, un poblado de pescadores en la costa del Sahara Occidental.

El restaurante Dakar de Sidi Akhfennir, entre Trafaya y Tan-Tan.

Otro poblado de pescadores a 50 kilómetros de Essaouira por la carretera de la costa hacia Safi.

Hay cierta tendencia entre algunos viajeros bienintencionados a recomendar. Yo soy muy cauto a la hora de hacer recomendaciones sobre África, porque no soy africano y solo viajo dos o tres veces al año. En África las cosas cambian de un día para otro, y lo que hoy es válido, puede que mañana no lo sea.

Por la experiencia que tengo, lo más importante a la hora de afrontar un viaje transahariano es estar dispuesto a renunciar a todas las comodidades con tal de conseguir el objetivo. Lo segundo más importante es tener la suficiente habilidad para transformar cualquier problema en un buen recuerdo.

No se deje impresionar por supuestos "aventureros profesionales". Cualquiera que se lo proponga puede hacer un viaje transahariano. No es imprescindible tener un 4x4 caro. No hace falta dominar el manejo del gps, ni ser experto en supervivencia, ni llevar planchas, ni pala, ni condensadores de fluzo, ni ser conductor experimentado, ni comulgar en todo con los compañeros de viaje. Lo único indispensable es tener sentido común, voluntad y espíritu de sacrificio.

Hay muchas buenas fuentes de información sobre África. Pero las pocas conocidas, provienen de fuera de África. Para los que estén interesados en leer sobre África desde el punto de vista africano, les sugiero un libro llamado "Anthologie Négro-Africaine" de Lilyan Kesteloot, editado por Edicef. Es una excelente toma de contacto para iniciarse en la literatura africana. Desgraciadamente no he leído a tantos escritores africanos como para poder comparar, pero he disfrutado mucho con Léopold Sédar Senghor, Mandé Alpha Diarra, Cheikh Anta Diop y sobre todo Amadou Hamphate Bâ con "Amkoullel l'enfant peul" y "Oui mon commandant".

Casi todo lo que se ha escrito sobre África merece la pena ser leído. Hace 16 años, cayó en mis manos un libro muy divertido que me marcó definitivamente: "Sahara", de un simpático aventurero llamado Cizia Zykë.


Nota posterior a la redacción de este relato: He releído ese libro 28 años después y he cambiado de opinión. A no ser que todo fuera ficción, su autor no era más que un maldito pederasta, racista, drogadicto, perdonavidas y egocéntrico obsesionado por demostrar continua y machaconamente su superioridad ante los demás. Después de haber conocido personalmente otros prohombres como él del tipo "el que más manda, el que más chuletones come, el más listo, el más juerguista, el que más liga, el que más prostitutas se tira", ya no me cae tan simpático. Cuando uno es adolescente se deja influenciar por cualquier charlatán medianamente gracioso que le entretenga, ignarando modelos de comportamiento mucho más cercanos y válidos.

Con las películas pasa algo parecido que con los libros, todas las conocidas por el gran público han sido rodadas por occidentales. La mayoría de ellas no son sobre África, sino sobre aventuras y desventuras de blancos con África como decorado. Mis películas favoritas sobre África son las dos partes de "Los dioses deben estar Locos", absolutamente geniales. A pesar de no ser africana sino australiana, también es buena para ambientarse en el desierto la segunda parte de Mad Max, llamada "Mad Max 2, el guerrero de la carretera". En general, antes de viajar a África uno debe documentarse con películas como "Sopa de Ganso" para cuestiones administrativas, "El maquinista de la general" si se piensa tomar algún tren africano, "Apocalypse Now" para excursiones fluviales, y "Aterriza como puedas" para vuelos internos.

Sin duda las mejores películas que se han hecho jamás sobre viajes son las tres partes de "Regreso al futuro" y "Los Héroes del tiempo", de Monty Python. El hecho de que los viajes sean a través del tiempo no es sino un aliciente más.

Puestos a dar consejos, nadie podrá superar los de Polonio a su hijo Laertes en el acto I, escena III de "Hamlet, Príncipe de Dinamarca":

¿Aún aquí, Laertes? ¡Por Dios, a bordo, a bordo!
El viento ya ha hinchado tus velas, y están
esperándote. Llévate mi bendición
y graba en tu memoria estos principios:
no le prestes lengua al pensamiento,
ni lo pongas por obra si es impropio.
Sé sociable, pero no con todos.
Al amigo que te pruebe su amistad
sujétalo al alma con aros de acero,
pero no embotes tu mano agasajando
al primer conocido que te llegue.
Guárdate de riñas, pero, si peleas,
haz que tu adversario se guarde de ti.
A todos presta oídos; tu voz, a pocos.
Escucha el juicio de todos, y guárdate el tuyo.
Viste cuan fino permita tu bolsa,
mas no estrafalario; elegante, no chillón,
pues el traje suele revelar al hombre,
y los franceses de rango y calidad
son de suma distinción a este respecto.
Ni tomes ni des prestado, pues dando
se suele perder préstamo y amigo,
y tomando se vicia la buena economía.
Y, sobre todo, sé fiel a ti mismo,
pues de ello se sigue, como el día a la noche,
que no podrás ser falso con nadie.
Adiós. Mi bendición madure esto en ti.




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