VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2002

El desierto se puede atravesar de muchas formas diferentes que van desde lo más fácil, caso del avión comercial, a lo más difícil, que sería por ejemplo en solitario con un Citroën dos caballos. El vehículo que se lleve influye mucho en el grado de emoción que se le quiera dar al viaje. Para esta ocasión elegí algo intermedio tirando a complicadillo: un camión y una furgoneta, a la que pronto empezamos a referirnos cariñosamente como la fregoneéeta.

No soy capaz de encontrar en castellano palabras que se ajusten a lo que quiero relatar, por eso me he inventado tres expresiones: fregoneting, cutreventura y turismo tallerístico.

Fregoneting es el arte de atravesar el desierto con una furgoneta.

Cutreventura no es como pudiera suponerse una aventura cutre, sino una serie de experiencias vividas a lo largo de un viaje por zonas inhóspitas, con dificultades añadidas intencionadamente. No se trata de atarse un yunque al cuello, sino simplemente de cubrir lo imprescindible para sobrevivir (comida, alojamiento, ropa y transporte), evitar comodidades, no establecer un plan rígido ni un itinerario fijo, y decidir en cada momento lo que se debe hacer sin detenerse demasiado a pensar en lo que debería haberse hecho. Una road movie en la que cada uno es el protagonista. La falta de medios hace subir la adrenalina, despierta la imaginación y el ingenio. La cutreventura tiene su origen en los viajes que se realizan de la forma más precaria posible cuando no se tiene un duro, principalmente en la etapa de estudiante. Pero no es patrimonio de los más desfavorecidos, ni mucho menos. Hay muchas personas que, aún teniendo un nivel económico desahogado, se lo pasan mejor con una cutreventura que con un viaje seguro y cómodo.

Para más información, consulte el manual del cutreventurero.

El turismo tallerístico consite en ir de taller en taller cada vez que se estropea el vehículo. En los primeros viajes por África, antes de que el mecánico empezara su trabajo, me tiraba un buen rato regateando el precio. Pagar poco suponía en la mayor parte de los casos una reparación chapucera y poco fiable. Ahora me limito a explicarle al mecánico el problema, dejo que haga su trabajo de la mejor forma posible y le doy todo el tiempo que necesite. Aprovecho para aprender un poco de mecánica y juego al fútbol con los niños del barrio donde se encuentra el taller, generalmente humilde, que acuden en tropel a conocernos. Con eso consigo un resultado mucho mejor, que pago en función de las horas trabajadas y de los materiales empleados. Muchos europeos pagan auténticas miserias por las reparaciones y luego se gastan sin rechistar un pastón por un refresco en cualquier discoteca de moda.

Salimos de Madrid el 8 de enero cuatro personas en un flamante camión Mercedes 4x4 que me había comprado en Alemania y una vieja furgoneta madrileña. El viaje se desarrolló tranquilamente por Marruecos, practicando el citado turismo tallerístico con la furgoneta.

Parábamos a descansar en los sitios que más nos gustaban.

Un acantilado en el Sahara Occidental.

Sergio se subió una roca y se puso a cantar.

En Dakhla nos unimos al convoy para cruzar a Mauritania. El aduanero nos rondaba y tuvimos que escondernos donde pudimos.

Durante una parada vimos camellos en el horizonte.

En Nouadhibou, al norte de Mauritania, comenté a mis tres compañeros de viaje mientras cenábamos en el Hogar Canario que, a pesar de haber hecho todo lo posible por poner a punto ese montón de chatarra, me parecía más prudente montar los vehículos en el tren de Choum. Noté su desencanto y me impresionó su valentía al querer atravesar el desierto en esas condiciones. Por supuesto no sabían dónde se metían, casi mejor. Al día siguiente estuvimos todo el día con la furgoneta en un taller y por fin conseguimos solucionar el problema de la temperatura con un certero martillazo en el termómetro.

Fui a contratar un guía, pero me pidieron la astronómica suma de 210 euros por el trayecto entre Nouadhibou y Nouakchott. En el viaje anterior había tenido una movida con uno de ellos, así que no insistí mucho y decidí ir sin guía. Uno de mis compañeros tenía un gps y unas coordenadas bajadas de internet.

Nos metimos por una de las pistas que atraviesan el parque nacional Banc D'Arguin e hicimos unos cuantos kilómetros hasta que anocheció.

El que trazó las coordenadas debía llevar un buen todo terreno, porque había elegido pistas bastante arenosas. La furgoneta se atascaba de vez en cuando pero con el camión tirábamos de ella y la sacábamos rapidamente. Llevábamos una cuerda de 5 metros, un cable de 35 metros y una barra de acero de 3 metros por si la teníamos que remolcar.

Paramos al pie de una duna a dormir. Hacía bastante frío.

Al día siguiente me levanté temprano y me entretuve haciendo fotos de la duna con la luz del amanecer.


Poco a poco fuimos desmontando nuestro campamento.

Previendo que estaríamos varios días sin poder ducharnos, en Marruecos me había rapado el pelo. Además me dijeron que de esa forma saldría luego con más fuerza, pero han pasado varios meses y sigo esperando a que crezca.

Otra foto única e irrepetible de la duna.

Llegamos a una zona de arena blanda e isletas de piedras. La pista desapareció y mis compañeros se inquietaron. Mis parcas explicaciones no ayudaban a tranquilizarles. Yo nunca me atrevería a asegurar que conozco el desierto, eso sería una fanfarronada ridícula. Al contrario, cuanto más lo recorro, más me doy cuenta de lo inmenso, inabarcable y variado que es. Aparte de algunos pasos obligados que hacen de embudo, cada vez voy por sitios diferentes, lo cual hace más difícil su memorización. Mucha gente piensa que atravesar el desierto consiste en seguir una pista, pero eso solo ocurre en los mapas. En las zonas arenosas no se forman pistas y circular campo a través por el desierto sin saber exactamente adonde vas, es una experiencia inolvidable.

Cuando uno se pierde en una gran ciudad que no conoce, siente angustia. Pero sentirse perdido en el desierto es algo más que angustioso, es terrible. Ante una situación así, cada uno reacciona de forma diferente. En un extremo están los que dejan toda la responsabilidad en manos del que se supone que sabe más, y en otro extremo están los que prefieren fiarse solo de si mismos. Mis compañeros de viaje optaron por una fórmula intermedia, lo cual me descargó del peso de tomar yo solo todas las decisiones, además de proporcionarme interesantes ideas frescas.

La furgoneta demostró ser un vehículo poco apropiado para la arena. Debíamos deshinchar las ruedas cada vez que se quedaba atascada, e hincharlas después por temor a que se pincharan con las piedras. Llevábamos tres ruedas de repuesto y un par de cámaras por si acaso, pero no podíamos correr el riesgo de utilizarlas todas. Desatascar un vehículo no es un problema tan grave como quedarse sin ruedas. Dejar las ruedas con una presión intermedia lo he probado en algún viaje anterior pero no es buena solución, ya que en las zonas de mucha arena se sigue atascando y en las zonas duras se pincha fácilmente.

Nos detuvimos a comer cerca de una gran duna. Dos vehículos pararon cerca de nosotros, eran taxis del desierto.

Aproveché para fotografiar a mis compañeros de viaje Moncho, Sergio y Luis.

Ese día hicimos todos los kilómetros que pudimos y acampamos al caer la noche en medio de una inmensa planicie. Al día siguiente probamos a disminuir un poco más la presión de los neumáticos de la furgoneta y pinchamos dos veces. En las zonas de piedras debíamos ir muy despacio. Atravesamos una gran llanura, flanqueada a la izquierda por montañas y a la derecha por dunas. Había muchas rodadas pero ninguna pista.

Por fin llegamos al poblado pesquero de Arkeiss, en el cabo Tafarit. Nos dimos un baño en el mar y comimos dentro del camión, ya que hacía mucho viento.

Contratamos un guía para atravesar la zona más complicada de todo el viaje, donde se encuentran las famosas tres grandes dunas. Antes de llegar, la furgoneta se atascó en la arena. El guía me aseguró que no conseguiriamos llegar a Nouamghar con ese vehículo. Eso me sentó muy mal. En un viaje se puede perder todo menos la fe, que es lo más importante. Si uno cree que no lo va a conseguir, seguramente no lo consiga, porque encontrará en cada problema una excusa para desistir. Además, un viaje sin fe es un viaje sin ilusión, y un viaje sin ilusión no es un viaje, es un traslado o una mudanza.

Afortunadamente se equivocó. La furgoneta sacó una energía que debía tener acumulada en algún compartimento secreto y se transformó como un muñeco de dibujos animados japonés. Con tremendos rugidos aceleraba, saltaba, esquivaba arbustos e incluso volaba. Dejó atrás al camión y como un monstruo mitológico héroe de leyendas, venció a la triste y aburrida derrota. Nada podía pararla, tenía vida propia más allá de mis pies y de mis manos. Esa noche dormimos en Nouamghar, al borde del mar, y abrimos para celebrar nuestra buena suerte una botella de cava. A pesar de todas las dificultades, lo estábamos pasando muy bién.

Dejamos al guía en Nouamghar, esperamos a que bajara la marea y continuamos por la playa.

En cuanto se hizo de noche paramos a dormir.

Al día siguiente continuamos hacia Nouakchott. Los pescadores comenzaban su jornada de trabajo empujando sus embarcaciones hasta el mar.

La marea había bajado muy poco y la franja por la que se podía transitar entre el agua y la arena blanda apenas tenía tres metros. En ocasiones había que esperar a que se retirase la ola para pasar por entre las rocas. Aquí vemos a Luis demostrando sus habilidades al volante, mientras Moncho le indicaba el camino.

La salida de la playa a la altura del camping de Nouakchott fue bastante complicada y nos llevó un par de horas. El mar parecía tener un gigantesco imán con el que pretendía atrapar nuestros vehículos.

Después de asearnos, fuimos a la embajada de Mali para obtener los visados. Visitamos el mercado, hicimos algunas compras y tomamos la carretera que va hacia Nema. Cayó la noche y el trayecto se hizo bastante complicado por la peculiar forma que tienen los camioneros mauritanos para conducir. Acostumbran a acelerar cuando les estás adelantando, les gusta circular por en mitad de la calzada y utilizan sus potentes faros para iluminar el firmamento, algo muy molesto cuando te los encuentras de frente. Paramos a dormir después de Boutilimit.

Al día siguiente arreglamos un par de pinchazos en Aleg, comimos en Magta Lahjar y circulamos por una infernal carretera en obras hasta antes de llegar a Kiffa. Por el camino, un camión que venía de frente y que no tuvo la cortesía de disminuir su velocidad, arrojó una piedra contra el parabrisas de la furgoneta rompiéndolo en pedazos. No encontraríamos repuesto hasta Bamako.

Paramos a descansar cerca de Ayoûn el Atroûs.

Al atardecer llegamos a Timbedgha y cumplimentamos los trámites de salida de Mauritania. Llenamos los depósitos de combustible y los bidones de agua, disminuimos nuevamente la presión de los neumáticos y acampamos al inicio de la pista de Nara para enfilarla al día siguiente a primera hora.

Salimos temprano. La pista era estrecha y en algunos tramos Sergio tenía que esforzarse para esquivar los arbustos.

Cada vez que parábamos en un poblado la gente venía a vernos.

Todos eran muy amables.

Sentían la misma curiosidad por nosotros que nosotros por ellos.

Cuanto más al sur, más oscura era la piel de los escasos habitantes del Sahel.

Cuando nos íbamos de cada poblado, sus habitantes salían a despedirnos.

Durante una parada este señor se acercó a saludarnos.

Nos dijo que nos habíamos desviado de la pista principal, pero a esas alturas del viaje ya nos daba todo un poco igual.

A medida que avanzábamos hacia el sur, dejamos atrás poblados mauritanos y empezamos a ver asentamientos malienses.

 Anocheció y paramos cerca de un poblado Peul a dormir. Las mujeres molían grano.

Al final vinieron todos los niños a vernos y les hice esta foto.

Al día siguiente vimos que los graneros con planta circular y techo cónico estaban levantados sobre troncos para preservar el grano de la humedad. Las paredes eran de adobe, el techo de paja y las puertas de madera, con cerraduras artísticamente talladas.

Continuamos atravesando zonas de gran belleza. La vegetación cambiaba a medida que íbamos hacia el sur.

Llegamos a Nara. En la aduana, el funcionario de turno nos informó que no había bancos, tendríamos que cambiar moneda en el mercado negro, y nos presentó a un amiguete suyo que nos haría el favor de proporcionarnos francos CFA... a un precio demencial. Le dijimos que no, y como represalia nos obligó a pasar la noche en el patio de la aduana. Al dia siguiente tuve que visitar a varios comerciantes, hasta que encontré uno que me quiso cambiar. Era la primera vez que veían euros y desconfiaban un poco.

Nos duchamos en un albergue, cumplimentamos los trámites de entrada en Malí, reparamos un par de pinchazos, hinchamos las ruedas de los dos vehículos y salimos hacia el sur, pero a la altura de Mourdiah nos tragamos un enorme socavón y deformamos un par de llantas. Mientras nos las arreglaban fuimos a dar una vuelta al pueblo.

El herrero nos enseñó orgulloso su rudimentaria fragua.

Las mujeres utilizaban estos morteros para moler mijo.

Un pozo a las afueras de Mourdiah.

Una mujer venía del pozo llevando sobre la cabeza un pesado barreño metálico lleno de agua.

Tres mujeres llevaban sobre sus cabezas recipientes con ropa para lavar.


La reparación se alargó más de lo previsto y buscamos sitio para acampar.


A la mañana siguiente vinieron a despertarnos los niños de Mourdiah.

Salimos hacia el sur por una incómoda pista tremendamente bacheada y al atardeder llegamos a Bamako. Después de asearnos en el hotel Dakan, fuimos a la terraza del restaurante Relax y con una merecida cena celebramos haber conseguido llegar sanos y salvos a nuestro destino. Nos alegramos de haber sido capaces de convivir durante veinte días en armonía afrontando situaciones difíciles cuatro personas con caracteres tan diferentes.

Un par de días después nos separamos. Yo me dediqué a recorrer Mali, Burkina Faso y Costa de Marfil comprando artesanía. Después de casi dos meses y con el camión lleno de mercancía, comencé el camino de regreso. Me arrepentí de tamaña locura cuando ya era demasiado tarde. En cada frontera, los aduaneros me hacían bajar toda la mercancía para inspeccionarla y me pedían cantidades astronómicas que yo ya me había gastado en la artesanía.

Regresé por el mismo camino por donde había ido con mis tres compañeros de viaje, echándolos de menos. Me paré en un pueblo al norte de Mali para hacerle esta foto a un enorme y antiquísimo tambor.

En Nouakchott fui al camping de La Rose para buscar un guía que me acompañase hasta Nouadhibou. No encontré uno, sino tres, que parecían los tres Reyes Magos. La marea había bajado muy poco, no quise correr riesgos innecesarios, y fuimos por la pista del interior hasta Tiouilit. El resto del trayecto lo hicimos por la playa, hasta Nouamghar. Un empleado del Parque Nacional de Banc d'Arguin me llevó a su despacho, y me quiso cobrar el doble de la tarifa normal, consiguiendo ponerme de muy mal humor. En la bajada habíamos pagado cuatro personas la tarifa normal. Debió pensar que cobrar a una sola persona era poco dinero. Los mauritanos no pagan. Los guías no hicieron el menor intento por ayudarme.

Paramos a dormir antes de llegar a la zona de las tres grandes dunas. Al día siguiente, antes de arrancar, los guías se pusieron a discutir entre ellos sobre cual era el mejor camino a seguir. Sobre la marcha todavía no se habían puesto de acuerdo. Uno me gritaba que fuera por la derecha, y otro por la izquierda. El tercero se tuvo que poner en medio, para que no llegasen a las manos. Yo no hablo árabe, pero me daba la impresión de se estaban llamando de todo, y me partía de risa imaginándome los insultos: perro sarnoso, caca de camello, hijo de puerca, etc. Eso me hizo pensar que no había un solo trazado válido, sino varios.

El final de la discusión llegó cuando el camión se hundió hasta el parachoques en una zona de arena blanda. Eso me hizo pensar que los guías no son infalibles. Incluso para ellos es imposible conocer todo el desierto. Tardamos dos horas en sacarlo. Me agobié un poco porque pensé que tendría que sacar nuevamente toda la mercancía para aligerar peso y no hice ninguna foto, de lo cual me arrepiento ahora.

A unos 100 kilómetros antes de llegar a Nouadhibou, por una zona bastante complicada de arena y piedras, nos encontramos con un francés cincuentón que venía en dirección contraria. Viajaba con su mujer y su hijo en dos viejos Peugeot 505. Pensaban que se habían perdido y se pusieron muy contentos al vernos. No sabían que por allí no había pista y estaban como locos buscándola. Cuando me disponía a decírselo, uno de los guías le gritó delante de mis narices: "No te vamos a decir nada. Haber cogido un guía. Por ahorrarte 200 euros, ahora vas a perder tus vehículos y te vas a morir con su familia en medio del desierto". El francés se quedó estupefacto y se fue a discutir con los guías. Yo le dije a su hijo lo único que se me ocurrió: que deshinchasen las ruedas hasta un kilo y que siguieran las huellas del camión hacia el sur muy despacito para no pinchar y no perderse, hasta encontrar un taxi al que poder seguir, previo pago de una módica cantidad. Esos guías resultaron ser unos auténticos desalmados, me dieron ganas de echarles de mi camión a patadas.

Llegamos a Nouadhibou. Fui al camping Inal, que estaba cerrado. Me enteré de que se había suprimido el convoy y se podía circular libremente entre Dakhla y Guerguarat, donde los marroquís habían desplazado a sus funcionarios de aduana y policía, un paso más en su proceso de ocupación del Sahara Occidental. Al día siguiente me tocó nuevamente bajar y subir toda la mercancía del camión, tanto en el puesto fronterizo de salida de Mauritania como en el de entrada de Marruecos. La clavada fue de campeonato. De hecho, me dejaron con el dinero justo para llegar a Laayoune y sacar dinero del cajero con la tarjeta de crédito. Si hubiera tenido más, también me lo habrían quitado.

Último vistazo en este viaje a la antigua carretera que mandaron construir los españoles en el extremo inferior de la antigua provincia del Sahara Occidental. Ya solo quedan restos de asfalto y muchos baches.

Atravesé Marruecos de sur a norte, crucé el estrecho y me encontré la peor frontera de todas las que había atravesado, la española. Además de cobrarme un dineral, los funcionarios debieron pensar que nadie puede estar tan loco como para hacer lo que yo había hecho para transportar artesanía, y por eso se dedicaron a buscar con especial empeño sustancias prohibidas, echándome a sus perros y agujereándome con destornilladores la carrocería del camión. Con lo tranquilo que estaba yo en el desierto...




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