VIAJE TRANSAHARIANO OCTUBRE 2013

Salimos de Segovia el 24 de octubre Benja y yo. Cenamos en Villanueva del Trabuco y dormimos en casa de un amigo en Estepona.

Me desperté cuando todavía era de noche porque los nervios no me dejaban dormir. Al amanecer salí a la terraza en silencio para no molestar y vi a Benja paseando a lo lejos. Estaba tan inquieto como yo y llevaba una hora dando vueltas.

Embarcamos en el ferry, que zarpó inmediatamente. Al pasar por delante de unos grandes cargueros me acordé de los contenedores que traía antes de la crisis. De ahí pasé a los camiones, que cada vez fueron haciéndose más pequeños. Ahora utilizo una furgoneta, voy menguando.


Durante las depresiones siempre hay gente que se crece y sale reforzada. En caso de necesidad, solo tengo que encontrar a alguno de esos y pedirle trabajo.


Es difícil competir contra otros que son mucho más fuertes.


De todas formas para mantenerse a flote solo hay que adaptarse y seguir luchando, la supervivencia no depende del tamaño.

Cuando alguien es capaz de conservar la facultad de creer en cosas intangibles y sobrenaturales, todo se ve desde otro punto de vista.


Un cuentacuentos hacía volar la imaginación de sus espectadores en la plaza Jamaa el Fna de Marrakech.


Una calesa esperaba pasajeros.


Un vendedor de lámparas alumbraba las velas.


Esta hermosa mujer tatuó con henna una de las manos de Benja I El Afortunado.

Restos de una hoguera en el oued Chbika.

El agua del oued se había quedado a 100 metros del mar.


El sol de la mañana formaba luces y sombras en las dunas.


Paramos en un acantilado para tirar piedras al mar y un arcoiris surgió de la mano tatuada de Benja.

Era diferente del que suelen dibujar mis hijas, pero aún así me gustó.

El mar se había enrabietado por las piedras que habíamos tirado y le salía espuma.


Un Land Rover surgió de la duna. Este vehículo me trae buenos recuerdos porque fue el primer monovolumen que conocí. En los años 70 del siglo pasado las familias numerosas no tenían muchas opciones. Lo mismo les ocurre actualmente a los saharauis.

Paramos a tomar un café en Sidi Akhfenir. Un vendedor de golosinas nos atendió desde el interior de su pequeña tienda.


Fuimos a Tarfaya. Un monumento recordaba a los heróicos aviadores de la Compagnie Générale Aéropostale que hacían escala entre Toulouse y Saint Louis, en Senegal.


En 1927 fue nombrado aquí jefe de escala Antoine de Saint-Exupéry, el mismo que escribió: Toutes les grandes personnes ont d'abord été des enfants, mais peu d'entre elles s'en souvient. Ya sabía que Benja era una gran persona cuando viajamos juntos en enero de 2003, y me alegró comprobar que seguía teniendo buena memoria.

En 1878 el escocés Donald Mackenzie de la North West African Trading Co. edificó una fortaleza en la playa para comerciar con los habitantes del desierto. Al principio la llamaron Casa Blanca. Luego perdió su color y pasó a ser Casa del Mar. Actualmente se la conoce como Casamar.


Hacía las funciones de puerto. Cuando subía la marea los barcos descargaban allí sus mercancías. Los empleados de la compañía esperaban a que el mar se retirase para transportar los bienes a tierra firme. Traían sobre todo ropa de algodón, armas, utensilios de uso doméstico como cacerolas, lámparas y velas, además del famoso té verde al que pronto se aficionaron los nómadas.


Los nómadas a su vez vendían sobre todo goma arábiga obtenida de las acacias, oro, pieles de animales salvajes y plumas de avestruz. La empresa no tuvo el éxito esperado, Mackenzie se desanimó y 17 años después vendió el puesto comercial al sultán de Marruecos.

Nos acercamos a Duejla para ver al Assalama, que embarrancó el 30 de abril de 2008.


Seguía oxidándose poco a poco.


Más al sur vimos otro naufragio antiguo del que solo quedaban algunos hierros.

Comimos calamares en Boujdour.

Un músico callejero se había hecho una guitarra con una pandereta, una tabla e hilos de pesca. Lo más importante es el talento del artista.

Fuimos a la playa de Aouzioualte para ver más barcos encallados.


Cuando este pesquero encalló, su capitán quizá confió en que la siguiente marea le sacaría a flote. Eso es lo que hacen algunas personas para superar las depresiones económicas, pero no siempre da resultado.


También pudo encallar a propósito porque se cansó navegar.


Las aves lo utilizaban para observar el agua en busca de peces. Seguía siendo un barco pesquero a pesar de su aspecto tenebroso.

Otro barco que quiso darse a la fuga.


Las olas ya no podían moverlo.


Se iba deshaciendo a cámara lenta.


Acampamos en Lacraa, que está en la desembocadura del oued Craa. Al día siguiente fuimos a visitar el poblado de pescadores.

El sol lo iba iluminando poco a poco.

Subí a una roca para fotografiar una pequeña cala y mi sombra se quedó petrificada.

Un solitario pescador se dirigía a otra playa.

El pueblo estaba vacío.

Las barcas permanecían varadas en la arena.

Nos fuimos un poco extrañados.

Comimos tagine en Barbas.


Cruzamos la frontera con Mauritania. El camión de unos portugueses se había metido en un arenal. Pronto vinieron desatascadores profesionales con planchas a negociar el precio del rescate.


Llegamos a Nouadhibou y fuimos a casa de mi amigo Soufi, pero no estaba. Este vecino nos dijo que había ido a Nouakchott y volvería al día siguiente. Le llamé por teléfono y quedamos en mitad del desierto.


Los chicos del barrio se pitorrearon de nosotros, como es lógico y natural.

Montamos las tiendas de campaña en el camping Abba y al día siguiente fuimos a ver más barcos encallados, el leitmotiv del viaje.

Del mogollón que había antes ya solo quedaban unos pocos.

Los estaban desguazando.


Un hombre iba a ver lo que pescaba.

Si este pesquero fuera un camión, en Mauritania ya se las habrían arreglado para hacerlo funcionar.


Parecía que los desguazaban a mordiscos, se apreciaban hasta las dentelladas.


La flota coreana llegó a Canarias en los años 70 del siglo pasado y se buscó un cementerio en la bahía de Nouadhibou.


Un mauritano sin vértigo columpiaba sus piés en la punta de un barco.


Parecía un mascarón de proa.

Los perros estaba contentos. Seguramente ya habían aprendido a comer pescado sin atragantarse con las espinas. De lo contrario, debían pasar bastante hambre.


Las sultanas permanecían unidas hasta el final.


De camino a Nouakchott conocimos a un rastafari marroquí de Kénitra que se dirigía a Malawi en bici.

Se había fabricado una bicicleta especial para el viaje e iba equipado con todo lo necesario según su criterio.


Le deseamos suerte y continuó su ruta. Llevo años queriendo hacer lo mismo, pero siempre encuentro alguna excusa para retrasarlo.

A medio camino entre Nouadhibou y Nouakchott nos encontramos con Soufi, al que no veía desde hacía años. Me guió por el desierto la primera vez en marzo de 1998, cuando viajaba en un viejo Peugeot 505. Repetimos en varias ocasiones y trabó amistad con mi cuñado Pepe. Desde que terminaron la carretera y dejé de pasar por Nouadhibou, habíamos coincidido poco.

Viajaba con su familia en un flamante Toyota Avensis y venía de acompañar al médico a su mujer, que seguía con su tratamiento contra la diabetes. Me sorprendió gratamente cuando me comentó que algunos médicos españoles de paso por Mauritania le habían regalado aparatos para medir el nivel de glucosa en la sangre, como propuse en el relato de agosto de 2005. Pensaba que mi página no la leía nadie. En alguna ocasión algún amigo me ha entregado una máquina de coser antigua para regalar en África, o alguien ha donado una cámara digital a algún fotógrafo conocido de Burkina Faso, pero pensaba que solo eran casualidades.

Al estrechar su gran mano después de tantos años, recordé que para mí Soufi es Mauritania, y Mauritania siempre será Soufi. Nos contó que invirtió en camellos todo el dinero que había ganado como guía, y me alegró saber que le iba bien. En el pasado también tuvimos nuestras diferencias, pero al final solo prevalecen los buenos recuerdos.

Nos despedimos y quedamos en vernos tranquilamente el próximo viaje.


En las inmediaciones de Chami fuimos a unas jaimas para negociar la compra de una silla de camello. En el viaje anterior no habíamos llegado a un acuerdo, pero esta vez hubo suerte porque al día siguiente celebraban una boda y necesitaban dinero. Me vendieron una silla antigua que ya no utilizaban, así que la suerte fue mutua.


Toda la familia vino a vernos.


El jefe nos invitó a un té verde chino.

Habían unido varias jaimas y estaba todo preparado para la gran fiesta que tendría lugar al día siguiente.

Nos invitaron a quedarnos, pero no quisimos molestar y continuamos nuestro camino.


Llegamos a Nouakchott y visitamos la lonja. Dos mauritanos contemplaban la puesta de sol.


Caperucita Roja estaba bien protegida contra el Lobo Feroz.


Un hincha del Real Madrid.


Los porteadores sacaban de las barcas cestas llenas de pescado.


El mar revuelto dificultaba la operación, no quería que se nadie se llevase a sus habitantes.


Un admirable hombre sin brazo se defendía con coraje del embate de las olas. Aquí no hay pensiones ni subsidios. En un lance de la batalla estuvo a punto de ser aplastado por la embarcación. El mar no tiene piedad.

Los pescadores aprovechaban las horas de luz al máximo.


Se lanzaban al mar con barcas de río y la proa bien alta.

Aunque nadie se movía de su sitio, parecían no parar quietos.

Un viejo Peugeot 404 bachée transportaba pescado.

No había edad máxima ni mínima para trabajar.


Unos pescadores recogían las redes.


Dormimos en el albergue Sahara y al día siguiente fuimos a la embajada de Malí para solicitar nuestros visados. Mientras los tramitaban volvimos a la lonja.

La gente parecía encontrarse en el mismo sitio que el día anterior.

El mar estaba todavía más encrespado y muchas embarcaciones se quedaron varadas en la arena.


Una barca que regresaba llena de pescado se hundía.


La gente acudió, unos para ayudar y otros para llevarse los peces muertos que habían caído al mar.


Hubo discusiones. Un chico se enfadó y tuvieron que sujetarle.


Finalmente se calmaron y cada uno fue a lo suyo.

Un pescador posó delante de su embarcación.


Son hombres duros que se juegan la vida para subsistir.


Una barca estuvo a punto de volcar y los pescadores tuvieron que saltar.

Sacaban las barcas del mar tirando con cuerdas, no había muelle.

Utilizaban como rodillos bombonas de oxígeno, que se desplazaban sobre planchas de hierro.


Todo el mundo colaboraba.

Incluso Benja.


Salimos hacia el Este por la Ruta de la Esperanza y paramos en el mercado de dromedarios.

Un camello comentó: "Qué calor hace aquí". Y otro exclamó: "¡Un camello que habla!"


El camellero se quedó perplejo.

Los dromedarios o camellos arábigos dejaron de ser imprescindibles cuando aparecieron los vehículos a motor. Ahora cada vez se utilizan más por el alto precio del combustible. El camello es el mejor medio de transporte para el desierto.

Comimos en un restaurante de Boutilimit.

Nos pusieron marolaym, un plato típico mauritano compuesto de arroz, patatas, pepinos, acelgas, zanahorias y pescado. Es decir, un poco de todo.

Después nos invitaron a un té verde chino.

Un anciano bebía leche de cabra.

El vehículo más utilizado en Mauritania después del camello es el Toyota. No llega al mismo grado de perfección porque los japoneses no tienen desiertos, y eso se nota.

Llegamos a Alej y paseamos por la calle principal. Las mauritanas jóvenes suelen ser delgadas.

A partir de cierta edad se las fuerza a engordar mediante un proceso llamado leblouh consistente en ingerir alimentos muy nutritivos a lo bestia, y se hacen sedentarias. A los mauritanos les gustan opulentas, como a Peter Paul Rubens. La obesidad también es un símbolo de estatus social.


Acampamos cerca de un puesto de la gendarmería en Chogar. Al día siguiente unos niños que se dirigían a la escuela nos dieron los buenos días.


El pasto verde que vi en el viaje anterior se había secado.

Paramos en Lekrae para tomar un refresco y dimos una vuelta por la calle principal. La población mauritana originaria proviene de los árabes y de los bereberes. Tradicionalmente la sociedad mauritana estaba dominada por los hassani o guerreros y por los zawaya o líderes religiosos, también llamados marabouts por los franceses. Actualmente están muy mezclados con sus vecinos del sur.

Un carnicero utilizaba un tapete rojo, así no tenía que lavarlo.

Este otro estaba más limpio y ya había vendido casi todo.


A la salida de Ekamour unos niños habían cortado la carretera. Les preguntamos el motivo y nos dijeron que protestaban "contra el poder". Me parecieron más sinceros que esos charlatanes oportunistas que solo quieren destruir el sistema con la única finalidad de hacerse con los mandos y cumplir su sueño dorado de vivir sin trabajar. Los nihilistas convencidos que se oponen a todo como Sid Vicious me caen mejor.

Como no se podía pasar, me dediqué a fotografiar a la gente.

A un señor se le ocurrió quejarse porque le habían pinchado las ruedas del coche y le cayó una buena bronca.


Un anciano se lamentó de que cuando era joven la tradición le obligaba a respetar a los mayores, y ahora que le tocaba ser obedecido nadie le hacía caso. Así es la vida.

Un vehículo mauritano se cansó de esperar y se fue por una pista. El Toyota Hilux es el vehículo más vendido en Mauritania. Tuve uno durante 12 años y en ocasiones también me resultó muy útil para huir campo a través.

Los niños empezaron a tirar piedras contra todo lo que se movía y al cabo de un rato nos eligieron como blancos. No pudimos negar que lo éramos y nos largamos. Los mauritanos son temperamentales y cuando tienen un problema actúan, no se quedan con los brazos cruzados. En enero de 2011 un desesperado y frustrado Yacoub Ould Dahoud se quemó a lo bonzo en Nouakchott como forma de protesta y hubo grandes disturbios.

La Ruta de la Esperanza o Transmauritanienne comenzó a ser construida a principios de los años 70 del siglo pasado y tardó 10 años en llegar a Nema. Supuso una auténtica revolución para el país, y no solo porque los revolucionarios de la zona ya tenían alguna carretera que cortar, sino porque facilió el acceso de camiones con maquinaria para abrir pozos de agua en zonas antes remotas, favoreciendo la concentración de población y la formación de pueblos.

Otro cambio consistió en que tradicionalmente los viajeros solían ir en caravanas de camellos y llevaban regalos para repartir entre los nómadas. Este hábito no es respetado por los viajeros tacaños y con prisas que no se interesan por las costumbres locales y consideran que los niños mauritanos son unos simples pedigüeños.

Paramos en una jaima de Tuaregs malienses expatriados para entregarles las fotos que había tomado en un viaje anterior.

Para conocer bien algunos países hay que salirse de los caminos más transitados, pero en este caso es la ruta principal la que se adentra en la Mauritania profunda. Solo hay que pararse de vez en cuando y hablar con la gente.

Cada Tuareg joven recibe un cuchillo artesanal que lleva consigo siempre. Lo utiliza para todo, desde sacrificar cabras a cavar agujeros. Durante los primeros viajes transaharianos por las rutas argelinas me gustaba tratar con los Tuareg, pero después de un par de malas experiencias preferí mantener las distancias. Ahora me gustaría regresar por allí y probar suerte otra vez, nunca se sabe lo que te puede tocar.

El alto precio del combustible obligaba a viajar de cualquier forma.


Cuando alguien tiene un buen motivo para viajar, ni las incomodidades ni el riesgo le pueden parar.

Dormimos en un control de la gendarmería y durante toda la noche fuimos testigos de la enorme paciencia que necesitaban los conductores subsaharianos para soportar al jefe del puesto. Viajaban desde Europa a Malí, Burkina Faso y Costa de Marfil con vehículos de segunda mano cargados de mercancías y les ponían todas las trabas imaginables.

A la mañana siguiente unos amables vecinos nos invitaron a un té. 

Las mauritanas suelen ir bastante tapadas, pero no llevan niqab ni burka.


Viajar es bueno para conocer culturas diferentes, pero hay un límite en el respeto a las tradiciones ajenas. Una cosa es el tipo de ropa que prefieran, lo rellenitas que quieran estar o el gusto estético de los mauritanos, y otra muy diferente es la maldita costumbre de concertar los matrimonios de las niñas.

En marzo de 2009 un tribunal de Cádiz condenó a una madre mauritana a 17 años de cárcel por haber obligado a su hija de 14 años nacida en España a casarse con un hombre de 40 años. Sentí tristeza cuando me enteré de que la sentencia había sido muy protestada en Mauritania. Los mauritanos tienen cualidades y defectos, como todos los seres humanos. Espero que entre sus cualidades se encuentre la de escuchar este mensaje: los niños no se negocian. 

Un pastor se remojaba en un abrevadero de Hassi Ehl Ahmed Bechna.

Es posible que las babas de vaca rejuvenezcan, como las de caracol. Con este tipo de inventos siempre hay precursores.

Gastamos nuestras últimas ouguiyas en pan.

Cruzamos la frontera de Malí y comimos en un restaurante de Nioro du Sahel.

Un hombre se atusaba el bigote con unas tijeras de circuncidar.

Pidió voluntarios para practicar con las barbas, y el guardia trajo a dos.

Los garibouts son los estudiantes de las madrazas o escuelas coránicas que van por las calles recogiendo el zaqat o limosna, tercer pilar del Islam. En Senegal se les llama talibes.

Desde el punto de vista occidental son mendigos y llevan a cabo una actividad denigrante que debería ser erradicada. En España caridad y justicia social son conceptos diferentes, a nadie se le ocurriría pensar que el subsidio del desempleo es una limosna.

Muchos llegamos a África con nuestra estructura mental bien adoctrinada por varios siglos de historia y cometemos el error de juzgar a los africanos desde nuestro punto de vista sin molestarnos en conocer los factores que han determinado su forma de ser.

La cultura tradicional africana es amplísima. En realidad no hay una sola cultura sino varias, que a veces nada tienen que ver entre ellas. Sus detractores siempre destacan sus defectos y ocultan sus cualidades para terminar tachando a los africanos de bárbaros, ignorantes y salvajes, susceptibles de ser "salvados" en la más rancia tradición eurocentrista.

Se ha demostrado que el sistema tradicional africano para luchar contra la pobreza infantil no soluciona el problema principal, lo perpetúa o en el mejor de los casos es simplemante paliativo. Pero cuando la solidaridad tradicional desaparece ante una modernidad precaria sin servicios sociales, como está ocurriendo en las grandes ciudades africanas, los niños pierden su último recurso y se produce la miseria.

Hay varias facetas de las culturas africanas que me atraen. No es más feliz el que más riquezas materiales acapara, sino el que menos necesita. Las leyes de la Naturaleza deben ser respetadas, romper el equilibrio natural perjudica al ser humano. La transmisión de valores de padres a hijos es fundamental para complementar la educación obligatoria, estatal, uniforme y despersonalizada que transforma a los niños en engranajes de una maquinaria o en ladrillos de un muro.

Sumar lo mejor de cada civilización es posible, quizás también habría que fomentar las facetas más "africanas" de Occidente.

Es muy sencillo teorizar con el sustento básico garantizado, lo difícil es sobrevivir en las mismas condiciones que estos niños. Los menores no deberían mendigar, pero necesitan comer y los cambios que se están produciendo en las ciudades no les alimentan.

Llegamos a Bamako y fui a recoger una kora que había encargado en un viaje anterior.

El músico artesano me mostró lo bien que sonaba.

Los estudiantes hacían deporte en el patio del centro Père Michel gestionado por misioneros salesianos, que desarrollan una labor muy importante formando a sus alumnos técnica y humanamente.

Respetan las creencias de cada uno, no imponen su religión ni obligan a nadie a convertirse al Cristianismo. Llevan aquí desde mediados de los años 80 del siglo pasado luchando valientemente contra todos los inconvenientes, incomodidades, enfermedades, calor, guerras, penurias económicas e incomprensiones en un entorno a veces hostil.

Algunos salesianos que he tenido el honor de conocer han dado su vida en el más absoluto anonimato, no como otros españoles que entramos en África como un elefante en una cacharrería criticando todo lo que no cuadra con nuestros esquemas, y que en cuanto hacemos cualquier cosa la publicamos en internet para mostrar al mundo lo guay que somos. Aunque eso es mejor que nada, y si conseguimos aguantar lo suficiente es posible que la experiencia nos baje los humos y nos haga más humildes. 

La belleza y la miseria conviven en las grandes ciudades africanas. Cada uno destaca u oculta de la realidad lo que le interesa para apoyar sus argumentos, aunque antes de sacar conclusiones sería mejor analizarlo todo tranquilamente sin ideas preconcebidas.

Benja regresó a España en avión y después de unos días comencé mi viaje de vuelta a casa.

Unos niños posaron delante del antiguo palacio de justicia de la época colonial en Kiffa. Mauritania es un país en constante cambio. La esclavitud no fue legalmente abolida hasta el año 1981, pero sigue siendo socialmente aceptada.

Una de las cualidades que más aprecio en algunas culturas africanas es su capacidad para resolver los coflictos por medio del diálogo y el consenso. Se reúnen el tiempo que haga falta hasta encontrar una solución y escuchan todas las opiniones, especialmente las de los ancianos.

Las revoluciones generan violencia y suelen derivar en terror y dictaduras. Me gustan más las evoluciones, quizás porque crecí con la Transición. Espero que cuando llegue el momento Mauritania encuentre su Al Ould Foud Suárez.


Unos nómadas habían encontrado un bonito emplazamiento para su jaima.


Un pueblo con dunas al fondo en la región de Trarza.

Un pastor atravesaba una sebkha con su rebaño de camellos.

Me subí a una roca para ver el amanecer.


Un buen espectáculo, y encima gratis.


Una suave duna sobre el árido suelo.


Retomé la ruta atlántica y encontré otro antiguo naufragio.


La costa sahariana.


Un acantilado en sombra.

Huellas en una cala desierta.

Un refugio para pescadores.


Condenados a ser libres cumplen cadena perpetua.

Una persona habituada a este entorno se deprimiría en una gran ciudad.


El borde del acantilado proyectaba su silueta almenada sobre la arena.


Las gaviotas guardaban silencio para no discutir, así permanecían unidas.


Habían llegado a la conclusión de que la capacidad de comunicación solo generaba disputas.


Otras aves migraban hacia el sur en busca de climas más cálidos.


Su recorrido cada vez es más largo, ya que el desierto aumenta 5 kilómetros al año.


Esta gaviota se había alejado del grupo. No le apetecía seguir a las demás ni encontraba motivos para mantener el ritmo que le imponían. No sentía la necesidad de formar parte de la bandada. No luchaba para que las otras gaviotas le hicieran caso ni pretendía imponer su criterio. No le apetecía volar más alto ni mejor que las demás. Tampoco quería encontrarse a sí misma porque no sabía lo que significaba eso y no estaba meditando para alcanzar un estado mental superior. Solo quería estar un rato allí, nada más. Igual que yo.

En Tánger embarqué en un ferry para atravesar el Estrecho y llegué a casa sin problemas.



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