VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2005

Salimos el 26 de diciembre varios amigos de Salamanca, Murcia, Albacete, Granada, Ciudad Real y Madrid. El viaje se desarrolló con normalidad hasta Nouadhibou, donde alguien me robó la cámara de fotos mientras compraba agua en un supermercado. Por eso este relato solo tendrá texto. Visitamos Cabo Blanco, el parque nacional Banc d'Arguin y la lonja de Nouakchott. Continuamos por la Ruta de la Esperanza hasta Ayoun El Atroûs, entramos en Malí por Nioro, y después de Bamako dimos una vuelta por el País Lobí, en Burkina Faso.

En Bobo-Dioulasso el camión sufrió una pequeña avería. Mis compañeros de viaje querían regresar a Bamako al día siguiente en vehículos alquilados, así que nos despedimos esa noche con una gran cena en el restaurante l'Eau Vive. Reparé mi camión, y me dediqué a recorrer parte del país comprando artesanía. Cuando hube terminado, intenté atravesar la frontera de Burkina con Malí por Sikasso. Pero el jefe de la aduana maliense me pidió demasiado dinero por dejarme entrar con tanto equipaje. Después de 10 horas de infructuosas negociaciones, desistí. Me fui directamente a la frontera de Faramana, con la esperanza de tener más suerte. Esa decisión me llevó a vivir una de esas experiencias que te desaniman no solo a seguir viajando por África, sino incluso a salir de casa. Pero con el paso del tiempo y después de ver lo que ocurre en el mundo, uno se da cuenta de que no ha sido para tanto.

Llegué a la frontera de Faramana al día siguiente temprano, a eso de las 8 de la mañana. En el primer control de policía maliense, un agente me pidió que llevase en mi camión hasta Bamako a un joven francés de 16 años llamado Michel. Aseguraba haber sido víctima de un robo después del último puesto fronterizo burkinabe. No tenía dinero ni documentación. El policía le entregó un salvoconducto escrito de su puño y letra para llegar hasta Bamako. Durante una parada que hicimos para desayunar en el primer restaurante que encontramos, me di cuenta de que su comportamiento era bastante raro. Lo achaqué al robo y a su juventud. Parecía nervioso y triste. Me pareció un niño desvalido, que después de haber encontrado las aventuras que tanto ansiaba, descubre que no le gustan. La descripción adecuada sería "desesperado", pero eso solo pude saberlo tiempo después.

Cuando le conté mi plan de viaje, me pidió que le llevase en mi camión hasta Madrid. Le dije que sin pasaporte no era posible. Durante la comida me dio abundantes y a menudo contradictorias razones para acompañarme: tardarían mucho en expedirle un pasaporte provisional, después del 11-S le daba miedo volar, su padre estaba enfermo y debía regresar a Francia rápidamente porque quería verle antes de que se muriese, era huérfano y nadie le ayudaría, quería conocer Mauritania, estaba cansado de África, yo le había caído muy bien, etc. La última bola me gustó, pero con ella solo demostró ser un gran manipulador. Era un trolero compulsivo, aunque yo no sabía porqué mentía. De todas formas no tenía la menor intención de atravesar África Occidental con un menor, como si fuéramos Batman y Robin.

Antes de llegar a Bamako, se puso de rodillas en su asiento y comenzó a santiguarse. Mi primera reacción fue partirme de risa, porque creía que estaba haciendo teatro. Luego vi sus abundantes lágrimas, y pensé que estaba algo desequilibrado. Amenazaba con cortarse las venas y tirarse del camión en marcha. Empecé a preocuparme. Aunque mi camión es demasiado lento como para matarse abandonándolo en marcha, podría romperse algo. Le dije que iríamos directamente a su embajada para que se ocupasen de su repatriación. Su principal temor era que le devolviesen a Burkina Faso. Sospeché que habría hecho algo malo en ese país. Más tarde, el gendarme que estaba de guardia en la embajada francesa cuando llegamos, me lo confirmó: lo estaban buscando, aunque no me dijo el motivo.

Durante los días siguientes me olvidé del tema, y me dediqué a preparar el viaje de regreso a España. Debía empaquetar bien la mercancía que había comprado, si quería que no se rompiese durante el camino por la incómoda tôle ondulée de las pistas. La primera etapa me llevó hasta Diéma. Al día siguiente llegué temprano a Nioro. Después de tramitar mi salida en la aduana y en la policía, tomé la carretera de reciente construcción hacia el norte. La única que hay actualmente.

A la salida de Nioro paré en la cuneta y me hice un bocadillo con quesitos "La vache qui rit". Proseguí el viaje conduciendo mientras me lo comía, y cuando llevaba hechos unos cuantos kilómetros, vi por el retrovisor un Toyota pick up de la policía que me adelantó a toda velocidad. En la parte trasera iba el policía que me había puesto en el pasaporte el sello de salida. Me apuntaba con su kalashnikov y me indicaba que me detuviese, cosa que hice casi de inmediato por la citada velocidad punta de mi troncomóvil.

Los ocupantes del Toyota se plantaron delante del camión y comenzaron a gritarme que bajase inmediatamente. Yo tenía parte del bocadillo a medio masticar, y el resto en la mano. La cerradura de mi puerta estaba rota, y la manilla en la guantera. Como había uno que parecía estar especialmente animado a dispararme si le daba la mínima oportunidad, no lo pensé dos veces y salí por la ventana. No había tiempo para terminar de masticar, explicarles en un francés de dudosa comprensión el problema mecánico de la puerta, buscar la manilla, colocarla en su sitio, abrir la puerta y bajar del camión normalmente. Les pregunté porqué me trataban así, pero no me contestaron. Después de deliberar entre ellos y de ver el extraño sistema de cambio de marchas de mi camión, que no tiene nada que ver con cualquier cosa medianamente normal, me dijeron que condujese hasta la comisaría de policía. Hicimos ese trayecto con el maldito kalashnikov apuntándome a la cabeza.

Pretendían que metiera el camión en el recinto donde se encontraba la comisaría, pero no cabía y lo dejaron fuera. Me metieron en una habitación y comenzaron a interrogarme. Supuse que se trataba de un malentendido, y sus primeras preguntas no hicieron sino corroborarlo: que dónde estaban los otros pasaportes, que cual era mi nombre auténtico, que dónde estaban las armas.

Pronto vino el comisario Sidibe, algo más listo que los demás, y comenzó a interrogarme de forma menos cinematográfica. Me preguntó por las veces que había estado en Malí, y lo que había hecho durante mis viajes. Se da la circunstancia de que he escrito un relato de cada uno de los últimos viajes y me acuerdo bastante de los primeros, que nunca se olvidan. Así que al cabo de 3 horas narrando batallitas, el comisario Sidibe había rellenado ya 20 folios. Yo no sabía porqué me habían detenido, y le respondía verazmente a todo lo que me preguntaba. No tenía ningún motivo para faltar a la verdad.

Mentir bien requiere tener una memoria prodigiosa y mucha imaginación. De lo contrario, se incurre en contradicciones, y al final te pillan seguro. Es más sencillo decir la verdad. Además yo no soy un delincuente, y el único problema que he tenido en mi vida con la justicia fue por haber confiado a otro la "difícil" tarea de dar de baja en Tráfico un viejo Peugeot que terminó sus días en África.

En estos casos creo que no se debe presumir de supuestas influencias en las altas esferas aunque se tengan, ya que podrías dar el nombre de un enemigo o de alguien caído en desgracia, y meter la pata irremediablemente. Intimidar gratuitamente con represalias del tipo "te vas a enterar de quién soy yo" es la peor de las tácticas, porque la amenaza genera miedo en el contrincante, y ese miedo puede llevarle a perjudicarte más todavía con tal de salvar el pellejo. Lo mejor es no hacer nada.

En un momento dado del interrogatorio y después de haberle contado al comisario Sidibe todas las venturas y desventuras que he vivido en África, estrelló el bolígrafo que yo le había dejado para redactar su informe contra la mesa, entrelazó las manos, y me preguntó como quien está harto de algo, si yo conocía a un tal Michel Nosequé. Por fin comprendí el origen del problema: Michel. Le conté que había llevado al joven francés en mi camión desde la frontera entre Burkina Faso y Malí hasta la embajada francesa porque me lo había pedido un policía maliense, que la última vez que vi a Michel estaba en compañía del gendarme francés de la embajada, y que no sabía nada más. A partir de ahí empezamos a hablar de lo que nos espera en el más allá, y otros temas filosóficos.

Pensé que solucionado el malentendido, me dejarían marchar. Ni siquiera aspiraba a que nadie se disculpase. Solo quería continuar mi viaje. Pero ahora el problema no era Michel, sino un fax mal redactado por alguien en la Dirección General de la Policía de Bamako y enviado a todas las comisarías del país, que decía algo así como: "Detengan a un peligroso delincuente que se ha fugado de la cárcel de Ouagadougou, y viaja en un camión con matrícula tal. Está armado y es probable que oponga resistencia. Ha cometido numerosos delitos tanto en Francia como en Burkina Faso." Supongo que alguien vio a Michel en mi camión e informó a algún agente. El agente se lo comunicó a su jefe, éste a su superior, y así hasta que alguien que debía tener prisa y ningún interés en contrastar la información, escribió el dichoso fax. Una vez solucionado el problema de Michel, nadie se había preocupado de enviar otro fax a las comisarías para comunicar que el ocupante del camión matrícula tal, solo era una persona normal y corriente.

Era domingo, y empecé a temer que no me soltarían hasta recibir la orden desde Bamako al día siguiente. Los policías eran tan ineptos que ni siquiera me habían registrado la riñonera, donde llevaba el teléfono móvil. Si hubiera sido el peligroso delincuente que ellos suponían al principio, seguramente habría tenido allí escondida una pistola, y me habría liado a tiros con el primero que se hubiera atrevido a llevarme la contraria. Llamé a mi hermano Antonio, que telefoneó al gendarme francés que se había hecho cargo de Michel. Al cabo de un rato recibí una amable llamada suya disculpándose por el malentendido. Me dijo que no podría hablar con la Dirección General de la Policía en Bamako hasta el día siguiente.

Efectivamente, mis temores resultaron ser fundados. Era ya de noche cerrada, y el comisario Sidibe había desaparecido. De los cuatro funcionarios que me habían detenido empleándose a fondo como quien se enfrenta a Bin Laden, había uno que parecía seguir creyendo que yo era un peligroso delincuente. El mismo que no había dejado de apuntarme con el condenado kalashnikov desde el momento de la detención hasta que vino el comisario Sidibe. Se le veía desilusionado y rencoroso, debía pensar que yo le había arrebatado la medalla que tan heroicamente merecía. Fue al único que insulté cuando me dijeron que tendría que pasar la noche en el calabozo.

Lo que más me fastidió es que me obligasen a entregarles mi dinero, aunque me prometieran que me lo devolverían al día siguiente. No me importa demasiado ser víctima de un malentendido, pero odio que me toquen el dinero. Yo iba a perder solo una noche en un viaje de 11 días, pero el comisario Sidibe, con su escaqueo, demostró que no tenía ninguna necesidad de ganarse un amigo en España, y me libró de hacerle un buen regalo en el viaje siguiente en forma de teléfono móvil o algo parecido. Allá él. Conseguí que me dejasen meter en la celda una colchoneta, el saco de dormir y el teléfono. Y si la hubiera tenido, también la PlayStation.

Pasé la noche pensando en el pobre Michel. ¿Qué habría hecho? Si me hubiera dicho la verdad desde el principio, quizás habría caído en la tentación de ayudarle a escapar. Por su aspecto, parecía más un niño desamparado que un peligroso criminal. Como buen aficionado al cine y después de buscar personajes de ficción que se le pudieran parecer, ahora su rostro se confunde en mi mente con el de Paul Newman interpretando a Luke Jackson en "La Leyenda del Indomable". Yo podría haber sido el tosco y bonachón George Kennedy, que por cierto ganó por su interpretación en esa película el Oscar al mejor actor secundario. Quién no ha soñado en algún momento de su vida con ayudar en su huida al doctor Richard Kimble, injustamente acusado del asesinato de su mujer en "El Fugitivo". Michel era la antítesis de Manny, el recluso interpretado por Jon Voight que, en compañía de su compañero Buck, escapaba de una cárcel de alta seguridad en Alaska y prefería mandar a todos sus amigos al infierno en tren, antes de volver a prisión en "El Tren del Infierno".

Michel era el auténtico protagonista de una historia que desconozco, en la que me había tocado el papel de secundario cómico.

Al día siguiente me llevaron en presencia del comisario Sidibe. Después de echarle la culpa de todo a la Interpol, me dio una palmadita en la espalda y me deseó buen viaje. Antes de irme, le pregunté si el famoso fax habría llegado también a las comisarías de Mauritania, a lo que contestaron todos los allí presentes con una sonora carcajada, después de algunos segundos de reflexivo silencio. Un final como el de la genial película de Stanley Kramer "Este mundo está loco, loco, loco."

Si quiere leer algunos pensamientos que se me ocurrieron durante el resto del viaje, que transcurrió sin incidentes, en relación a mis pocas pero inolvidables experiencias en África, por favor pinche AQUÍ.

Transportar los bultos sobre la cabeza es lo más importante que he aprendido en África. Lo hago siempre que puedo. Lo segundo más importante es que el objetivo principal solo puede ser alcanzado si se renuncia a los objetivos secundarios. Es el único sitio donde la guerra se gana perdiendo batallas. Si uno pretende cumplir a rajatabla las etapas programadas, regatear los precios de cualquier cosa que compre y salirse con la suya, defender sus derechos ante posibles atropellos e injusticias, lo más probable es que acabe quemado. A diferencia de cuando era más joven, ahora prefiero viajar más relajado. Ya no me importa pagar un poco más que los locales en albergues o restaurantes. No me sulfuro cada vez que me para un policía o gendarme para sacarme dinero, lo cual no quiere decir que se lo vaya a dar. Como dice un viejo proverbio chino, el junco es flexible y soporta cualquier tempestad, mientras que el roble sucumbe ante el huracán. O algo así. Y si no lo dicen los chinos, lo digo yo.




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