VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2000


Nada más terminar el viaje transahariano de enero del 2000 empecé a planear el siguiente, en agosto del mismo año. Uno de los objetivos era sacar fotos con una cámara nueva. En vez de contar todo el viaje de principio a fin, comentaré únicamente las fotos. Si quiere leer el relato extenso del viaje escrito por mi compañero de viaje José Muñoz Ripoll, por favor pinche AQUÍ.

Salimos el 31 de julio mi cuñado Pepe y yo en un pequeño camión Mercedes. Aunque parezca mentira, el único sitio donde se calentó en todo el trayecto desde Madrid hasta Bamako fue Jaén. Hasta Mauritania fuimos por la costa atlántica y en África subsahariana era época de lluvias.

Nos dimos un paseo por Marrakech procurando conocer todos los sitios que pudiéramos, no solo los más turísticos.

Atravesamos el impresionante palmeral de Marrakech.

Pepe es un tipo genial. Este era el tercer viaje que hacíamos juntos.

Una sebkha de la que se extraía sal en el Sahara Occidental.

Una persona caminando por el desierto. En África  hay gente hasta en los lugares más inhóspitos. Sorprende lo duros que son, capaces de vivir con todo tipo de privaciones.


La carretera por el Sahara Occidental va paralela al litoral. De vez en cuando, un camino baja hasta algún poblado de pescadores. Las pateras regresaban de faenar. Algunos se arriesgan e intentan llegar hasta las Islas Canarias, en busca de una vida mejor. La travesía es muy peligrosa, aunque quedarse en tierra no es menos penoso.

Un barco encallado.

Este buque mercante estaba siendo desguazado.


Entramos para ver si podíamos pillar algo, pero ya se lo habían llevado todo.

El poblado de pescadores paracía diminuto comparado con los acantilados.

En Dakhla, antigua Villa Cisneros, sobreviven cientos de personas en chabolas. De vez en cuando pasan camiones del ejército marroquí repartiendo comida.

Un dentista de una barriada de Dakhla, a la puerta de su "consultorio". Muchas chabolas cuentan con antena parabólica.

Los chavales vinieron a saludarnos.

No suelo llevar vehículos caros para atravesar el desierto, cualquiera me vale. Ya me han robado un par de veces y no estoy dispuesto a arruinarme. Si se llevan algo, cuanto menos me haya costado, mejor. Disfruto tanto con un camión, como con un 4x4, un utilitario o una moto.

Esta foto me salió bastante bién. Antes tenía problemas para hacer retratos, ya que algunos africanos no se dejan fotografiar y se esconden cuando ven una cámara. Hasta que me compré un zoom...

Un vagón lleno de camellos sentados en el tren de Nouadhibou a Zouerat. Les esperaba un viaje de doce horas.

El tren minero que va desde Nouadhibou hasta las minas de hierro de Zouerat es uno de los más largos del mundo. Estábamos en la mitad y no veíamos ni el principio ni el final.

Tampoco oíamos el ruido de las máquinas, dos delante y dos detrás. Sólo chirridos. Montamos el camión en una plataforma. En cuanto arrancó el tren, el camión empezó a balancearse de una forma espantosa, y tuvimos que saltar a un vagón de carga vacío, el primero que se ve en la fotografía. El tren a veces iba muy despacio, pero en 10 horas sólo se paró una vez, y poco tiempo.

Si quiere oir el sonido del tren, por favor pinche AQUÍ.

Si quiere oir el sonido de un tren cruzándose con otro, por favor pinche AQUÍ.

Una caravana de camellos, en medio de una leve tormenta de arena. A la derecha se puede ver al conductor de la caravana.

Contemplando la caravana de camellos, recordé un reportaje de Alfonso Rojo publicado en enero del 83 en Diario 16. Relataba los diecisiete días que tardó en recorrer en camello los trescientos kilómetros que separan las salinas de Tchit, en Mauritania, del mercado de Nioro, en Mali. De regreso a Madrid, busqué el ejemplar del semanal, que guardo como un tesoro. Empezaba así: "Soplaba un viento cegador, cargado de arena, pero el viejo Radi seguía avanzando con una terquedad de hormiga, tirando de la cuerda hasta ensangrentar el hocico del camello, volviendo sobre sus pasos para rodear las dunas y remontando pendientes que sólo nos conducían al vacío. Atrás, sin concederse un solo respiro, Mohamed, Jiddu y el jóven Sidi, arreaban la treintena de animales agitando los brazos con furia y dando gritos que llegaban casi inaudibles hasta nosotros. Si un camello caía al suelo o se hincaba de rodillas abrumado por su peso, lo levantaban a palos. A veces el bicho era incapaz de incorporarse y entonces ellos metían el hombro bajo los sacos de sal, vaciándose de fuerza y de razón en el esfuerzo. Al filo del medio día, cuando el sol era tan sólo un círculo amarillento y mortecino en lo más alto de un cielo opaco y lechoso como no había visto en mi vida, Radi decidió detenerse. Los camellos se tumbaron apiñados, sin esperar siquiera a que los desembarazasen de la carga. No había un árbol, ni un seto, ni una roca en la que abrigarse. El viejo señaló un punto entre dos dunas donde el aire parecía milagrosamente en calma y allí, acurrucados bajo una manta, esperamos a que amainase el temporal."

Sencillamente épico.

El tren nos dejó en Choum, desde donde tomamos una pista hasta Atar.

En Nouakchott coincidimos con una inglesa de unos 50 años, que quería llegar hasta Nigeria con su Land Rover. Iba sola, y no vimos ningún inconveniente en acompañarla hasta Kayes, en Malí. Al entrar en Senegal, le dije que contratase un seguro especial para varios países de África occidental. No me hizo caso, y contrató otro solo para Senegal. Más barato, claro. Al llegar a Malí y cuando solo quedaban unos 100 kilómetros para llegar a Kayes, debió pensar que nuestra ayuda ya no le era necesaria y se fue sin despedirse. Pero en el primer control le dijeron que el seguro que había contratado en Senegal no era válido en Malí. Tenía que pagar una multa, o darse media vuelta. Prefirió darse media vuelta, y venir corriendo a contarnos su problema. Le sugerimos que cogiese carrerilla y se saltase el control por el morro. Nosotros, que teníamos todo en regla, la cubriríamos con el camión. En Malí normalmente los gendarmes no te siguen porque no tienen vehículos para seguirte. Pero éstos si lo tenían. La inglesa salió despendolada y el gendarme, como vió que no podía alcanzarla con su viejo Peugeot, nos paró a nosotros. Lógicamente llegó a la conclusión de que la habíamos ayudado a cometer una infracción, y nos tuvo un par de horas en el cuartelillo. ¿Se paró la señora unos kilómetros más allá a esperarnos, preocupada por nuestra suerte? No.

En África negra, el paisaje cambia radicalmente. Nada más cruzar el río Senegal, la tierra se cubre de verdor. Se ven multitud de poblados aislados de campesinos, agricultores y ganaderos. Son sencillos, amables y hospitalarios.

La madre y sus hijos me observan sonrientes mientras les hago una foto. El niño que lleva la madre a la espalda asoma su cabecita, no quiere perderse el espectáculo

Al llegar a cada poblado visitábamos primero a los ancianos, como manda la costumbre.

Algunos niños y mujeres se quedan en el poblado, mientras los demás van a trabajar al campo. Incluso en los sitios más recónditos, cada vez se ve indumentaria y utensilios más modernos. Camisetas con un "Ronaldo" en la espalda, y cacharros de plástico o metal chinos. Las personas mayores siguen prefiriendo los utensilios tradicionales. No faltan recipientes de barro a la entrada de cada casa, para conservar el agua y la leche fresca.

Los niños sentían la misma curiosidad por nosotros que nosotros por ellos.

No es de extrañar que el tema de la maternidad, la madre con su criatura en brazos, sea uno de los más repetidos en el arte africano. Muchos africanos viven con lo mínimo e imprescindible, son como ermitaños. No pierden el tiempo planteándose problemas cotidianos para los occidentales, como qué marca de coche elegir, y si fué o no penalty. Según lo que se ve reflejado en su arte, sus preocupaciones giran entorno al origen de la vida, los espíritus y los elementos básicos del universo.

Los graneros están construidos sobre piedras, para que no entren insectos ni la humedad estropee el grano. Algunas puertas y ventanas de madera están talladas con estupendos relieves.

África rural está repleta de poblados, comunicados por pequeños senderos. A quien le guste la aventura auténtica, le recomiendo que recorra estos senderos a pié, en bicicleta, moto o coche. Una semana perdido por estas tierras no se olvida en la vida.

Actualmente muchas de las telas con las que los africanos confeccionan su ropa, vienen de oriente y Europa. La primitiva vestimenta de rafia dejó de utilizarse cuando los árabes introdujeron el algodón, que está siendo sustituido por materiales más cómodos y resistentes. Llama la atención la hospitalidad de los africanos, sobre todo en el campo. Comparten lo poco que tienen, aunque solo sea un vasito de té.

No es fácil hacer primeros planos de los africanos. Aunque parezca broma, antes me salían todas las fotos oscuras. Hasta que aprendí a utilizar correctamente el flash.

Para ir de Kayes a Bamako montamos el camión en un tren de mercancías. En la estación unos porteadores descargaban un vagón mientras una pobre demente se paseaba cubierta con harapos. Al no existir manicomios, las personas con problemas mentales deambulan por las calles.

Al día siguiente tomamos un tren de pasajeros. El recorrido atraviesa zonas bellísimas. El que decidió establecer una frontera entre Senegal y Mali, no estuvo aquí. Uno puede recorrer cientos de kilómetros empezando en un país y acabando en el otro, viendo las mismas gentes, las mismas formas de vida, el mismo paisaje, y en ocasiones hablando el mismo idioma. Cuando Bob Marley y muchos otros hablaban de la unidad de los africanos, se basaban en hechos, no en sueños.

El viaje era agotador y Pepe soportaba el cansancio sin perder la sonrisa.

Un poblado que no aparece en el mapa, donde vive gente que no está inscrita en ningún registro.

Esta foto la tomé en el tren que va desde Kayes a Bamako, en Mali. El trayecto dura unas 12 horas, y recorre 510 kilómetros. Nos vendieron billetes con los mismos números que a otros y cuando llegamos a los asientos que nos correspondían, ya estaban cogidos, así es la vida. El tren iba abarrotado y hacía una parada en cada pueblo. Continuamente subían y bajaban pasajeros.

En cada estación una multitud de vendedores se paseaba delante del tren. Vendían sobre todo comida: fruta, huevos duros, agua fresca, carne asada, etc. También abanicos y palos de regaliz para limpiarse los dientes. Los pasajeros se pasaban todo el trayecto comiendo.

Había llovido y la vegetación estaba verde.


Otra foto tomada desde el tren.


Una vez en Bamako me dediqué a comprar artesanía, sobre todo instrumentos.

Llené el camión con los djembés que había encargado en un viaje anterior y adelanté dinero para encargar más djembés que recogería en el viaje siguiente, como solía hacer. Años más tarde el vendedor se cansó de trabajar y rompió el proceso quedándose con todo el dinero que le había adelantado, así es la vida.


Otros vendedores parecían tipos duros, pero resultaron ser mucho más honestos. No te puedes fiar de las apariencias.

Compraba todo lo que me gustaba, aunque con ésto no me atreví.

Una vez terminado mi trabajo regresé a España, echando de menos la amabilidad africana. En África todo el mundo te habla, te saluda, se interesa por tí, es otro estilo. ¡Hasta luego, señora!



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