VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2001

Salí a mediados de enero con un Nissan Patrol, yo solo. Hacía tiempo que deseaba hacer un viaje transahariano en plan deportivo, disfruto conduciendo por el desierto. Una jornada desde Madrid hasta Algeciras, otra hasta Marrakech y el tercer día ya estaba en Dakhla. Ahora lo pienso y me parece excesivo. No hay gran cosa que contar sobre esos días. Curvas, rectas, paisajes, montañas, gasolineras y burros que se cruzaban de vez en cuando.

El gobierno marroquí no permite la libre circulación en muchos sitios del Sahara Occidental. Los 300 kilómetros que separan Dakhla de Guerguarat solo pueden hacerse los martes y viernes en convoy organizado por el ejército. Después de cumplimentar los trámites de salida en la policía, el ejército y la aduana de Dakhla, hice una visita a mi amigo Rubio, mecánico de profesión. Le dije que mirase los intermitentes del coche, ya que no funcionaban bien. Reparó la avería y nos despedimos. Pero algo hizo mal, ya que en el momento justo de salir el convoy, el coche se paró. Las baterías se habían descargado. El convoy partió sin mi. Afortunadamente, un francés rezagado me ayudó a arrancar con su Land Rover. En la siguiente parada, desmonté todo el trabajo que había hecho el mecánico. Me quedé sin intermitentes, pero las baterías volvieron a cargarse y pude continuar. La mecánica siempre ha sido un misterio para mí. Como con la informática, cuanto menos toque mejor. Llegamos a Guerguarat y por si las baterías se descargaban otra vez durante la noche, dejé el coche en pendiente. Mi súper colchoneta hinchable fue el centro de atención de los demás componentes del convoy. Había mauritanos, alemanes, franceses, belgas, suizos, e italianos. Yo era el único español.

Al día siguiente el coche arrancó bién y ya no se volvió a estropear en todo el viaje.

En la pista que va desde Guerguerat hasta Nouadhibou. Antes, los gendarmes mauritanos formaban un convoy para atravesar esta zona de minas. Ahora ya no lo hacen y cada uno se tiene que buscar la vida como puede. No es fácil, ya que la pista tiene algunos tramos invadidos por dunas. Pero despacito y con calma, se llega. Lo importante es seguir la pista principal y no pisar una mina, claro.

Llegué a Nouadhibou y fui a casa de mi amigo Soufi, el guía. Me dijo su hijo que estaba de viaje. Como todavía era de día, tomé la pista de Nouakchott, con la intención de parar en cuanto anocheciese y dormir bajo las estrellas. No me gusta conducir de noche. A unos 12 kilómetros de Nouadhibou, en un puesto de control, un gendarme me pidió que le llevase hasta Nouakchott. Pensé que me daría conversación y me indicaría la mejor pista a seguir, pero a los diez minutos ya estaba roncando ruidosamente.

Atravesar el desierto de noche en solitario es una buena experiencia, ya que le da a uno la oportunidad de reflexionar. La luna brillaba intensamente. Apagué las luces y comprobé que veía bien. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. El suelo parecía hielo plateado. Me sentía libre circulando campo a través.

Continué hasta Ten-Alloul, a 240 km de Nouadhibou. Dormí en una especie de albergue que no me dejaron pagar, algo bastante raro en Mauritania. Supongo que influyó el hecho de llevar un gendarme. Había varios taxis de los que habitualmente transportan pasajeros entre Nouadhibou y Nouakchott. Toyotas pick-up que llevan de 10 a 15 personas en la caja, con todo su equipaje. Los conductores deben ser sin duda los mejores del mundo. Alguna vez he caído en la tentación de presumir de mis viajes delante de mis amigos de Madrid. Pero es ridículo alardear de 2 o 3 travesías transaharianas al año cuando hay gente que atraviesa el Sahara todos los días.

Al día siguiente atravesé una zona de dunas muy mala. Tuve suerte y la pasé sin problemas. Conducir por la arena es muy emocionante. No te puedes parar, ya que si lo haces, corres el riesgo de quedarte atascado. Tampoco puedes pisar las huellas de otros vehículos, ya que el coche se hunde. La arena se ablanda con el calor, por lo que lo mejor es atravesar las zonas más arenosas antes de que el sol empiece a calentar.

Recuerdo una vez en otro viaje atravesando el desierto argelino que, por llevar las ruedas demasiado hinchadas, quedé atrapado en un arenal. En pleno mes de agosto, a última hora de la tarde, hacía un calor de espanto. Todos mis esfuerzos por intentar sacar el coche, no hacían sino hundirlo más. Tuve que dejarlo así toda la noche. Al día siguiente, la arena estaba fría y dura. Arranqué y el coche salió del atasco a la primera. En ese momento creí que era un milagro, ya que había pasado toda la noche arrepintiéndome de mis pecados. Pensaba que de esa no salía.

Llegué al mar, esperé a que bajase la marea y conduje por la playa. Se veían grandes pelícanos y otras aves. Circular por la playa espantando pájaros suena bucólico, pero es bastante peligroso. No solo por los entrantes de agua imprevistos, las piedras bajo las algas y los amarres de los barcos, que se tensan cuando se mueve la embarcación. Si se estropea el coche y sube la marea, te puedes quedar sin él.

Divisé a lo lejos un camión. Van recogiendo pescado por toda la playa y lo transportan hasta la lonja de Nouakchott.

Llegué a Nouakchott y en el albergue La Rose me encontré a mi amigo Soufi, que estaba esperando a un grupo de viajeros para guiarles hasta Nouadhibou. Estuvimos toda la tarde charlando sobre viajes. Luego fuimos a un "ciber-te" y le enseñé la página del viaje transahariano de julio del 98, donde aparece una foto suya. Nos reimos mucho.

Al día siguiente me despedí de Soufi y me dirigí hacia el este, atravesando una zona de dunas llamada Trarza. Admiro a los ingenieros capaces de proyectar carreteras sobre las dunas y compadezco a los currantes que las construyen.

Dunas y más dunas, de todos los tamaños y colores. De vez en cuando, algo de vegetación. Después de Aleg la carretera se rompe tanto, que hay sitios en los que es mejor circular por la cuneta o por alguna pista paralela. Paré cerca de Sangrafa a pasar la noche bajo las estrellas.

Los mauritanos son muy altivos, no se molestan en resultar simpáticos. En un viaje me dió por llamarles "miluguillas", ya que aprovechan la mínima excusa para pedirte mil Ouguiyas, la moneda local. Te cobra la aduana al entrar en el país, te cobran por atravesar el Parque Nacional de Banc d'Arguin, aunque no veas una sola foca. Te cobran en el pueblo de Nouamghar solo por pasar, te cobran por hacer los trámites de salida del país. Pero al menos nos dejan entrar en su país.

La carretera estaba llena de baches.

Continué hacia el este, hacia el interior del continente africano. La gente me sonreía al pasar.

Atravesando una zona de montañas, talladas por el viento. La carretera a partir de Kiffa mejora. Llegué a Timbedgha de noche y busqué un rincón para dormir, a la entrada de la pista de Nara.

A la mañana siguiente temprano, dejé Timbedgha y me dirigí hacia Nara por una pista preciosa, sin duda la más bonita que he hecho en mi vida. Apenas un sendero.

Aquí es fácil perderse, yo lo hice un par de veces sin el mínimo esfuerzo. Pero con ayuda de la brújula, volvía a la pista principal.

El problema de esta pista es que hay bastantes pueblos diseminados y comunicados entre si por pequeños senderos. Es como una gran tela de araña. Hay que tomar siempre a la salida de cada pueblo el camino que va hacia el sur-este.

Este fue el mejor momento de todo el viaje. Un jinete me acompañó al galope durante un buén tramo. En una pequeña pendiente paré el motor, y el coche siguió desplazándose en silencio por inercia. Así pude escuchar el relinchar del caballo y sus pisadas, tracatá, tracatá. Cuando miro ésta foto, resuenan en mi cabeza los gritos del jinete. Por deformación profesional, me fijé en todos los detalles: la estupenda silla artesanal, la espada gastada en su empuñadura, las riendas de cuero, la ropa al viento. Tuve la tentación de pararle y comprárselo todo pero... hay cosas que están mejor en su sitio y no en una vitrina.

Hice una parada para descansar y me encontré con este pastor, que me pidió medicamentos. Me acordé de lo que le pasó a un amigo mío, le dió una caja de aspirinas a un anciano, que se las tragó todas de golpe. El pobre hombre estuvo a punto de morir y a mi amigo casi le linchan los hijos del viejo.

Un pastor mauritano.

Cuanto más iba hacia el sur, más oscura y amable era la gente. También cambiaba el paisaje, la vegetación y la construcción de las casas. Muros de adobe y techos de paja.

La madre, la hija y la abuela. Tres generaciones en una sola foto. No más de 30 años de diferencia entre la mayor y la pequeña. La presión demográfica es el principal recurso de los africanos para sobrevivir. Ante la alta mortalidad infantil y la falta de medicamentos, el aumento de la natalidad se presenta como la solución más lógica. En Europa, la natalidad es baja y la población es cada vez más vieja. Muchos jóvenes africanos emigran a países ricos y realizan trabajos que los locales rechazan, o están dispuestos a trabajar cobrando menos. Una vez cubiertas sus necesidades básicas, se empiezan a interesar por participar en las instituciones que rigen los destinos de la sociedad que les ha acogido. Se avecinan tiempos complicados.

Siempre es buena una visión de conjunto de vez en cuando y no fijarse solo en los detalles.

Un pueblo en la pista de Nara a Bamako, ya en Mali. El rebaño reposa bajo el árbol centenario.

Un niño maliense.

La pista de Nara a Bamako es un poco incómoda, ya que aunque parezca llana y recta, está llena de agujeros y ondulaciones que te hacen tocar las castañuelas con los dientes.

Una vez en Bamako pasé varios días de descanso con mis amigos los músicos para reponer fuerzas. Puedes escuchar algunas grabaciones que he realizado en www.djembes.org/mta.htm.

Después de un merecido descanso, me dediqué a recorrer Mali, Burkina Faso y Costa de Marfil comprando artesanía.

Durante esos días, me ocurrió algo curioso. Después de 14 años comerciando con arte africano, por fin he empezado a conocerlo. Antes de este viaje, yo no era más que un niño de los recados, porque compraba sólamente lo que me encargaban mis clientes o lo que veía en los libros. Pero he descubierto que las máscaras y tallas africanas hablan. En una ocasión, examinando piezas en la casa de un amigo de un pueblo del oeste de Costa de Marfil, una máscara Guere-wobe me habló, pero yo no me enteré. Continué el viaje y esa noche la máscara volvió a hablarme en sueños. Subconsciente, lo llaman. A la mañana siguiente regresé y la compré. Hice 300 kilómetros de más por culpa de esa máscara que no vendo ni a tiros, pero al menos ahora duermo tranquilo. Espero que algún día aparezca un cliente que también escuche lo mismo que me dijo la máscara y me la compre.

Empecé comerciando con djembés para pagarme los viajes y aprender percusión africana en Bobo Dioulasso, Burkina Faso. Luego me interesaron las máscaras, tallas y tapices. Un mundo apasionante y completamente diferente a todo lo que conocía sobre el arte.

Elijo cada pieza fijándome en todos sus detalles y la disfruto hasta que me toca venderla. Me fijo en su estética, su estado de conservación y su antigüedad. La apreciación de la belleza estética responde al gusto de cada uno y no creo que esté influida por la intención del artista que la creó. El estado de conservación es importante, influye en la estética. A veces una grieta estropea una pieza, otras veces las embellece. En cuanto a la antigüedad, es un tema delicado, sobre todo por sus repercusiones económicas y culturales. No soy un expoliador ni un asaltatumbas. Soy consciente, porque lo he visto con mis propios ojos, del daño que se ha hecho por ejemplo en el País Dogón sustituyendo puertas y postigos de madera primorosamente tallados por pedazos de metal. Pero eso se está corrigiendo. Ahora cada objeto debe pasar el filtro del museo nacional de su país de procedencia, que es el que expide el certificado de origen y el permiso de exportación, por lo que solo me llevo los objetos que dejan exportar.

Por otra parte, el hecho de que una pieza sea antigua, no significa necesariamente que sea valiosa. Hay piedras que llevan en el suelo millones de años y no tienen valor. El único argumento que me convence es el que me explicó mi amigo Amadou Camara, maestro de artesanos en Guinea Conakry. Tiene que ver con la cruel teoría de que solo sobreviven los más fuertes. "Una obra de arte bien hecha, ya sea ahora o hace 200 años, atrae, enamora, provoca una reacción en las personas sensibles, tiene vida. Todos queremos conservar lo que queremos". Esas piezas se conservan, se guardan, no se pierden ni se malvenden al primer prepotente que se presenta con su fajo de billetes.




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