VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 1999

Nada más terminar el viaje anterior, empezé a planear el siguiente. En agosto del mismo año, y esta vez con dos vehículos. Desgraciadamente me faltan muchas fotos del viaje, ya que me robaron la cámara mientras dormía en el tren de Kayes a Bamako. La cámara ya ha aparecido, pero el carrete que había dentro no.

Había que ver la cara de Rafa Infante, cuando contempló por primera vez el vehículo en el que íbamos a viajar. En ese momento yo creo que no se echó para atrás, porque ya había comprado la comida. Hizo bien en seguir adelante, ya que esta ha sido una de las mejores experiencias de su vida. José Manuel, con dotes de diplomático, sonrió al ver el viejo Peugeot 505, y no era para menos. Un coche tan viejo sigue siendo viejo por mucha cinta de embalar que se utilice para sujetar el forro del techo, o incluso más. Lo que no sabían en ese momento es que estaban ante una auténtica fiera, una máquina destinada a atravesar el más infernal de los desiertos del mundo, el Sahara. Rafa Guerrero y Elvira iban en otro Peugeot 505 no menos viejo, que ya en Despeñaperros se calentó. No me dijeron nada cuando paramos en aquella gasolinera de Jaén para esperar que el agua dejase de hervir, pero yo noté en sus miradas que se estaban preguntando: "¿cómo me he metido yo en este lío?". O quizá el que se lo estaba preguntando era yo. Reparé una pequeña fuga de agua en el radiador con pegamento, y listo. Nada podría pararnos. Nos juntamos 5 personas decididas a llegar hasta Bamako desde Madrid por tierra, y lo hicimos en pleno mes de agosto. Nos empeñamos y lo conseguimos, así de sencillo.

En Algeciras nos enteramos de que el camping donde teníamos previsto pasar la noche estaba cerrado. Cuando viajo solo duermo en el coche, y me traen sin cuidado los establecimientos que abran y cierren. Pero en este caso no iba solo, y los demás no tienen porqué estar siempre de acuerdo conmigo en todo, así que fuimos a un camping de Tarifa. Rafa Guerrero y Elvira optaron por dormir en un hotel.

Al día siguiente tomamos un barco hasta Ceuta, donde cambiamos moneda y compramos algunas provisiones. No tengo nada en contra de los restaurantes africanos, pero me gusta llevar comida para no tener que planificar el viaje en función de que en tal sitio o en tal otro haya o no restaurantes. Llevando tu propia comida, tienes más autonomía. Entramos en Marruecos y paramos a comer cerca de Tetuán. Por la tarde ya estábamos visitando las impresionantes ruinas romanas de Volubilis. Dormimos en Meknes. Aproveché la mañana siguiente para instalar el radiocasete en uno de los coches, mientras los demás visitaban la ciudad. Ese suele ser el aparato más sofisticado que llevo en los viajes. No utilizo gps, ni siquiera brújula. Cuando me pierdo, digo que he tomado un "camino alternativo" y ya está.

Los marroquíes son hospitalarios y amables. La mayor parte de la población es de origen bereber, los árabes son minoría.

Tienen algunas asignaturas pendientes, sobre todo las relativas a los derechos humanos por parte de las autoridades, y al trato que se da a las mujeres.

Después de Meknes nos dirigimos a Marrakech, pasando por Romani y Oued-Zem Boujad.

Pasamos cerca de las cascadas de Ouzoud.

La carretera era agradable, poco transitada excepto por burros, que de vez en cuando se nos cruzaban dándole más emoción al viaje.

De camino paramos en un pozo para refrescarnos y descansar.

Llegamos a Marrakech y fuimos a cenar a la plaza de Jama Fna. Es una gran explanada cercana a la medina, en la que se juntan encantadores de serpientes, contadores de cuentos, músicos, aguadores, tatuadores, etc. Por las noches se montan muchos puestos de comida, que ofrecen platos similares. Los mozos que atienden y cocinan atraen clientela gritando. El que más grita y más aspavientos hace, más clientes se lleva. Hay algunos que incluso salen y te agarran del brazo para que te sientes en su puesto.

Dormimos en un camping que hay a las afueras de Marrakech. Al día siguiente visitamos la medina y salimos hacia Agadir.

Paramos a descansar en algún lugar entre las montañas.

Llegamos a Agadir, fuimos a la playa y nos dimos un baño. Al final de la tarde pasó una lancha a toda velocidad a escasos metros de la playa ahuyentando a la gente, supongo que para dar por finalizada la jornada de baño. Agadir es una ciudad que acoge turismo de playa, tanto nacional en verano como internacional el resto del año. El camping no es muy bueno, en el próximo viaje iré a dormir a Tiznit, una ciudad amurallada. Llama la atención en las ciudades de Marruecos la cantidad de murallas que hay.

Desde Agadir fuimos a Laayoune, antigua capital española del Sahara Occidental. Dormimos en un bungalow muy confortable que hay en Laayoune playa. Tenía una televisión que cambiaba de cadena cuando cambiaba de cadena la televisión del recepcionista, que estaba a unos 50 metros de nuestro bungalow y debía ser campeón mundial del zaping, algo desesperante. La electrónica siempre ha sido un misterio para mí.

Otra parada en el camino para descansar, esta vez en un sitio precioso, con lagunas, dunas y el mar al fondo.

Después de Laayoune y de camino hacia Dakhla, nos encontramos en una gasolinera de Boujdour con dos españoles. Yo en los viaje no me suelo juntar con mucha gente, ya que he tenido malas experiencias con ladrones de coches, traficantes, contrabandistas y caraduras de todo tipo. No es que le de una patada en la cara a todo el que me diga buenos días, pero me he vuelto bastante desconfiado. Como suele decirse, un desconfiado es un confiado con experiencia. Pero éstos resultaron ser unos compañeros de viaje estupendos.

Fuimos a ver unos camellos.

A medio camino entre Boujdour y Dakhla, paramos a comer en lo alto de un acantilado desde donde se veía un poblado de pescadores.
A medida que íbamos hacia el sur, se incrementaban los controles. Hay un tramo en el que la carretera se estrecha dejando sitio para el paso de un solo vehículo, con lo que si viene otro de frente, uno de los dos se tiene que apartar. Todo el mundo espera hasta la última décima de segundo para desviarse, como si fuera una prueba de valentía.

Una parada en el Río de Oro para contemplar el paisaje.

Llegamos a Dakhla, antigua Villa Cisneros, y nos alojamos en el camping Moussafir, donde conocimos a otros dos españoles muy simpaticos que nos iban a acompañar hasta Nouakchott. El siguiente día nos quedamos en Dakhla descansando. Rafa Infante y yo fuimos al mar a lavar los bidones de gasolina. Se me ocurrió tirar uno hacia arriba para ver hasta dónde llegaba, con tan mala fortuna que se lo llevó el viento. Miré a Rafa Infante, y le vi nadando desesperadamente detrás de otro bidón, le había pasado lo mismo. Fueron a parar a una cala bastante lejos de donde estábamos, pero pudimos recuperarlos.
Al día siguiente fuimos al centro para cumplimentar los trámites de la policía, la gendarmería y la aduana. Temeroso de que me reconocieran por las movidas del viaje anterior, me oculté tras unas gafas de sol y una gorra de béisbol. Cuando estábamos ante el cuartel del ejército esperando nuestro turno entre un numeroso grupo de viajeros, se nos acercó un joven militar y me dijo: "yo a usted le conozco". En ese momento pensé que mi viaje se había acabado, que me echarían seguro, y me dispuse a renegar hasta de mis progenitores. El militar me dio la mano y sonrió diciéndome: "usted es uno de los españoles que en enero no quisieron abandonar a su compañero de viaje argentino". Suspiré aliviado.

La siguiente etapa tenía como destino Guerguerat, al sur del Sahara Occidental. Nos juntamos a la salida de Dakhla con todos los viajeros que íbamos a recorrer este trayecto.

Una duna se había instalado cómodamente en medio de la carretera. Había que dar un rodeo para continuar.

El último tramo lo hicimos a toda pastilla para coger sitio en el albergue, aunque no hacía falta. Éramos pocos y había sitio de sobra. El caso era correr. Uno de los aspectos más divertidos del viaje es la conducción, sobre todo por pistas. Atravesar cada duna es un reto, esquivar piedras es emocionante y desatascar el coche de la arena es un juego cuando uno va a pasárselo bién. Pero si te agobias, puede ser un infierno.

De Guerguarat a Nouadhibou hay poca distancia, pero muchos trámites administrativos a cumplimentar, por lo que esos pocos kilómetros pueden tardar en hacerse un día entero. A nosotros nos fue bien, y a primera hora de la tarde ya habíamos llegado.

Antes de llegar a Nouadhibou el paisaje era impresionante.

Teníamos previsto salir al día siguiente hacia Nouakchott para cruzar el desierto en dos días, pero Rafa Guerrero sufrió una indisposición y optamos por quedarnos en Nouadhibou un día más para darle tiempo a reponerse. La médico española del Instituto Social de la Marina le desaconsejó atravesar el desierto en esas condiciones. Rafa Guerrero decidió ir hasta Nouakchott en avión. Mala suerte, Rafa. La próxima vez, irás hasta Nouadhibou en avión, harás la transahariana como Dios manda, y desde Nouakchott te podrás volver tranquilo después de haber cumplido tu sueño.

(Nota posterior a la redacción de este relato: Rafa Guerrero repitió viaje conmigo en agosto de 2002, y completó la travesía del Sahara).

En Nouadhibou no perdimos el tiempo, hicimos una excursión a Cabo Blanco, en el extremo de la península, donde pudimos ver algunas focas. También vimos un cementerio de barcos, algo impresionante.

El tramo de Nouadhibou a Nouakchott es sin duda el plato fuerte del viaje. Son casi quinientos kilómetros de pistas de todo tipo, campo a través e incluso playa. Es un compendio del Sahara, con la ventaja de que la cercanía del mar suaviza bastante el clima, y te permite recorrerlo en cualquier época del año. Encuentras pistas lentas en terreno rocoso y abrupto, arena, dunas, pistas rápidas en llanos inmensos con baches inesperados y peligrosos. Teníamos previsto dormir en Arkeiss, un pequeño pueblo de pescadores en el cabo Tafarit. Pero se nos hizo de noche antes de llegar, y pasamos la noche al pie de una gran duna. Durante la cena se me ocurrió contar algunas batallitas de viajes anteriores con bandidos del desierto, que ocasionaron pesadillas a más de uno.

Al amanecer vimos que el sitio donde habíamos acampado era una maravilla, rodeado de dunas. Llegamos hasta Arkeiss, y nos bañamos en la desértica playa de Tafarit. Aprovechamos el fresco de la mañana para atravesar una zona de dunas. Cuando la arena se calienta, se ablanda y es peor para conducir, ya que el vehículo se atasca más facilmente. Gracias a Dios, no hubo ningún problema. Llegamos a Nouamghar y tuve con los gendarmes la bronca de siempre, te hacen pagar 1000 Ouguiyas, unas 700 pesetas, solo por atravesar su pueblo. Le dije en bromas al alcalde que me había quedado con su cara, y que cuando él pasase por el mío, se iba a enterar. Sacamos los coches a la playa y circulamos durante unos cuantos kilómetros. En un entrante de mar me fui derecho al agua, y el coche flotó durante unos instantes. Por suerte iba tan rápido, que la inercia me llevó de nuevo a tierra. Qué poco se imaginaba el que fabricó el coche hace 20 años, que el pobre iba a acabar así. Cuando sólo nos quedaban 80 kilómetros para llegar a Nouakchott, empezó a subir la marea, y tuvimos que abandonar la playa. La pista era bastante bacheada y amena. Llegamos a la capital antes del anochecer. Nos acomodamos en un albergue, y gracias a las dotes detectivescas de José Manuel, pudimos localizar a Rafa Guerrero, que había venido en avión desde Nouadhibou. Fuimos todos a cenar al mejor restaurante de la ciudad. Nos clavaron, pero un día es un día.

Rafa no estaba recuperado del todo, así que nos quedamos otro día en Nouakchott para descansar. Por la tarde fuimos a la lonja para ver cómo regresaban los barcos llenos de peces. Los trabajadores que los descargaban, tenían que ir corriendo con las cestas en la cabeza desde la barca hasta la lonja, porque una nube de chavalillos les rodeaba para quitarles algún pescado. Luego fuimos a tomar un te a un camping que hay en la playa, y estuvimos charlando hasta que se hizo de noche.

Al día siguiente me levanté de mal humor solo de pensar que teníamos que atravesar la frontera de Rosso. Fui al mercado a cambiar moneda, algo con lo que suelo disfrutar bastante. Normalmente no tengo inconveniente en dejarme rodear por una multitud de cambistas que agitan nerviosos sus pequeñas calculadoras mientras me intentan timar. Es como un ritual, pero aquel día no tenía ganas de rituales, así que le dije a uno: "o me cambias esto a tanto, o te callas". El hombre accedió, mientras en su mirada veía un reproche completamente justificado. Luego, Dios me castigó y me perdí buscando la salida de Nouakchott hacia Rosso. El tráfico intenso, la persecución de la que fuimos objeto por parte de un supuesto comprador de coches y un interrogatorio policial con la única finalidad de sacarme dinero, no hicieron más que intensificar mi enfado. Por fin encontramos la carretera de Senegal y pudimos continuar nuestro viaje. Los numerosos controles que nos encontramos a continuación agotaron mi paciencia.

En África uno debe tener paciencia, porque si no, está perdido. Sobre todo, en la frontera mauritano-senegalesa de Rosso, delimitada por el río Senegal, que hay que cruzar en barcaza. Así que antes de llegar me esforcé en recuperar mi habitual serenidad. Hice bién, ya que cuando llegamos a la frontera, tanto policía como aduana se esforzaron sin piedad en sacarme todo el dinero que pudieron. El jefe de la policía me dijo que tenía que darle un regalo para ponerme los sellos de salida en los pasaportes. Yo asentí y le dí los pasaportes. Él debió entender que yo estaba de acuerdo en darle dinero, y cuando me fue a entregar los pasaportes sellados, le regalé la gorra de publicidad que llevaba puesta. El funcionario no solo no se enfadó, sino que se puso contentísimo. Llevaba ochenta gorras iguales que me había dado un amigo de Madrid dedicado al mundo de la publicidad, y le di otra al de la aduana. Como muestra de agradecimiento, me informó de que si quería tomar el primer trasbordador de la tarde, tenía que llevar mi pasaporte a casa de su jefe para sellarlo. Si no, tendría que esperar dos horas y media al siguiente trasbordador.

Siguiendo las indicaciones de un chavalillo que monté en el coche, llegué a la casa del jefe de la aduana dispuesto a sacrificar otra gorra. Esperé pacientemente a que se despertase de la siesta, me selló el pasaporte con los ojos medio cerrados y me lo entregó con una sonrisa. Como no me pidió nada, le di la gorra al chico que me había acompañado. Llegué justo a tiempo para tomar el trasbordador. Terminaba la batalla de la salida de Mauritania, y empezaba la de la entrada en Senegal. Cuando desembarcamos en la otra orilla, vino a recibirnos una pequeña comitiva de la mafia local, que te "ayuda" con los trámites fronterizos a cambio de dinero. Como en el viaje de julio del 98 había tenido una discusión a gritos con uno de ellos, esta vez no se pasaron mucho, y les repartí algunas gorras. En la salida del puesto fronterizo senegales se coloca un gigantón de más de 120 kg de peso que te obliga a pagar una tasa comunal. Si no la pagas, no te deja pasar. Le dije que cuando apareciera por mi pueblo se iba a enterar, pero no se inmutó.

Tomamos la carretera que va paralela al río Senegal, y en Dagana paramos a comer algo y beber cerveza, que en Mauritania era escasa y cara. Se iba haciendo de noche, y decidimos buscar un sitio para dormir. Evito conducir de noche en África. Además de que es peligroso por la cantidad de carros que circulan sin luces y animales que se cruzan, no se ve el paisaje, que por aquí es precioso. Era época de lluvias, y aunque en ese momento no llovía, la tierra estaba húmeda y muy verde. La gente estaba contenta, el agua es muy importante para su precaria economía. Empezamos a ver baobabs enormes. Los pueblos eran pequeños, dispersos, con casas de barro circulares y techos cónicos de paja. Por aquí abundan los cultivos y hay mucha ganadería. Tenía previsto dormir en uno de esos pueblecitos, pero Rafa Guerrero no estaba repuesto del todo, y buscamos un albergue. Pregunté en una gasolinera, y me recomendaron un establecimiento que hay en Ndioum. Consistía en un grupo de bungalows de ladrillo, con aire acondicionado. Eran circulares, y tenían la peculiaridad de que si te colocabas justo en el centro, cualquier sonido que emitieras salía amplificado. En cuanto lo descubrimos, nos pusimos a gritar y a dar palmas. Los senegaleses que nos vieron, debieron pensar que la travesía del desierto nos había trastornado. El gerente era todo un personaje, nos puso para cenar un cordero buenísimo sin pedírselo, ahorrándonos así la molestia de tener que decidir lo que queríamos comer.

Al día siguiente nos levantamos temprano, desayunamos y proseguimos nuestro viaje hacia el interior de África. La carretera estaba recién asfaltada, y de vez en cuando había unos badenes bastante profundos. Llegamos a uno que estaba inundado, y lo rodeamos por una pista. A medida que avanzábamos, el paisaje se hacía más abrupto, y los poblados más primitivos. Paramos a visitar uno, y salió todo el pueblo a recibirnos. El tiempo parecía no haber transcurrido aquí. No se cómo era su forma de vida hace 1000 años, pero no creo que haya variado mucho. Elvira sacó caramelos para repartir, y los niños se revolucionaron. Rafa les puso firmes, y en fila uno por uno, fueron recibiendo su regalo. Ese fue sin duda uno de los momentos más inolvidables del viaje. Rafa Infante y José Manuel me miraban divertidos, disfrutando cada instante.

La frontera de Senegal con Mali en Kidira no tiene nada que ver con las otras, los funcionarios no están acostumbrados a viajeros como nosotros, y se comportan con amabilidad y cortesía. Sólo se pusieron un poco pesados con las formalidades, pero llevábamos todo en regla, y no tenían por dónde pillarnos. Cruzamos por un puente el río Faléme, afluente del Senegal, y entramos en Mali. La pista que va desde Diboli a Kayes es muy bonita, pero llena de agujeros. Al principio nos esforzábamos en esquivarlos, pero a medida que el cansancio nos vencía, pasábamos de los baches y solo nos ocupábamos de accionar el limpiaparabrisas. Y a veces, ni eso. Llegamos a Kayes de noche, y lo primero que hicimos fue tomarnos una cerveza en el Hotel du Rail, un nido de tramposos. Nos dijeron que todas las habitaciones estaban ocupadas porque había una convención, una mentira como un piano. El recepcionista, que en un viaje anterior me había denunciado a la policía por no llevar visado, se había puesto de acuerdo con el recepcionista del otro hotel de Kayes, mucho peor y más caro. Querían timarnos, aprovechándose de nuestro cansancio. Rafa Guerrero y Elvira prefirieron quedarse en ese otro hotel, y los demás dormimos en la azotea de un albergue juvenil.

Al día siguiente, fuimos todos a la estación. El tren de Bamako salía a las siete de la mañana. Lo tomaban todos menos yo, tenía que ocuparme de los vehículos. La pista que va de Kayes a Bamako se hace intransitable en agosto a causa de las lluvias, y por eso hay que montar los coches en el tren. No soy un sentimental, pero me dió mucha pena cuando les despedí. Lo habíamos pasado bién, habíamos conectado. Tenían previsto tomar un avión desde Bamako hasta Madrid, así que seguramente no les volvería a ver.

El transporte de los vehículos desde Kayes hasta Bamako en tren me llevó varios días. Cuando llegué, me encontré con Rafa Guerrero y Elvira, que se habían quedado descansando en Bamako. Tomamos el mismo avión para volver hasta Bruselas, y allí nos despedimos. Ellos iban a París a continuar sus vacaciones, y yo me volví a Madrid.

África es un continente grande y variado. Creo que en África uno encuentra lo que va buscando. El que quiera aventuras las encuentra, ya que basta que le digan que no vaya a tal sitio porque las cosas están revueltas, para que vaya y le pase algo. Quien persiga conocer culturas diferentes a la suya, en África se pone las botas. Lo único que no está tan claro es lo de ganar dinero, pero esa es otra historia.

En cierta ocasión, cuando trabajaba como guía turístico, le pregunté a un señor bastante mayor por qué se había apuntado a un viaje tan poco confortable. Me dijo que desde siempre había querido ver leones africanos. Yo le dije que en África occidental no quedaban muchos leones. No se volvió a tocar el tema, y por supuesto, no vimos un solo león en todo el viaje. El último día, en Niamey, teníamos unas horas antes de tomar el vuelo de regreso. Fuimos al zoológico y vimos leones. Daba lástima ver lo escuálidos y sucios que estaban. En el autobús hacia el aeropuerto le pregunté al señor mayor qué era lo que más le había gustado del viaje, me miró ilusionado, y me dijo: "los leones".

Tampoco es imprescindible irse a África por un motivo concreto. Yo no se exactamente porqué me atrae tanto. El caso es que cada vez que regreso después de un viaje, lo primero que hago es planear el viaje siguiente. Y eso que en mi casa me encuentro muy a gusto.



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