VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2014


Cuando embarqué en el ferry para cruzar el Estrecho de Gibraltar tuve la sensación de que iba de camino a casa.

Mi camino a casa pasaba por África, donde se encontraba el origen de todo.


Solo existe un único viaje transahariano desarrollado en diferentes etapas y con largos períodos de descanso. La única diferencia entre ellos es que mi percepción de la realidad varía de uno a otro.

La principal novedad de este viaje es que me he dado cuenta de que las cosas no son como yo pensaba. Las fotos no reflejan la realidad. No son exactamente un engaño, pero crean una realidad alternativa. Las fotos muestran evidencias que terminan eclipsando los recuerdos. Al final prevalece en la memoria solo lo que aparece en las fotos. Sensaciones como el miedo, la emoción, la curiosidad, el calor y el hambre son más importantes y sin embargo pasan a un segundo plano.

Antes cuando hacía una foto cometía el error de pensar que estaba capturando algo. En realidad la cámara me estaba capturando a mí. Se estaba apropiando de mis recuerdos para modificarlos y devolvérmelos como ella quería. Quizás sea mejor así, la realidad es demasiado subjetiva. Está compuesta por multitud de sensaciones difíciles de explicar e imposibles de entender para alguien que no esté dentro de la cabeza de otra persona.

Mientras los recuerdos se van difuminando, las imágenes permanecen nítidas. Los viajes sin fotos se van irrealizando y al final se pierden como lágrimas en la lluvia. Pero que nos quiten "lo bailao".

Pasé por la plaza de Jemaa el Fna para ver a la hermosa tatuadora que conocí en el viaje anterior, pero no la encontré. En su lugar tuve la experiencia más extraordinaria que haya vivido jamás, aunque no me enteré hasta el día siguiente.

Un grupo de personas rodeaba a un cuentacuentos que portaba un libro muy antiguo. Decía que un pastor lo había encontrado en una cueva del Atlas y pedía ayuda para averiguar el idioma en que estaba escrito. En cuanto vi que estaba forrado con piel humana y escrito con sangre supe que se trataba del Necronomicón. Estaba tan alucinado que no me di cuenta de que un vendedor de camaleones me había puesto uno de sus ejemplares sobre el hombro para gastarme una broma.

El cuentacuentos abrió el libro al azar y empezó a leer. Mientras pronunciaba las palabras "klaatu barada nikto", el camaleón confundió el lóbulo de mi oreja derecha con un gusano de seda y me mordió. La gente se rió y me fui avergonzado. Sin darle más importancia monté mi tienda de campaña en el camping y dormí plácidamente más de doce horas.

Al día siguiente entré en una pâtisserie para desayunar y mientras pedía un café con croissant y zumo de naranja noté que los camareros me miraban con curiosidad. Me estaba transformando en uno de ellos. Por lo visto el camaleón me había transmitido su capacidad para mimetizarse con el medio. En mi caso, con las personas. Corrí a un cibercafé para recabar información y leí que en los años 20 del siglo pasado a un norteamericano llamado Leonard Zelig le había ocurrido lo mismo. No había antídoto y los efectos podían durar un mes.

Continué mi viaje y durante unos días el fenómeno no se reprodujo porque evitaba a las personas y solo paraba donde no había nadie.


Al pasar por El Ouatia paré a contemplar el petrolero Silver, que encalló el 23 de diciembre.

Una empresa holandesa lo estaba intentando reflotar.

En una bonita cala cercana había una pequeña cascada.

No estaba preparado para convertirme en un camionero marroquí, así que circulé todo el rato por las pistas de los acantilados.


Recorrí cientos de kilómetros sin cruzarme con nadie.


En la costa hacía mucho viento y las noticias volaban. La gente se escondía donde podía al verme llegar porque pensaban que el fenómeno era contagioso.


Paré a descansar y me encontré con un pescador que no se había percatado de mi presencia.

Inmediatamente me senté a su lado y me puse a pescar. Después de capturar una dorada y un sargo pensé que quizás era hora de ver el lado positivo de la situación y busqué la forma de sacarle provecho a mi nueva condición.

Me despedí del pescador y decidí regresar a la civilización para arrimarme a algún político y llenarme los bolsillos de billetes.

Paré en un café de Sidi Akhfenir pero me dijeron que por allí solo había gente honrada y trabajadora.


Mientras hablaba con dos ancianos, me creció una barba canosa y me salieron arrugas.

Previendo la falta de abastecimiento por el accidente del petrolero, iba llenando el depósito de la furgoneta en todas las gasolineras que me encontraba. Los empleados me veían como a un colega, me sonreían y no me dejaban pagar. Bien por el camaleón.

Paré a contemplar la Sebkha Tazgha, en el parque nacional de Khnifiss.

En la frontera con Mauritania me fui transformando sucesivamente en gendarme, aduanero y policía mientras me iban abriendo las barreras. Fue extraño pero rápido. Ni me miraron el pasaporte.


Mi vehículo se convirtió en un camello y dormí en mi tienda de campaña, que se había transformado en una jaima. Al día siguiente me crucé con un pastor equipado con prismáticos y radiocasete. Estuvimos charlando sobre el estado de los pastos y al final de la conversación me sugirió que me modernizase. Manda huevos.


Un anciano me confundió con un primo lejano y me invitó a té.


Mi nuevo sobrino-nieto no las tenía todas consigo y me interrogó con preguntas embarazosas para pillarme.

El niño desconfiaba de mí y evitaba mirarme a los ojos.


Le conté el secreto a su hermana y se le pusieron los pelos de punta.


Me daba igual que me descubrieran; no pensaba irme de allí sin mis tres tés reglamentarios.

Los vasos me parecieron pequeños y al final me bebí cinco.


Mi visita estaba durando demasiado y ya no sabían cómo echar al tío gorrón. Me agarré a un poste para ver si me convertía en madera, pero no dio resultado. El embrujo solo funcionaba con las personas.

El más listo ideó un plan.


Me trajo al benjamín y comencé a transformarme en niño. Tuve que salir corriendo porque si continuaba menguando no conseguiría encaramarme al camello.


Me quedé en la etapa preadolescente.

Me costaba guardar el equilibrio y estuve varias veces a punto de caerme. Tuve que aprender a cabalgar de nuevo.


Fui a la lonja de Nouakchott para ganar altura y me convertí en un pescador.

Resultó ser una mala idea, me tuvieron toda la mañana empujando barcas.

Durante un descanso dos pescadores se interesaron por mi procedencia con la pregunta clásica: "¿y tú de quién eres?"

Añoré mi infancia y deseé volver a ser un niño, pero solo había uno en toda la playa y era demasiado pequeño. No me servía.


No me hizo falta transformarme en mujer para sentir la angustia de la esposa de un pescador que no veía regresar a su marido.

Probé a ser una gaviota y desde arriba presencié la lucha de los niños por sobrevivir.

Solo querían conseguir alimento para subsistir.

Aterricé porque estaba un poco suelto de la tripa y no tenía nada en contra de nadie.


En Boutilimit me divertí como un chaval jugando al futbolín.


Fui a un restaurante y mientras esperaba a que me sirvieran me transformé en un mauritano hambriento.

Las mujeres empezaron a mirarme con buenos ojos.

Aproveché para sacarle a la cocinera su secreto para preparar un marolaym tan rico.

También quise saber cómo es posible que las mauritanas soporten que sus maridos puedan casarse al mismo tiempo con otras dos mujeres más, pero ninguna explicación me convenció.


Todo el mundo está de acuerdo en que un buen padre debe proteger a su hija y procurarle lo mejor. La poligamia es natural para unos y una forma intolerable de dominación machista para otros. En estas circunstancias, el encuentro entre civilizaciones me pareció un diálogo de sordos. Consideré muy poco probable que alguien renunciase a sus principios por las buenas y dudé de que alguna de las partes consiguiera convencer a la otra de que su sistema era mejor.

En Aleg me invitaron a jugar y como niño sentí que todos éramos iguales. Pero al crecer me di cuenta del abismo que existía entre las distintas mentalidades y continué mi viaje entristecido. Ponerme en el lugar de otro solo me sirvió para constatar las diferencias.


Llegué a Ekamour como pastor de vacas siguiendo a mi rebaño. Como no tenía práctica, me llevaron donde quisieron. Di más vueltas que una peonza.


Al pasar delante de una jaima sus habitantes me invitaron a comer.


El hombre solo tenía una esposa. Me comentó con toda naturalidad que era la única mujer que amaba.


Continué mi viaje y en otra jaima me invitaron a compartir un cordero. Todos los mauritanos que me encontraba eran delgados y por mucho que comía no engordaba. Pensándolo bien, nunca he conocido un mauritano gordo.


El hijo mayor estaba orgulloso de serlo.


Bajo la atenta mirada de su esposa, el padre opinaba que casarse con varias mujeres no era obligatorio.


Paré en un pozo para abrevar a mi rebaño.


Me estaba ahorrando un pastón en gasoil. Los otros pastores me felicitaron.


En el centro de Guérou el aparcamiento era indistinguible del atasco. Todos los conductores pretendían tener preferencia y eran capaces de permanecer durante horas en el mismo sitio con tal de no ceder el paso.


A su alrededor los vendedores de comida les abastecían para que pudieran aguantar cuanto más tiempo mejor.


Un gendarme me mostró orgulloso un alijo de colchones que acababa de incautar. Iban hábilmente camuflados en el doble fondo de una furgoneta a la que dio el alto porque el conductor se ponía sobre dos ruedas cada vez que arrancaba y gritaba como un domador de caballos del lejano oeste.


En Hassi Ehl Ahmed Bechna visité a unos amigos con los que comparto la opinión de que la variedad de colores en la paleta y su acertada combinación, enriquece los cuadros. Como los buenos pintores.

Adopté un tono intermedio.

En la frontera de Malí cometí el error de mimetizarme con los viajeros africanos que venían de Europa con sus vehículos cargados de mercancías para vender y la aduana me bloqueó durante una semana hasta que pagué las tasas de importación. Mientras tanto, los turistas entraban y salían con un simple trámite de media hora.


En Diéma me tomé un refresco en el puesto de Hama Cissé alias Koza, Président Directeur Général, el hijo del norte, el mejor vendedor de carne. La calidad marca la diferencia. Le entregué 300 Francos CFA, pero me vio pinta de africano y solo me cobró 200. Los precios fluctuaban en función del color de la piel.


Me crucé con un grupo de nómadas que se dirigía al norte para huir de los meses secos que se avecinaban.


Hablamos de moda y me comentaron que ese año por el sur se llevaban las telas indias. Me preguntaron por las tendencias en el norte y les dije lo mismo: telas indias. Pero con marcas internacionales como Zara, Gap o Tommy Hilfiger, y mucho más caras.


Las mujeres Peul eran elegantes por naturaleza.


El sol se ocultó detrás de un baobab.


Aparecieron los chavales del pueblo.

Aprovechamos la última luz de la tarde para echar un partido de fútbol.


Un agricultor venía del campo de cultivo con su azada al hombro y me deseó buen viaje.


Al día siguiente pasé por la gare de Bamako y me integré en una cuadrilla de porteadores. Dos hermanos comerciantes tunecinos nos llevaron por varias ciudades comprando y vendiendo mercancías.

Acabé en Korhogó con la espalda destroza y tuve que abandonar. Bebí un tazón de café au lait para recuperar fuerzas.

Me ofrecí para echar una mano con el equipaje de otros comerciantes, pero solo conseguí que me dieran las gracias. Bien grandes y coloreadas, pero con eso no se podía comer.

Se había corrido la voz de que era un blandengue y las mujeres se reían de mí.

La fortuna me daba la espalda.

Mientras leía las ofertas de trabajo en los periódicos locales me encontré con mi amigo Moussa el artesano, que sonrió al verme. Corrí a darle la mano e inmediatamente adquirí su habilidad con la gubia.


Al final de la tarde ya había tallado un trono para un rey.

Por la noche estaba agotado y sediento. Pedí agua y me entendieron perfectamente sin necesidad de traducir.


Al día siguiente fui al mercado para abastecerme de vitaminas.


En la sección de moda y complementos triunfaban las mujeres hermosas.

Estaba tan absorto con la belleza que me rodeaba que me comí unas guindillas picantes pensando que eran pimientos rojos. Me ardió la lengua y me lloraron los ojos.


Tuve que comer veinte barras de pan para que se me pasara.

Me sentaron mal y fui al curandero. Pedí la vez en la sala de espera.

Mientras aguardaba mi turno me transformé en una paciente y escuché todas las dolencias reales o imaginarias de las demás, expresadas con exageración y grandes aspavientos. Cuando me tocó el turno me dio vergüenza contar solo lo del empacho de pan porque me pareció poca cosa, así que les expliqué la historia del camaleón. Después de un rato de embarazoso silencio me dijeron que lo que yo necesitaba era un milagro y me mandaron a la mezquita de Kaouara, en dirección a Niangolokó.

Cuando llegué no había nadie.

Después de un rato apareció el encargado y le conté el problema. Me dijo que esperara a la sombra de un árbol y se fue a buscar a los sabios del pueblo.

Mientras se sentaban a mi lado, mi camiseta creció hasta los tobillos y mis pantalones ensancharon. Mi gorra se convirtió en una taqiya y de mis manos surgió un tasbih, como era de esperar. Al ver mi transformación se pusieron muy contentos porque consideraron que el milagro ya se había producido. Nada puede hacer más feliz a un devoto musulmán que la conversión de un infiel. Por no aguarles la fiesta evité confesarles que en mi fuero interno seguía creyendo en Los Ángeles de Charlie, y me despedí apresuradamente antes de que a alguien se le ocurriese practicarme una circuncisión.

Empecé a correr. Sabía que tenía que buscar un sitio tranquilo y detenerme para reflexionar sobre lo que me estaba ocurriendo, pero continué corriendo mientras en mi mente surgían preguntas sin respuesta que me atormentaban sin piedad.

¿Quién era realmente yo? ¿un compendio de lo que he aprendido? ¿una media aritmética de las personas que me rodeaban? ¿mis reflexiones son genuinas, o me limito a reproducir pensamientos ajenos?

Si todo lo que soy se encuentra almacenado en mis neuronas, ¿qué me ocurrirá cuando se sequen? ¿se habrán secado ya y todavía no me he enterado?

Si mi cuerpo se nutre de lo que he comido y mi mente de lo que percibo, ¿cómo se expulsan las ideas negativas?

Atravesé bosques, montañas y campos de cultivo.

Fui a parar a un poblado lleno de graneros.

Me pregunté si podría moldear mi carácter juntándome con las personas a las que me quería parecer. Un señor me mostró su habilidad para proyectar sombras sobre la pared de un granero. Me pareció estupendo, pero no era la cualidad que necesitaba en ese momento.


Una mujer aventaba grano para separarlo de la paja. Quizás por ahí fueran los tiros. Debía aprender a diferenciar lo esencial de lo trivial.

Una anciana me animó a seguir comiéndome el coco.

Una mujer tejía un traje tradicional con cauris.

Sus hijas se estaban preparando para una ceremonia.

La pequeña iba a entrar a formar parte de la agrupación de mujeres del pueblo, una asociación a la que se accede después de practicar unos rituales ancestrales.

Llegué a una plantación de algodón y pensé que podría ser un buen sitio para conocer el origen de la música.

Me uní a los trabajadores y después de una dura jornada nos reunimos junto al algodón que habíamos recogido y cantamos otra canción que me invitaba a continuar mi búsqueda. Comprendí que ese tampoco era mi hogar y me dirigí hacia el norte, de camino a casa.


Una señora se puso muy contenta al verme y me alegró el día. Reflexioné sobre la influencia que cada uno puede tener sobre la felicidad de los que le rodean y me pregunté qué marca de dentífrico utilizaría.


Pasé por un lago y me hice pescador. Experimenté las dificultades del arte de la pesca con red. Debía mantener el equilibrio de pie sobre una frágil embarcación avanzando con una pértiga mientras sostenía una red con la otra mano. Comprendí quiénes eran los verdaderos artistas.


Me dirigí al mercado de Bobo Dioulasso para intentar vender mi exiguo botín, pero tenía tanta hambre que me comí todos los peces por el camino. Buscando otra fuente de ingresos me mimeticé rápidamente con los costureros, fue coser y cantar.


Por las expresiones de la gente me di cuenta de lo mal que cantaba y lo dejé.


Me acerqué al sector revolucionario porque me dijeron que daban alojamiento, trabajo y comida.


Pero las habitaciones eran muy pequeñas y estaban ocupadas.


Los brazos de una chica se mimetizaban con su vestido.

Un vendedor de calzado llevaba su mercancía en una carretilla.

Salí del mercado y me invitaron a un té.


Una niña surgió de la tierra y me dió un susto.


Sus hermanos se rieron de mí.


Pasé por la Gran Mezquita de Bobo Dioulasso. Unos señores me enseñaron sus plantas, debían ser botánicos.

En una calle cercana descubrí una tienda de discos. Me alegró no ser el único que seguía escuchando discos de vinilo.

Un anciano me animó a que siguiera valorando todo lo antiguo. Me contó que cuando era pequeño tenía padres y hermanos que le querían. Se casó y fue feliz. Tuvo hijos y los cuidó. Los hijos crecieron y abandonaron el hogar. Enviudó y perdió sus habilidades para trabajar. Cuando me despedí de él ya no me pareció un mendigo.

Quise mimetizarme con los ancianos, pero me faltó sabiduría. Me dijeron que eso solo se adquiere con la edad.

Busqué un garito para ahogar mis penas en alcohol.

Me dijeron que cortase el rollo y me animaron a que viera el lado positivo de la vida.


Salí a la calle y vi un grupo de personas delante de una casa. Estaban celebrando un bautizo y me invitaron a entrar. Acepté encantado porque tenía hambre, pero todavía no habían sacado la merienda. La fiesta estaba paralizada porque no habían decidido un nombre para la criatura. La madre discutía con sus hermanas en una habitación. Me armé de valor y para desbloquear la situación sugerí Duracell como nombre de pila, pero no valía ya que por lo visto allí bautizaban sin pila.

Una de las invitadas se dio cuenta de que yo no era de allí y me dijo que me tirase de la moto. Tuve que continuar andando.


Regresé al oficio de pescador, pero la red se me iba hacia otros pescadores y creaba situaciones incómodas.


Me hice pastor y traje todas las vacas que pude para que se bebieran el agua pensando que así podría coger los peces fácilmente, pero no dio resultado.

Emigré a la capital en busca de una vida fácil y me hice Ouagadouguense.

Pronto me di cuenta de que la subsistencia es incluso más difícil en las grandes ciudades.

Un zapatero barcelonés que había sufrido el mismo hechizo que yo se extrañó de que le hubiera reconocido.


Regresé al campo y me hice alumno en una escuela de balafones.

Había personas de todas las edades. La música une edades, razas, culturas y almas.

Conocí a un constructor de graneros.

Al cabo de un rato yo también lo era.

Entre los dos acabamos rápidamente la tarea.


Los graneros almacenaban las cosechas con las que los agricultores aseguraban la supervivencia de su numerosa prole.

Con el algodón fabricaban tejidos que el costurero convertía en obras de arte.


Fui a dar una vuelta por el campo y me encontré con lo que parecía ser una fiesta.

Había música, comida y bebida.

Pronto me di cuenta de que se trataba de un funeral.

Presenté mis respetos a los familiares de la anciana fallecida y mi respeto se mantiene.

El dolor por la muerte de un ser querido expresado con lágrimas es universal.

Otro grupo de balafonistas acompañaba las loas a la difunta.

En esta ocasión no me hizo falta mimetizarme con nadie, ya que el hechizo también entiende que la música une edades, razas, culturas y almas sin necesidad de hacer trampas.

La anciana permanecía viva en la memoria colectiva de sus familiares y amigos.


Casi todos los hombres llevaban un zurrón de cuero artesanal.

Los asistentes al funeral dejaban ofrendas a los pies del altar.

Muchas mujeres habían venido andando desde muy lejos, pero les quedaban fuerzas para bailar.


Utilizaban la danza como medio de cohesión.

Incluso las más ancianas estaban llenas de vitalidad.

Enfrentándose a la muerte valoraban más la vida.

Algunas mujeres se sentaban en los botes de plástico donde llevaban la comida.

Otras cocinaban.


Una mujer preparaba la pasta para hacer buñuelos.

Otra los freía.


Un gran árbol proporcionó su sombra para aliviar el calor del medio día.

De camino hacia Diébougou paré a comer arroz con salsa en un restaurante.


Me paré al borde de un lago y reflexioné sobre el funeral que había presenciado. El agua duplicaba los esqueletos de unos árboles y me pregunté si yo también sería el reflejo de los que me rodeaban.


Me crucé con unos jóvenes Lobí que estaban llevando a cabo rituales de iniciación para entrar a formar parte de un clan. Por lo visto todo el mundo siente en algún momento de su vida la necesidad de pertenecer a algún grupo. Quise mimetizarme con ellos para aprender sus secretos, publicar un libro y ser famoso como Marcel Griaule, pero no me aceptaron. Su magia era más fuerte que mi hechizo. Además me dijeron que no necesitaban que el mundo conociera sus secretos, que ellos mismos se encargarían de divulgarlos cuando lo considerasen oportuno. Se quejaron de que detrás de la sed de conocimientos del hombre blanco que se empeña en inmiscuirse en cuestiones que no le atañen, se esconde un afán de dominación. El conocimiento da poder y el hombre blanco ansía controlarlo todo. Les enseñé un par de lunares que tengo en la espalda y les dije que yo no era del todo blanco, pero no les convencí.

Les conté lo que me había pasado en Marrakech y me dijeron que yo era la única persona en el mundo capaz de romper mis propias limitaciones: Debía empezar a ser yo mismo, otra vez esa maldita expresión incomprensible. Nadie es sí mismo, todos somos el reflejo de algo. Algunos son más esponjas que otros y son capaces de absorver todo el agua que les rodea, pero nada más.

Cuando era pequeño leí que tanto Ortega como Gasset coincidieron en opinar que cada uno era sí mismo y sus circunstancias, pero nadie ni nada podían impedir que este niño rodeado de cacerolas y obligaciones impuestas intentara escapar de sus limitaciones y se buscara otras circunstancias. Mi mundo se derrumbó cuando me enteré de que Ortega y Gasset eran la misma persona. Ni siquiera ellos eran ellos mismos.

Reuní a un grupo de niños y les pregunté si cada uno era dueño de su propio destino.


Su abuela me reprendió por ignorar algo tan evidente.

(continuará)































































































































































































































































































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