VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2010

Unos días antes de salir hice lo más difícil de todo el viaje, pasar la ITV con el camión. Después de eso, ya nada podía detenerme. En el fondo deseaba que me tumbaran y tener una excusa para quedarme en casa. Al fin y al cabo yo también temo las amenazas de Ayman al-Zawahri, como cualquier otro ser humano.

Durante la inspección numerosas preguntas pugnaban por salir de mi cabeza: ¿Pero es que no ha visto usted el estado de la chapa? ¿Qué me dice de ese volante? ¿Acaso le parece que estos asientos puedan estar homologados? ¿No es cierto que varios defectos leves constituyen uno grave? ¿Qué significa esta pegatina verde?

Salí de Segovia a principios de enero dejando tras de mí una esposa preocupada, dos hijas despreocupadas, una mancha de aceite en el suelo y una estela de humo negro que me perseguiría hasta mi regreso.

Las cosas en África han cambiado mucho y ahora en cualquier sitio se puede comprar prácticamente de todo para sobrevivir, así que llevaba como únicas provisiones una botella de mojito Bacardí, turrón de chocolate crujiente Hacendado y jamón ibérico envasado al vacío, vituallas difíciles de encontrar en determinados países y por tanto más sabrosas si cabe que en España.

Dormí en Tetuán. Al día siguiente paré en un taller y escuché una canción de Gilberto Gil mientras me desmontaban la transmisión delantera, ya que durante este viaje no tenía previsto salirme del asfalto y me sobraba el 4x4.

Atravesé las hermosas montañas de Yebala, me incorporé a la autopista y conduje hasta que anocheció. Dormí en una tranquila área de servicio cerca de El Jadida mecido por el viento huracanado mientras una fuerte tormenta me limpiaba los cristales.

Al día siguiente tomé la carretera de la costa para evitar la pista de patinaje en la que se convierte el tramo entre Chichaoua y Agadir cuando llueve.

Entre Essaouira y Agadir las cabras se subían a los árboles para alimentarse.

Cené en un restaurante de Tiznit. El camping estaba completo, así que busqué un sitio tranquilo a las afueras para pasar la noche. Cuando estaba a punto de dormir se acercó un coche de policía y un amable agente me indicó que por motivos de seguridad tenían órdenes de concentrar a todos los viajeros en una explanada detrás del hotel Idou Tiznit. La amenaza de Al Qaeda contra occidentales abarca todo el Magreb, el lugar donde se pone el sol, y cada vez hay más sitios en el mundo donde el sol se pone.

Al día siguiente atrevesé los colores del puerto de Tizi-Mighert.

En Guelmim paré a hacer fotocopias de la hoja con los datos personales que suelo llevar para agilizar los trámites en los numerosos controles del Sahara Occidental y Mauritania.

Pasé por un pueblo llamado El-Abiar y continué sin darme cuenta de que la imagen de una casa se me había quedado incrustada en el subconsciente. Al cabo de media hora esa visión emergió suplicándome que no la abandonara, así que no tuve más remedio que dar media vuelta y regresé para fotografiarla.

Eso mismo me pasó durante el viaje en al menos veinte ocasiones más, como muestra irrefutable de que la búsqueda de nuevas formas de belleza estética más sutiles y menos evidentes que las convencionales me estaba haciendo perder el juicio, si es que alguna vez lo había tenido.

Al pasar por el río Chebeika me subí al acantilado para contemplar el paisaje. Los flamencos que vi en octubre habían desaparecido. Al otro lado de la desembocadura estaban preparando el terreno para construir un complejo turístico. Lo llaman desarrollo, aunque el auténtico progreso sería que los saharauis pudieran regresar a su tierra para vivir en paz y libertad, sin conflictos. Recordé las palabras del ghanés Kofi Annan:

La paz duradera es más que la intervención de los cascos azules en el campo. El mantenimiento efectivo de la paz exige una noción más amplia de la seguridad humana. No podemos estar seguros rodeados por el hambre, no podemos construir la paz sin aliviar la pobreza, no podemos construir la libertad sobre cimientos de injusticia.

Llené el depósito de gasoil en una de las tres gasolineras que hay pasada la desembocadura del oued ez Zehar, sitio a partir del cual el combustible es más barato.

Antes de llegar a Sidi Akhfennir me detuve en el acantilado para contemplar las olas que entraban por una enorme oquedad.

Luego atravesé el parque nacional Khnifiss con sus impresionantes dunas y contemplé la puesta de sol en la sebkha Tazra, que el mar había inundado.

Cené brochetas de pescado en el restaurante La Perla de Laâyoune y busqué sitio para dormir bajo unas confortables estrellas cerca de Foum el Oued. En el Sahara hay millones de estrellas, y todas diferentes. Celebré lo bien que iba el viaje con un mojito mientras escuchaba una canción de UB40. De esa forma si alguien venía a echarme como en Tiznit, tenía una buena excusa para no mover el camión.

Paré a unos 20 kilómetros de Boujdour para contemplar el paisaje. Aunque la playa era impresionante, mi vista solo se fijaba en un barco encallado. Antes había muchos más por toda la costa, pero poco a poco han sido desguazados y vendidos a los chinos. Lo que para unos es desecho, para otros es fuente de ingresos. La mayoría de la gente tira las latas de tomate vacías a la basura. En África muchos tenderos las reciclan para medir cantidades y los mendigos las utilizan para identificarse. Los retratos de latas de sopa Campbell que realizó Andy Warhol son iconos del arte pop. Lo que para unos es basura, para otros es arte. En mayo de 2006 una de esas obras fue vendida por 11.776.000 dólares. Lo que para unos es arte, para otros es riqueza.

Llegué al estuario Río de Oro por la tarde y estuve un par de horas esperando a que el sol se colocase en el sitio que yo quería. Después de tomar esta foto consideré satisfecho que aunque solo fuera por ese momento, todo el viaje había merecido la pena.

Cené un poco de carne a la brasa en El Argoub y continué hasta cabo Barbas.

Al día siguiente crucé la frontera con Mauritania. La salida de Marruecos fue rápida porque había pocos viajeros europeos, pero cuando estaba esperando para entrar en Mauritania apareció un numeroso grupo organizado de 4x4 saltándose la fila. En la cola de la policía conocí a un simpático gaditano que me invió a su casa de Kafountine, en Gambia. Algunos de los que viajaban en los 4x4 se impacientaron y nos dijeron que presionásemos a la policía para que se dieran prisa. Pensé que si viajaban para disfrutar de cada momento y desestresarse, les quedaba un largo camino.

Una vez finalizados los trámites avancé por la carretera hasta que las nubes enrojecieron y me detuve a dormir en un control de la gendarmería cercano a la gasolinera de Chami.

Subí a una duna para contemplar la puesta de sol y me entristecí pensando en la cantidad de fanáticos que hay en el mundo empeñados en expulsar, "limpiar" y "desinfectar" a otros seres humanos de lugares que ni siquiera les pertenecen. Cometen un error los que culpan a los occidentales de todos los males que ocurren en el tercer mundo y no se posicionan en contra de los yihadistas solo porque sean enemigos de sus enemigos. Mucha gente ignora que el principal objetivo de los ataques de los yihadistas es la mayoría musulmana que no comulga con su extremismo.

Los yihadistas no son simples bandoleros sino luchadores tremendamente motivados como los que derrotaron a la poderosa Unión Soviética en Afganistán y que llevan desde los años 80 del siglo pasado extendiéndose por el Sahel y el Magreb. Pretenden imponer sus ideas totalitarias y no pararán hasta conseguir sus objetivos o morir en el intento.

Vi acercarse una caravana de camellos y corrí hasta el pozo de Chami para interponerme en su camino. Los camellos son muy huidizos y estoy cansado de retratar sus traseros, ahora quería alguna foto de frente.

Al día siguiente me levanté al alba decidido a cumplir uno de los objetivos del viaje, subirme a todas las torres de comunicaciones que pudiera para fotografiar el desierto desde lo más alto posible. En muchos sitios de África la telefonía móvil es más económica, y los mauritanos han sembrado su país con antenas.

Llegué a Nouakchott y después de darme una ducha en el albergue Sahara fui a la embajada de Malí para solicitar el visado. Maiga se puso muy contento al verme. Desde los últimos secuestros había descendido considerablemente el número de viajeros y los ingresos de los funcionarios consulares dependen en parte de las tasas. Al contrario de la opinión mayoritaria en mi entorno familiar, en un exceso de optimismo y teniendo en cuenta que no me había visto esa misma mañana en lo alto de una torre haciendo fotos, consideró mi aparición como una señal de vuelta a la "normalidad". Quizás hubiera sido más lógico quedarme en casa, como hicieron todos los que al principio pensaban acompañarme.

Comí en el restaurante Pizza Lina y después de pasar por el mercado para cambiar francos CFA tomé la carretera hacia el sur.

A unos 150 km me desvié por una pista que salía a la derecha, recientemente construida para uso de los camiones que trabajan en la nueva conducción de agua del río Senegal que abastecerá Nouakchott y todas las poblaciones por donde pasa. En Keur Massene enlacé con la pista de Diama y vi las obras de una nueva carretera.

Dormí en el parque nacional de Diawling con la intención de fotografiar su fauna al día siguiente, pero no tuve suerte y solo conseguí retratar facoceros a la fuga mostrándome su lado menos atractivo. Otra vez será.

Al día siguiente entré en Senegal y avancé por una carretera bastante rota en algunos tramos hasta que se me hizo de noche en Ouro Sogui. Cené y dormí en el agradable Oasis du Fouta.

Al día siguiente crucé el río Falémé y entré en Malí por Diboli. En la carretera había al menos un centenar de camiones esperando su turno para hacer trámites de entrada o salida. Me apenó que la Unión Europea se haya gastado tantos millones en sustituir la antigua pista infernal por una estupenda carretera, y que ahora los transportistas tengan que soportar días y días de penoso papeleo. A lo largo de la carretera había surgido una larga fila de pequeños establecimientos que abastecían de todo a los resignados viajeros.

Atravesé Kayes y busqué un bonito bosque de baobabs. Elegí el grupo de árboles que más me gustó y esperé a que el sol se colocase exactamente en el lugar que yo quería para tomar esta hermosa foto.

Luego esperé tranquilamente en compañía de Norah Jones a que el cielo adquiriese el color que yo quería para fotografiar el baobab con ayuda del flash.

Avancé y pasado Sandaré busqué un claro en el bosque para pasar la noche. Aprovechando que no había luna ni nubes, monté la cámara en el trípode y enfoqué al firmamento para intentar hacer una de esas fotos de estrellas moviéndose. Mientras el obturador permanecía abierto me dispuse a comer sardinas con tomate enlatadas. Estaba cansado y no me apetecía buscar el abridor, así que utilicé el machete que tenía a mano. En ese momento apareció un Toyota pick up, se detuvo a unos 20 metros y apagó las luces. No tenía ganas de ver a nadie haciendo sus necesidades, así que encendí el frontal para que se percatara de mi presencia y lo dirigí hacia abajo para no deslumbrarle.

Mi rostro debió parecerle algo similar a un autoretrato que me hice hace dos años en plan experimento cuando pensaba que me iba a morir por culpa del paludismo. Sobrevivir en aquella ocasión supuso una grata e inesperada sorpresa.

Me incorporé con el machete manchado de tomate y la espalda un poco encorvada por el cansancio después de tantas horas conduciendo. En ese momento me sorprendió su actitud, pero ahora entiendo perfectamente que al verme en ese estado el coche diera marcha atrás a toda velocidad con las luces apagadas. Subió el talud y se incorporó al asfalto de un salto, como en las películas. Luego desapareció haciendo chirriar las ruedas.

Una auténtica metáfora sobre el encuentro entre civilizaciones.

El conductor de ese coche tenía tanto miedo que me lo contagió, así que recogí mis cosas a toda prisa y salí pitando en dirección contraria a la suya, no fuera que pensara que le estaba persiguiendo. Dormí en el centro del siguiente pueblo que encontré, entre somnolientos y pacíficos agricultores.

Al día siguiente llegué a Bamako e inmediatamente empecé a visitar los talleres de mis amigos artesanos, que se pusieron muy contentos al verme y me felicitaron por ser de los pocos que continuaban en el negocio a pesar de la crisis. En África he aprendido que, como en el boxeo, no gana el que más fuerte pega, sino el que más aguanta. La tenacidad es el principal recurso de los que carecemos de otras cualidades más sutiles.

Los denostados buscavidas que "persiguen" a los turistas son algunos de mis principales colaboradores. Me llevan a talleres nuevos, me dan pistas sobre el estado del mercado, me mantienen al corriente sobre las últimas visitas de otros comerciantes como yo, me ayudan a empaquetar, me orientan sobre los trámites administrativos, me presentan a marchantes que guardan sus mercancías en pequeños almacenes disemiados por toda la geografía que solo podría localizar sin ayuda por arte de magia y lo que es más importante, me abren las puertas de sus casas. Seguramente ayude el hecho de que los vea sin prejuicios como a seres humanos y no como a simples "falsos guías", como los llaman algunos. En ellos he encontrado más humanidad que en muchos de los que les critican.

Estando lejos de los míos aprovecho el día al máximo para regresar a casa cuanto antes y acabo cada jornada agotado, por lo que mi vida nocturna es prácticamente inexistente. Exceptuando los ineludibles conciertos de djembés en Les Bambous de Bobo-Diouilasso, casi nunca salgo por la noche. Quizás por eso no entiendo la desconfianza de algunos occidentales hacia las mujeres africanas. Las únicas que conozco son personas encantadoras. Algunos parecen ignorar que en África hay vida humana femenina más allá de discotecas y nigh clubs. Las mujeres africanas son el auténtico corazón de África.

Esta es mi pequeña contribución contra algunos de tantos estereotipos que considero injustos, una especie de tributo.

Uno de mis colaboradores me invitó a su casa y fotografié a su madre.

Después de unos días en Bamako me acerqué a Korhogó para ver cómo estaba la situación en Costa de Marfil, país que no visitaba desde agosto de 2002.


Nota al margen:

En realidad ya hice una pequeña incursión en julio de 2009, que el viejo pasó por alto en su relato por lo infortunada que resultó. En aquella ocasión fui desde Bobo-Dioulasso con mi amigo Moussa a la frontera de Niangoloko y antes de cruzarla pregunté a los policías burkinabes por la seguridad en la zona. Me respondieron con un tranquilizador "no hay problema...", seguido de un inquietante "...a nuestro nivel".

Entré en Costa de Marfil y si los rebeldes que me encontré en el primer control de Kaouara eran los luchadores por la libertad y defensores de los oprimidos que yo me había imaginado, lo disimulaban mucho. Había leído bastante sobre el conflicto y me había creado una imagen de los rebeldes que no se correspondía con la realidad.

Eran muy jóvenes, algunos casi niños. Parecían enjutos y demacrados a pesar de que no les faltaba comida, así que deduje que debían meterse al cuerpo algo más que alimentos. Un civil de mayor edad y por tanto de aspecto más enfermizo me ordenó parar solemnemente y después de escudriñar el camión me indicó con aspavientos que retrocediese un par de metros, supongo que para dejar patente su autoridad ante mí y ante sus compañeros.

Después de aparcar en el arcén nos acercamos Moussa y yo a la garita, en la que había media docena de rebeldes repanchingados fumando. Su aspecto me pareció tan lamentable que si me hubieran dicho que les acababa de estallar una granada, me lo habría creído. El humo del tabaco y sus aditivos me habría terminado de convencer.

Uno de ellos me dijo que debía pagar 5.000 francos CFA por un "laissez passer", documento habitual en las fronteras africanas. Asentí inmediatamente ya que deseaba salir de allí cuanto antes.

Mi falta de ánimo negociador fue interpretada como muestra de debilidad, y el que parecía más instruido empezó a escribirme una lista de tasas más larga que la de la compra.

Miré a Moussa, que sonreía beatíficamente, para que intercediera por mí. Cuando en su día le pregunté si era posible entrar en Costa de Marfil, me respondió que los problemas habían acabado. Le creí sin reparos porque él viajaba frecuentemente a Korhogó, su ciudad natal, para ver a su familia y a su novia. De hecho fue allí donde le conocí el año 2000. Le pregunté cómo era posible que entrara y saliera de un país en guerra como Pedro por su casa, y sonrió. Pensé que solo era una sonrisa tranquilizadora, pero en realidad era una respuesta. Su táctica consistía en sonreír.

Y funcionó, al menos en esa ocasión. Después de un rato sonriendo nos dejaron marchar sin coste añadido. Antes de irnos les pregunté si con ese "laissez passer" podría circular libremente, y la respuesta me resultó familiar: "No hay problema... a nuestro nivel".

Inocentemente pensé que tendríamos vía libre hasta Korhogó, pero al llegar al control de Ouangolodougou me di cuenta de que en comparación, el de Kaouara parecía de juguete. Empecé a ver vallas de acero coronadas por alambres de espino, defensas antitanque, soldados de verdad con índices en los gatillos de sus kalashnikov y gafas de sol reflectantes a través de las que no se podía ver su auténtica calidad humana.

Aparqué donde me indicaron. Entre varios registraron el camión y me sometieron a un interrogatorio. Inmediatamente descartaron mi versión de que fuera un simple comerciante de artesanía que venía a comprar objetos de la etnia Senufo, mayoritaria en Korhogó. Uno de ellos llegó a la conclusión de que éramos mercenarios, y otro pensó que había venido para vender mi camión.

Maldije mentalmente a los que juzgan a las personas solo por su aspecto, en clara contradicción con lo que acababa de hacer yo con los rebeldes del control de Kaouara. Deseé que mi camión se transformara en un dos caballos, anhelé por unos instantes el físico de Woody Allen y me arrepentí de haberme rapado el pelo de tal forma que efectivamente parecía un soldado de fortuna.

El que opinaba que yo había venido a Costa de Marfil para vender mi camión sin pagar las tasas de la aduana, institución desaparecida en la parte ocupada por los rebeldes para alegría y regocijo de la población, se apropió de la documentación y empezó a pedirme una comisión por adelantado. Fijándose solo en su aspecto externo y sin tener en cuenta las mejoras que le había hecho lo valoró en un precio ridículo, pero no consideré necesario sacarle de su error.

Moussa empezó a sonreír a lo bestia como solo él sabe hacer, empleándose a fondo, mostrando una descomunal sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa única en el mundo, una sonrisa tremenda. Sentí avergonzado que lo que ganaba conmigo era poco en relación con lo que merecía. Le habría pagado más.

Nunca había visto a un hombre sonreír tanto sin emitir sonidos ni soltar carcajadas que pudieran ser tomadas por burla, eso habría sido catastrófico.

Sonreía por él y por mí, que me encontraba demasiado ocupado en disimular mi miedo con estiramientos innecesarios, bostezos fingidos y falsas comprobaciones del estado de los neumáticos. Y eso que el que me pedía dinero llevaba un indescriptible abrigo de mujer de los años 70 con espumillón navideño alrededor del cuello que le daba un aspecto bastante cómico.

En ese momento, persiguiendo con la mirada a ese personaje que iba y venía con mi documentación, inmerso en un escenario post-bélico, contando como único apoyo con una hilera de dientes blancos, me pregunté qué demonios estaba haciendo yo allí, para qué se habían gastado mis padres tanto dinero en colegios, y me propuse denunciar a mis educadores por estafa en cuanto volviera a casa.

Fue uno de esos instantes en los que ves pasar los acontecimientos más decisivos de tu vida por delante a toda velocidad, y sentí vértigo. Me arrepentí de haber abandonado Económicas cuando al ritmo que llevaba solo me quedaban 10 o 12 años para terminar. Recordé la nimia excusa con la que me engañé a mí mismo para tomar una decisión tan lamentable, la visión del profesor de Macroeconomía al que yo había tomado por una deidad dominante de los mercados en el aparcamiento de la Autónoma intentando arrancar inútilmente un Renault 8 que se había quedado sin batería, y me arrepentí de no haber continuado con la carrera para acabar en un confortable despacho dirigiendo algo, lo que fuera.

Después de un par de horas allí tirados me acerqué al que tenía la documentación y fui a estrecharle la mano. Su educación le traicionó y mientras se cambiaba la carpeta de una mano a otra se la arrebaté suavemente, le dije que se nos estaba haciendo tarde, que se me habían quitado las ganas de ir a Korhogó y que deseaba darme la vuelta.

Moussa y yo subimos rápidamente al camión y emprendimos el camino de regreso a Burkina Faso. Lo que más lamento de todo es que su novia de Korhogó nos había preparado una cena de bienvenida que no pudimos degustar por culpa de mi miedo, lo siento.


Como dijo Tito Livio, el miedo siempre nos hace ver las cosas peores de lo que son. Aprendida la lección de julio me dispuse a intentarlo nuevamente, esforzándome por ver molinos en lugar de gigantes y aspas en lugar de brazos. Pensé que si me atrevía a preguntar en la FNAC por cds de los Bee Gees, también sería capaz de llegar hasta Korhogó.

Salí de Sikasso por la mañana y crucé la frontera de Zégoua entre Malí y Costa de Marfil. No pregunté por la seguridad porque ya sabía la respuesta.

En el primer control de Pogo un rebelde se subió al camión y me llevó ante sus jefes, que habían requisado las oficinas de una agencia de aduanas. No se habían molestado en cambiar ni los carteles ni el mobiliario. Incluso es probable que los rebeldes fueran antiguos transitarios. Como en El Gatopardo, había cambiado todo para que todo siguiera igual.

Me miraron de arriba abajo y después de decirles que iba a un funeral en Korhogó me dieron su visto bueno. Al fin y al cabo la muerte es lo único que afecta por igual a comerciantes, contrabandistas de camiones, mercenarios y rebeldes.

Eso no me libró de pagar las tasas en la siguiente parada del via crucis, una taquilla como las de los cines de pueblo antiguos. Además del "laissez passer" (5.000 francos CFA) me cobraron el ticket de aparcamiento (500 francos CFA), la tasa comunal (500 francos CFA) y la subida de la barrera (500 francos CFA). Las revoluciones son caras y alguien tiene que pagarlas. Unos con dinero, otros con sus vidas y la mayoría con sus tragedias cotidianas. Eso no impide que los ideólogos siempre acaben diciendo que todo ha sido "por el bien del pueblo".

Un rebelde me pidió que le llevase y accedí pensando que eso agilizaría el paso de los controles, pero a la entrada de Niéllé volvieron a exigirme 5.000 francos CFA. Mi pasajero protestó tímidamente porque dijo que tenía prisa y se ganó la reprimenda de una inmensa revolucionaria de cien kilos. Llegué a la conclusión de que los rebeldes no formaban un grupo demasiado cohesionado, sino que más bien cada uno velaba por sus intereses y se conformaban con no matarse mutuamente. Me llevó tres horas quitarle un cero a la cantidad que me pedían.

En controles sucesivos me fue mejor ya que en cuanto parábamos mi pasajero iba quejándose a todos los transeúntes que se detenían a escucharle por las tres horas que le había hecho perder en Niéllé. Además se corrió la voz de que llevaba gente gratis y los rebeldes subían y bajaban de mi camión como si fuera un autobús de línea. Si había por allí algún satélite de la CIA captando imágenes debieron incluir inmediatamente mi nombre en una lista de sospechosos de algo.

Llegué a Korhogó y me alojé en el confortable hotel Mont Korhogó, que afortunadamente no había cambiado nada. Al día siguiente empecé a recorrer la ciudad y sus alrededores. Fueron momentos felices de reencuentro con personas a las que no veía desde hacía ocho años, y tristes al conocer la suerte de otros que ya nunca más veré.

Después de algunas inolvidables jornadas agoté mi presupuesto y dediqué la última tarde a pasear por el mercado central. No me atrevía a hacer fotos, así que fui observándolo todo a cámara lenta mientras en mi cabeza sonaba una canción de Dire Straits.

Así, despacio, sin prisa, con detenimiento, fijándome en cada detalle, las imágenes iban almacenándose en mi memoria, y ahora pienso que, después de haber vencido al miedo, en ese momento me encontraba donde quería estar. Ni más, ni menos.

A la mañana siguiente tomé una foto furtiva del puesto donde solía desayunar antes de partir hacia Burkina Faso con los objetos que había comprado y un montón de buenos recuerdos. Me sentía como un niño que huía después de haber cometido una travesura.

Moussa, que gentilmente había venido desde Bobo Dioulasso para acompañarme, amenizó con su inestimable sonrisa el via crucis hasta la frontera. El trayecto fue más relajado que en la ocasión anterior ya que viajaba con los bolsillos vacíos, la mejor forma de que no te saquen el dinero.

Después de proveerme de fondos en una oficina de Western Union, estuve varios días recorriendo Burkina Faso. Quizás solo fuera impresión mía, pero en los mercados de Ouagadougou me sentía más relajado y animado a hacer fotos.

Habría sido imperdonable dejar pasar la oportunidad de inmortalizar a esta simpática burkinabe.

Regresé a Bobo Dioulasso un viernes por la mañana. Una gran multitud de personas rezaba alrededor de la gran mezquita. Estuve bastante tiempo paseando y tomando fotos. El subconsciente colectivo de la comunidad donde he nacido y crecido me ha transmitido una imagen de un Islam hostil y obsesionado con combatir al infiel que no se corresponde con la realidad que he visto en África. Nadie se molestó por mi presencia, no hubo gestos desaprobatorios ni insultos.

Incluso en otro viaje y en otra ciudad quise fotografiar el rezo alrededor de una mezquita desde lo alto de un edificio en construcción y pedí permiso a los obreros para subir. Al principio se negaron, pero el dueño estaba por allí y en cuanto se enteró de mi propósito vino para darme su autorización personal y regañó a sus trabajadores por no haberme dado facilidades.

Según me contó un salesiano español, el 11 de marzo de 2004 una minoría de imbéciles que celebraba en el mercado central de Bamako los atentados de Madrid fue abucheada por la mayoría.

En África hay más musulmanes que en todo Oriente Próximo. La cruel ley islámica Sharia que castiga el adulterio con la lapidación, que amputa el brazo de los que han robado, que condena a los homosexuales, que prohibe el consumo de alcohol y que persigue a las mujeres que desobedecen la autoridad de padres o maridos solo se aplica en algunas zonas de Nigeria, Somalia y Sudán, y es bastante cuestionada por gran parte de la población.

Hace años me movía por las ciudades en bicicleta, pero después de algunos sustos ahora utilizo taxis colectivos. En uno de ellos tuve la inmensa suerte de coincidir con la mujer más hermosa del mundo, y ya van unas cuantas. Le hice una foto para recordar que ya nunca más la veré.

En Les Bambous olvidé lo mal que me sienta la cerveza y unos pocos litros me dejaron fuera de juego durante un par de días. Aproveché para ponerme al día en internet sobre las últimas noticias.

Comprobé con tristeza que los buenos reporteros están despareciendo de los periódicos. Su lugar está siendo ocupado por polemistas sin conocimientos. Los editores publican sus opiniones no porque sean más o menos acertadas, sino porque generando polémica aumentan el número de lectores y de esa forma consiguen más anunciantes que les aportan beneficios. Cada vez se opina más y se informa menos.

En cuanto a los foros da igual lo que hagas o lo que digas, aunque sea con la mejor intención del mundo. Siempre habrá alguien que te critique, como en la fábula:

En cierta ocasión a un matrimonio montó a su hijo en un burro y salieron de viaje.

Al pasar por un pueblo la gente comentó: “Qué niño tan mal educado, va sentado cómodamente mientras el padre tira del burro y la madre tiene que caminar.”

La mujer lo oyó y le dijo a su esposo que ocupara el sitio del niño.

Pasaron por otro pueblo y la gente murmuró: “Menuda cara tiene ese tío, sentado mientras la mujer tira del burro y el niño tiene que andar".

El marido lo oyó y le dijo a su mujer que ocupara su sitio.

Al pasar por el siguiente pueblo, la gente se lamentó: "Pobre hombre, después de trabajar todo el día su mujer le hace tirar del burro mientras el hijo pasea tranquilamente".

Al oírlo se subieron los tres al burro y al pasar por el cuarto pueblo la gente se quejó: "¡Qué bestias, van a aplastar al burro!"

Decidieron bajarse los tres y caminar junto al burro, pero al pasar por el último pueblo la gente se mofó: “Qué tontos, van caminando y llevan al burro descargado".

Conclusión: haz lo que creas conveniente sin que te importe demasiado la opinión de los demás y esfuérzate por ver siempre el lado positivo de la realidad.

En el hotel Soba de Bobo-Dioulasso me llamó la atención una escalera que no llevaba a ningún sitio. Quizás el arquitecto la diseñó así para contemplar el cuadro desde otro punto de vista.

Una vez repuesto salí hacia el norte en dirección a la frontera de Faramana. De camino fotografié a dos hombres tirando de un carrito que transportaba la carrocería de un vehículo similar al mítico Dodge Monaco de los Blues Brothers. Si me hubiera limitado a describir la escena sin apoyo gráfico, habría corrido el riesgo de no ser tomado en serio.

Paré en Mpessoba para fotografiar su mezquita y las sombras de las cabezas de los niños que vinieron a darme la bienvenida. Recordé el impresionante trabajo del belga Sebastian Schutyser, que ha recorrido Malí varias veces fotografiando mezquitas. Viendo sus fotos me di cuenta de que cada una tiene su personalidad, no hay dos iguales.

Antes de llegar a Blá me encontré con un grupo de peregrinos.

En Ségou me encontré nuevamente con el Kankou Moussa, propiedad de la naviera Comanav, que tiene previsto adquirir otros barcos más modernos de fabricación china. Espero que eso no suponga su fin y pueda seguir navegando elegantemente por el Níger como hasta ahora.

En Fana fotografié un transporte público recién rotulado con una frase que me llamó la atención. Otras que he tenido ocasión de leer en la parte trasera de algunos camiones son:

TOUT PASSE
QUI SAIT L'AVENIR
LAISSEZ-LES PARLER
NE M'APPROCHE PAS TROP PRÈS
LE RETARD N'EMPÊCHE PAS LA CHANCE
TU PEUX ÉCHAPPER À TOUS LES FAUVES, SAUF À CELUI QUI PORTE TON DESTIN

Después de unos días en Bamako emprendí el viaje de regreso a España.

Al llegar al cruce de Diéma me paré durante unos instantes y reflexioné sobre el camino a seguir. Al cabo de un rato pensé: "¿Quién me impide circular libremente? ¿Una pandilla de fanáticos asesinos o mi propio miedo? Mis antepasados lucharon en ocasiones entre ellos para que yo pudiera disfrutar de mi libertad. ¿Cómo sería mi vida si ellos no hubieran vencido su miedo?"

Por mi mente desfilaron imágenes de trenes repletos de trabajadores y estudiantes destruidos por bombas, y decidí enfilar hacia el norte dispuesto a atravesar Mauritania.

Entré en Mauritania por la frontera de Kobenni y paré en un pueblo cuyo largo nombre nunca he sido capaz de aprenderme para fotografiar el ganado que acudía a abrevar en sus pozos.

Pasado Ayoûn el Atroûs descansé a los pies de un macizo montañoso cuyas estrías me recordaron la piel de la elefante Nellie, que escapó de un circo después de romper sus cadenas.

Al atardecer me subí a una torre para contemplar la puesta de sol y enseguida se presentó lo que coloquialmente se conoce como "Er-Kobradó", figura ya clásica en la tipología mauritana que aparece siempre que se produce cualquier acto susceptible de ser interpretado como generador de una tasa, como montar una tienda de campaña en medio del desierto, fotografiar a alguien o subirse a un camello. Son personas amables y entre sus palabras de bienvenida suele figurar la expresión "miluguiyas".

Lo más económico es sustituir unilateralmente la tasa por un apretón de manos y una cordial conversación sobre cualquier tema.

Aprovechando que de todas formas intentaría cobrarme le hice una foto desde lo alto de la torre mientras esquivaba los excrementos de un cuervo que pretendía castigarme por haber invadido su territorio. Lo malo es que desde tanta distancia y con un gran angular parece un kleenex usado, pero juro que se trataba de un mauritano con su paracaídas tradicional tumbado en el suelo esperando pacientemente mi ineludible bajada para darme la bienvenida.

Recuperé el aliento perdido después de subir tantos escalones y a falta de unos walkman recurrí a mi memoria musical para reproducir mentalmente una canción de Farrokh Bommi Bulsara, el artista indio que mejor supo expresar la magia de su África natal en el lenguaje británico de la música universal.

Paré a pasar la noche cerca del puesto de control de Djoûk. Me subí a una peña para contemplar la inmensa llanura que se extendía detrás de las montañas iluminadas por las estrellas más brillantes que había visto en mi vida. La escena me pareció tan fantástica que decidí regresar al camión para ver en el ordenador otro capítulo de Desperate Housewives en versión original que llevo siempre con la excusa de aprender inglés y que utilizo para no perder el contacto con la realidad.

Un amable gendarme vino a preguntarme si necesitaba algo. Después de una breve conversación se quedó un rato contemplando las aventuras de la señora Solis, y comprobé una vez más lo parecidos que somos los hombres cuando tenemos ocasión de embobarnos con una Eva como la Longoria, aunque solo sea a través de la pantalla de un ordenador.

Unos días más tarde encontré otra torre sin vigilancia cerca de las dunas de Azefal y no pude resistir la tentación de subirme hasta lo más alto para ver el paisaje.

Continué hacia el norte y durante un descanso me puse unas peculiares botas que había comprado en una granja de cocodrilos por encargo de un amigo que pensaba disfrazarse de Cocodrilo Dundee en carnavales.

No quiero ni pensar en la cara que pondrían las empleadas de una gasolinera que hay a medio camino entre Algeciras y Segovia si me vieran con esas pintas. Muchas personas juzgan a los demás solo por la ropa que llevan. Desgraciadamente la estética cutreventurera solo parece ser apreciada por algunos adeptos incondicionales, y fuera de África es frecuentemente asociada con la del forajido más tirado.

Mi camión lleva un tacógrafo que me obliga a descansar cada cierto tiempo y la parada más larga suele coincidirme en esa gasolinera. En cierta ocasión me encontraba sentado a la sombra haciendo tiempo mientras repasaba las últimas fotos que había tomado con mis cámaras digitales, que junto con sus objetivos me han costado un ojo de la cara, cuando pasó una patrulla de la Guardia Civil. Uno de los agentes entró en el establecimiento y habló con la encargada, que señaló hacia donde yo estaba. Luego salió y me pidió amablemente la documentación. Me alegré de haber aprendido en África a llevarlo todo en regla.

Después regresó a la gasolinera para tomarse un café junto con su compañero y se les acercó la encargada, siendo más que previsible una conversación del tipo:

Agente: - Lo siento, está limpio. No podemos hacer nada.

Encargada: - Esa gente siempre se sale con la suya. Les encierran y a las dos horas ya están en la calle.

Espontáneo: - Mirad las cámaras que lleva, seguro que le ha dado el palo a un guiri.

Hasta que otro espontáneo disuelve la reunión con un "esto con Franco no pasaba".

En otra ocasión paré delante de un surtidor y como no era autoservicio estuve un buen rato esperando a que me sirvieran. Como no venía nadie llamé a un empleado, que sin moverse de su sitio me preguntó cómo pensaba pagar. Al principio pensé que se refería a que si pensaba pagar en metálico o con tarjeta, pero al ver que solo me lo preguntaba a mí, me di cuenta de que me estaba diciendo algo así como "pero como vas a llenar un depósito de 200 litros, ¡SI NO TIENES DINERO NI PA PANTALONES!"

Lo mejor fue la vez que regresaba de África con paludismo, una enfermedad parasitaria que transmiten los mosquitos anófeles y cuyos síntomas agudos pueden ser confundidos incluso por un médico con una mezcla entre el delirium tremens de los alcohólicos y el síndrome de abstinencia de los toxicómanos. En esa ocasión me acompañaba mi mujer, y no me resultó difícil adivinar alguno de los comentarios: "Mírala, pobre chica. ¡SE HA IDO A JUNTAR CON UN DROGATA!".

Por otra parte, en África algunos hippies que cometen el mismo error de juzgar a los demás por su indumentaria tienden a considerarme de los suyos. Yo agradezco la cortesía, pero nunca me atrevería a pertenecer a una comunidad que admitiese a personas como yo.

Atravesé Mauritania sin problemas. Sin duda la clave de que todo el viaje transcurriera con normalidad fue la visita que hice al dentista una semana antes de salir. Un dolor de muelas puede destruir el buen humor, que es la mejor ayuda del viajero para solventar las situaciones comprometidas. La imaginación está bien porque sirve para escapar de la realidad cuando se torna insoportable, pero el buen humor es la mejor forma de afrontarla.

Una vez en Marruecos, nada mejor para recargar las pilas después de la tensión acumulada por la travesía de Mauritania que un mojito en la playa a la luz de la luna acompañado por Rufus Thomas.

Pasé nuevamente por la playa cercana a Boujdour donde se encuentra el barco encallado y paré a fotografiar la puesta de sol. Al fin y al cabo, como le dije una vez a un señor que se enfadó conmigo porque le hice una foto, solo soy un turista con cámara y como tal mi misión en la vida consiste en capturar imágenes. Si renegase de mi condición y aspirase a ser algo más que un turista tendría que hacer dos horas de pesas al día, y entonces sería un cul-turista.



Otra foto.

Días más tarde llegué a Guelmin al atardecer y subí a la colina del cementerio para despedirme de la tierra africana roja de sangre vertida por tantas injusticias y desearle a la ciudad que no llorase.

Una vez en casa descargué lo que había traído en mi almacén, que se conviertió durante unos días en la cámara de descompresión que utilizo para reinsertarme al mundo real después de convivir durante un viaje tan largo con objetos cargados de magia.

Aquí termina otro relato, que seguramente solo sirva para distraer a mis sobrinos de sus obligaciones.

¡A ESTUDIAR, VAGOS!




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