VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2012

Antes de salir elevé una plegaria a Hermes, hijo de Zeus y de Maya, dios olímpico de las fronteras y de los viajeros que las cruzan, del comercio en general y de tantas otras cosas:

Protégeme. Guía mis pasos por tierras lejanas. Aléjame del peligro. Ayúdame a afrontar este nuevo reto con humildad. Dame fuerzas para soportar las incomodidades que me esperan, no permitas que desfallezca. Infúndeme templanza y no dejes que la ira nuble mi entendimiento en los momentos difíciles. Lléname de paciencia. Avívame el ingenio para negociar bien e inspírame para convencer con argumentos mejor que con dinero. Hazme justo para recompensar generosamente a mis colaboradores y dame coraje para enfrentarme a los que pretenden perjudicarme. Guía mis pasos para encontrar buenos objetos que gusten a mis clientes. No permitas que mi nave encalle ni que mi ánimo decaiga. Dame sabiduría para resolver las dificultades que surjan durante el viaje y no permitas que mi ofuscación convierta un pequeño contratiempo en un problema sin solución. No dejes que la pereza me impida mantener mi vehículo en buenas condiciones. Dame paciencia para detenerme siempre a la caída del sol y prudencia para acampar en lugares seguros. Hazme flexible para adaptarme a los cambios. Otórgame el don de la anticipación para solucionar los inconvenientes antes de que aparezcan y ayúdame a vencer sin pelear. Concédeme la dicha de regresar junto a los míos en paz y sobre todo, gracias por haberme permitido llegar hasta aquí.

Se me ocurrió esta plegaria a raíz de una lucecita roja que se encendió en mi pequeño cerebro después de repasar uno por uno mis relatos para corregir faltas de ortografía. Me di cuenta de que todos los aciertos casuales y garrafales errores de mis viajes tenían un elemento común al que hasta el momento no había prestado demasiada atención por miedo a resultarme a mí mismo demasiado egocéntrico: yo. Algunas veces es bueno tener espíritu crítico, otras es mejor que sea autocrítico.

Salí de casa el 3 de enero acompañado por mis hijas que corrieron por la acera hasta el final de la calle, como viene siendo habitual desde que se dieron cuenta de la escasa aceleración de mi troncomóvil. Les dejé ventaja porque tenía miedo de intoxicarlas con el humo del tubo de escape.

A las cuatro horas y media paré en una gasolinera GALP a descansar y al comprobar el nivel del aceite me di cuenta de que se había caído la tapa de filtro del compresor, nada grave depende de con qué lo comparemos. Unos días antes lo había desmontado para limpiarlo y al montarlo se conoce que no había apretado bien un tornillo. Eso demuestra que ser emprendedor y tener iniciativa en esta vida no es sinónimo de éxito.

Para cada viaje elijo un lema que evidencia el estado de ánimo reinante. Por ejemplo recuerdo perfectamente que la divisa del primer viaje en 1987 fue "Jerónimooooo", como muestra inequívoca de que íbamos dispuestos a comernos el mundo. La primera vez que viajé con varios coches y un camión utilicé la expresión "si me meto en un lío, que al menos sea gordo".

Con el paso del tiempo y las experiencias vividas los lemas se han ido haciendo más escépticos como "que sera sera", surrealistas como "si hay que hacerlo, se hace" o directamente irrealizables como "mi último viaje". Se me ocurrió que la consigna del próximo viaje sería "tú mejor no toques nada" y lo apunté cuidadosamente en un cuaderno que había comprado para escribir un diario del viaje y que no se me olvidasen las reflexiones que iban surgiendo durante el viaje. Desgraciadamente olvidé el diario en un hotel de Costa de Marfil, pero no pasa nada. La intención es lo que cuenta, y además las palabras escritas se imprimen en la memoria.

Conduje hasta un área de servicio en Villanueva del Trabuco entre Granada y Málaga, cené trucha y dormí en el hotel. Hacía demasiado frío para pasar la noche en el IPV.

Al día siguiente llegué a Algeciras y atravesé el Estrecho de Gibraltar hasta Ceuta en un ferry de la naviera Acciona.



Una ligera bruma cubría la costa.

En la frontera la aduana marroquí había bloqueado varias furgonetas y me costó bastante convencerles para que me dejaran entrar con mi camión, ya que están volviendo a ponerse duros con la importación temporal de los vehículos que según su criterio no consideran apropiados para hacer turismo. Los vehículos pesados, de carga o industriales hacen otros trámites más engorrosos o directamente no entran si no le da la gana al jefe de turno. Al final dejé que me lo catalogaran como "montón de chatarra amelioré" y pude pasar.

Paré en un taller de Tetuán y unos hábiles mecánicos me fabricaron una tapa para el filtro del compresor.

Comí, merendé o cené brochetas de cordero y ensalada en un restaurante de Ain Lahcen. En África adopto la costumbre local de hacer solo una comida fuerte al día. En España no suelen presentárseme muchas oportunidades para adelgazar, por eso cuando surgen durante los viajes las aprovecho. Además me gusta comer cuando tengo hambre, no cuando es la hora.

Cambié la tarjeta de mi teléfono móvil y compré crédito para recargar mi número marroquí. Llamar desde África con tarifas locales es 10 veces más barato que utilizar el roaming del operador español, por eso para cada país tengo un número diferente. Las únicas explicaciones que se me ocurren para esa descomunal diferencia de precios es que en África abaratan costes fabricando satélites con latas de tomate recicladas, o que en España nos cobran de más.

Tomé la autopista y conduje hasta un área de servicio pasado Casablanca. Acabé tarde y no me gusta conducir de noche, pero quería evitar el denso tráfico durante el día entre la capital y Rabat.

Al día siguiente no me apetecía adelgazar y desayuné beldi, un plato típico marroquí hecho a base de huevos fritos con aceite de primera calidad y carne.

Continué por la autopista que construyeron los chinos en tiempo record hasta Agadir. Hice una visita al barbero de Tiznit al más puro estilo del Lejano Oeste y en lugar de ver a Kitty en el saloon me encontré en la calle con Rubio, un sonriente mecánico que conocí hace 14 años en Dakhla. No había cambiado nada pero no porque se conservase joven, sino porque cuando era joven aparentaba más edad de la que tenía.

Se dedicaba a instalar planchas de hierro debajo de los coches para proteger los bajos de las piedras. Eran muy espectaculares, pero con los golpes y la tôle ondulée se acababan descolgando. Al final había que arrancarlas a patadas para que no ocasionasen daños y daban más problemas que soluciones, pero molaban. Cuando terminaron la carretera entre Nouadhibou y Nouakchott se le acabó el trabajo y regresó a Tiznit, su ciudad natal. Yo también quiero adaptarme a las circunstancias y vender mi IPV porque ya no necesito un vehículo 4x4, pero nadie se interesa por él. Algo que ya tenía previsto, por otra parte.

El Guelmim compré una caja de bolis para repartir entre los chavales. Antes compartía la creencia general de que eso fomenta la mendicidad, hasta que me di cuenta de que en muchos países repartir regalos siempre ha sido una costumbre entre los viajeros. El caso más notable ocurrió en el siglo XIV, cuando el emperador de Malí Kankou Moussa fue repartiendo tanto oro durante su peregrinación a La Meca, que hundió su precio durante varios años allí por donde pasó. De esa tradición milenaria hemos heredado la ceremonia anual de la cabalgata de los Reyes Magos.

Entré en un restaurante y pedí tagine de carne. A pesar de que me lo comí todo no fui capaz de encontrar la carne, así que no tengo previsto regresar a ese restaurante hasta que empiece a fallarme la memoria, y lo recomendaré cuando el infierno se congele. Podría decirse que ese día tuve una ocasión para adelgazar y la aproveché.

Continué hasta que se hizo de noche y paré a dormir entre montañas y frío.

Al día siguiente salí a la misma hora que el sol y paré en lo alto de un puerto para contemplar el retroceso de las sombras que durante la noche habían invadido la inmensa llanura. Al observar los cactus reflexioné sobre las diferentes alternativas que pueden tener los habitantes del desierto para limpiarse después de hacer sus necesidades. Desde luego con plantas no. Me entristecí al darme cuenta de que nunca había alcanzado con ninguno de ellos el nivel de confianza necesario como para hablar de ese espinoso asunto, aunque quizás sea mejor mantener las distancias. Además en ninguna conversación ha surgido el tema y no sabría cómo sacarlo.

Pasé por Tan-Tan sin pena ni gloria dejando a sus habitantes en la más completa indiferencia, como en tantos otros ámbitos de la vida. En El Ouatia me reencontré con el mar, una eterna novedad para los que vivimos en la estepa castellana.

Paré en una de las tres gasolineras que hay después del oued Ouaad para llenar el depósito de mi camión. A partir de aquí hasta Mauritania el combustible es más barato.

Me asomé a un acantilado y tomé esta maravillosa instantánea. Después de decir esto, ya nunca podrá acusarme nadie de falsa modestia.

En un ejercicio de autocrítica sin precedentes, tengo que decir que esta foto me salió al revés. Qué fácil es juzgar a los demás cuando hacen fotos que no nos gustan, qué fácil es. Somos pocos los que tenemos el coraje de admitir nuestros propios errores.

La avenida principal de Boujdour parecía una pista de aterrizaje para OVNIS. Habían puesto más farolas que en Las Vegas.

Entré en un restaurante y cené un exquisito sorgo recién pescado de la sartén.

Conduje lo que quise y paré cuando me dio la gana en el sitio que más me gustó. Dormí todo lo que me apeteció y salí cuando estimé conveniente. Mi camión en África es un velero llamado Libertad.

A medida que avanzaba el viaje mi troncomóvil iba a más, en el sentido de que cada vez consumía más aceite. Por lo demás, cumplió su cometido sin alardes, me soportó con dignidad y no se estropeó durante todo el viaje. Bien. Con eso me conformo. No le pido más. Y aunque se lo pidiera, no me lo daría.

En la costa del Sahara Occidental el viento casi siempre sopla de norte a sur, por eso me gustaría hacer algún día este viaje en bicicleta. Con un camión tan poco aerodinámico como el mío es como ir cuesta abajo. Lo que me ahorro en combustible a la ida, me lo gasto a la vuelta.

El viento es un fenómeno natural y debería estar acostumbrado, pero para mí siempre será una fuerza mágica e invisible que me empuja hacia el sur y me impide regresar.

Antiguamente los valientes navegantes podían bajar pero no subir, hasta que en el siglo XV los portugueses empezaron a aplicar unas técnicas que les permitían regresar por las Azores. Enrique el Navegante creó una escuela de navegación en Sagres e impulsó la construcción de naves apropiadas para largas expediciones, atrajo cartógrafos, formó marineros y contribuyó a mejorar los instrumentos de navegación. Me habría gustado formar parte de su equipo, pero nací con cinco siglos de retraso. Además tampoco es seguro que me hubieran admitido.

En el puesto fronterizo que Marruecos ha instalado en la antigua provincia española del Sahara Occidental había poca gente y lo crucé rápidamente. Algún día escribiré un relato en verso a base de pareados. Los trámites de entrada en Mauritania fueron más lentos y se hizo de noche, así que como había luna llena me quedé a dormir al lado de un cartel que avisaba del peligro de minas. Los secuestradores suelen actuar de noche y circulan sin luces para no ser detectados. Les basta la luz de la luna para conducir.

Salí al alba. El desierto estaba frío y azul al amanecer. La temperatura subía a medida que avanzaba el día y la arena se cubría de tonos cálidos. No hay nada al azar, está todo pensado.

Paré a descansar y se me acercó un señor. Nos dimos la mano y estuvimos charlando un rato. Me cayó bien porque era amable y le hice una foto para recordarle. Le regalé un bolígrafo y se quedó contento. Eso es lo que importa.

Continué hasta las dunas de Azefal y me subí a una loma cubierta de conchas. Pensé que si me hubiera traído a unas niñas que yo me sé, habrían llenado el camión de conchas, como hacen todos los veranos cuando vamos a la playa. Las calles de Nouadhibou y Nouakchott están asfaltadas con alquitrán y pequeñas conchas, más fáciles de encontrar por aquí que las piedras.

Crucé Nouakchott y tomé la Ruta de la Esperanza acompañado de un amigo gendarme.

Antes de llegar a Magta Lahjar paramos a descansar en un sitio que me gustó.

En otra parada vi huesos sordos y blancos, y me entristecí al pensar que algún día todas las personas que conozco terminarán siendo raptadas por la muerte. Reflexioné sobre unas palabras de Steve Jobbs: "Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir tu corazón."

Lo que pasa es que a veces el corazón me lleva por sitios peligrosos. Por eso mi cerebro, que es más listo y prefiere evitar problemas, obliga al corazón y a todos los demás órganos a viajar escoltado por algunas zonas.

En otra parada fotografié a esta hermosa muchacha. Me llamó la atención el contraste entre su dulce rostro y sus manos fortalecidas por el trabajo duro de acarrear leña, ordeñar vacas, sacar agua del pozo y arar la tierra.


Un poblado en la Ruta de la Esperanza.

Comí un delicioso pollo cocinado por una maliense en el restaurante Tuuri Kombo de Kiffa, detrás de las ruinas del antiguo palacio de justicia construido en la época colonial.

Los franceses comenzaron a colonizar África Occidental en Saint Louis, Senegal. Primero formaron funcionarios locales y los utilizaron para ir colonizando las poblaciones vecinas del interior, donde repitieron la operación hacia el este todo lo que pudieron. A pesar de lo que muchos piensan, los africanos siempre han tenido, tienen y tendrán la última palabra sobre lo que se cuece en África. Sin su colaboración nada habría sido posible. Esto lo cuenta en sus memorias el escritor maliense Amadou Hampâté Bâ, que ocupó diferentes puestos en la administración colonial francesa. He escuchado a muchos occidentales lamentarse y pedir perdón por los abusos y desmanes de sus antepasados colonizadores, pero nunca he visto a ningún Wolof disculparse ante un Bambara, ni a ningún Bambara disculparse ante un Peul, ni a un Peul disculparse ante un Moaga, ya que para muchos de ellos eso sería como si un romano pidiera perdón a un segoviano porque sus antepasados construyeron el Acueducto.

A partir de Kiffa la carretera tenía tantos baches que tardé 4 horas en recorrer los 140 km que hay hasta Tîntâne. La estaban arreglando, pero solo habían terminado los primeros 10 kilómetros. Podía haber ido más rápido tragándome todos los baches y destrozando el vehículo, pero no tenía prisa por sucumbir.

A última hora de la tarde escuché la voz de Hermes y paré a dormir en un puesto de control de la gendarmería.

Cerca había unas curiosas montañas y me subí a una de ellas para presenciar la puesta de sol.

Me gustó tanto que al día siguiente regresé al mismo sitio antes de que amaneciera...

...y contemplé los primeros rayos de sol sobre las rocas, que las hacían cambiar de colores.

A veces la Naturaleza, que es la única artista verdadera, necesita miles de años para crear sus maravillas.

El tiempo en el desierto tiene otra dimensión aunque podamos medirlo, de la misma forma que algunas voces parecen tangibles aunque procedan de otro lugar y época.

Un árbol sobrevivía a pesar de todas las dificultades, como los habitantes del desierto que han transformado un entorno hostil en su hogar.

Todas las torres metálicas a las que me había subido en viajes anteriores para ver el paisaje desde lo alto ya tenían antenas y no pude escalar ninguna porque estaban vigiladas, pero siempre quedarán las montañas como alternativa. Hay una ocasión para cada cosa, y cuando surge debe aprovecharse. En el momento que se pierde, ya no hay vuelta atrás. Si se me presentara la oportunidad de reencarnarme en pájaro, no me lo pensaría dos veces.

Continué hacia el este y en Ayoûn el Atroûs me desvié hacia el sur. Fui hasta un poblado donde había dormido en un viaje anterior para cumplir la promesa de entregar unas fotos que había tomado de la familia que me había acogido. Desgraciadamente las había impreso en papel normal, en soporte duro es caro y no están los tiempos para muchos gastos. Nunca se habían visto retratados así y se rieron. En seguida las sacaron de sus fundas y se las fueron quitando unos a otros con gran regocijo y excitación de forma que al cabo de un minuto ya estaban arrugadas. No resultaron rotas hasta pasados 5 minutos, cuando me estaba tomando el té. Aguantaron más de lo que había calculado. Al final lo barato es caro.

Continué hacia el sur y me detuve a descansar cerca de los pozos de Hassi Ehl Ahmed Bechna.

Cuando estaba subido al camión fotografiando animales pasaron unos diez vehículos militares cargados con soldados y tuve que bajar la cámara rápidamente, ya que si alguien me ordena que me abstenga de fotografiarle apuntándome con un Kalashnikov, obedezco sin rechistar.

Por lo visto excombatientes progadafistas huidos de Libia estaban dando problemas en el norte de Malí. Los conflictos que suelen producirse en esa zona son muy diferentes a las contiendas tradicionales que conocemos en Occidente en las que dos ejércitos se enfrentan en un campo de batalla, ya que más que combates son razias. El atacante solo toma la iniciativa cuando está seguro de que va a ganar, y cuando lo hace arrambla con todo sin respetar ni la Convención de Ginebra, ni los derechos humanos más elementales, ni a las mujeres indefensas ni a los niños ni a los ancianos. Cuando el atacado ve que el atacante es más fuerte, huye y se salva con lo que puede hacia donde le dejan. Hasta que de alguna forma se recupera y hace todo lo posible por pasar de víctima a verdugo. Eso vale tanto para unos como para otros.

De momento es un problema sin solución. Otra cosa es que la situación se calme aparentemente en sitios concretos y en determinados momentos de supuesta paz, que puede romperse cuando alguien lo considere oportuno. El que viaje por allí debe ser consciente de eso. Como dice el refrán: si no quieres polvo, no vayas a la era.

Crucé la frontera de Mauritania con Malí por Gogui. Se había extendido el falso rumor de que el franco CFA iba a ser devaluado y por primera vez en la vida me hicieron un buen cambio sin regatear.

Llegué a la aduana de Nioro du Sahel un jueves en horario normal, y el funcionario me dijo que si quería ser atendido en ese momento tenía que pagar una tasa suplementaria por haber llegado más tarde de las cinco. Le dije que eran las cinco menos cuarto. Miró su reloj de oro mientras bostezaba, se levantó pesadamente de su butaca y se fue. Apareció al cabo de 15 minutos anunciándome que además de pagar la tasa suplementaria si no quería dormir allí, acababa de perder un cuarto de hora. Constaté que ya estaba en Malí.

Por si cabía alguna duda fui a la comisaría de policía para que me sellasen el Laissez-Passer Touristique y un agente me pidió 10.000 francos CFA, cuando el sello solo cuesta 2.000. Empecé a contar hasta 10 y cuando iba por 8 apareció partiéndose de risa uno de los policías que en enero de 2005 me habían metido en el calabozo por equivocación. Me obsequió con un caluroso apretón de manos y me selló gratis el LPT en recuerdo de nuestra vieja amistad.

Me fui lo más rápido que pude, justo antes de que soltase algo como "qué tiempos aquellos, cuando te encerramos toda una inolvidable noche en chirona y casi te damos una paliza pensando que habías ayudado a escapar de la cárcel a un fugitivo francés."

Seguramente en ese momento la suave voz de Hermes no habría llegado hasta mis ofuscados oídos. Que yo recuerde nunca he tenido una travesía tranquila por Nioro, siempre pasa algo. Debería estar acostumbrado, pero no lo estoy.

Llegué a Bamako y llevé el camión al taller de un amigo mecánico para que mirase lo del consumo de aceite. Detectó una pequeña fuga por el cárter y me dijo que no merecía la pena tocarlo, ya que no estaba seguro de dejarlo mejor de lo que estaba. Agradecí su honestidad, ya que para el viajero no hay nada peor que un mecánico tramposo o incompetente.

Cuando compré el camión en 2002, el vendedor me dijo que llevaba 20 años parado. Lo había adquirido en una subasta del ejército y solo tenía 7.000 kilómetros. Me aconsejó que cambiase todos los retenes, latiguillos, tubos de goma y líquidos porque seguramente estarían podridos o degradados. Teniendo en cuenta que en esa época no había tantas carreteras como ahora y me jugaba la vida atravesando el desierto, para mayor seguridad encargué el trabajo a un taller supuestamente especializado en IPV, o al menos eso daban a entender en su logo. Indiqué al dueño lo que quería que hiciera, añadiendo que estaba dispuesto a gastarme lo que hiciera falta. De todo lo que le dije solo entendió lo último.

A lo largo de los viajes se han ido rompiendo todas las gomas que no cambiaron porque no quisieron o no supieron. Ni siquiera fueron capaces de colocar correctamente los filtros de combustible, y durante el primer viaje el camión se paró en medio del desierto porque entraba aire en el circuito. Me arrepentí de haberles pagado tanto dinero, y eso que todavía me pedían más.

Después de esa experiencia empecé a valorar más a los mecánicos competentes y honestos. Ahora procuro estar siempre presente durante las reparaciones. Además de aprender, me gusta estar con gente buena.

Recorrí lo que pude de Malí visitando a mis amigos artesanos y me dirigí hacia el sur.

Por falta de tiempo no me entretuve mucho en Sikasso, donde se encuentra el Centre de Recherche pour la Promotion et la Sauvegarde de la Culture Senoufo del padre Emlio Escudero, un gran hombre. A diferencia de muchos occidentales que van a África para difundir nuestro modo de vida, la labor del padre Emilio consiste en contribuir a preservar la cultura Senufo.

Los Senufo viven en el sur de Malí, norte de Costa de Marfil y suroeste de Burkina Faso. Su cohesión física resultó despedazada por el reparto que acordaron las potencias europeas a partir del Tratado de Berlín de 1885, pero su unidad espiritual permanece intacta.

Conocí al padre Emilio Escudero durante un viaje anterior, pero en el relato correspondiente no puse nada porque estaba demasiado ocupado haciéndome preguntas sin respuesta. Más tarde repasando las notas que había tomado y ojeando los libros que le había comprado encontré la respuesta a muchas de las cuestiones que me había planteado.

En una sala repleta de objetos rituales leí el siguiente texto:

"Le sacré est une notion permettant à un groupe ou une société humaine de créer une séparation spirituelle et/ou morale binaire entre différents éléments qui la composent, la définissent ou la représentent (objets, actes, idées, valeurs...).

Les éléments du sacré sont considérés comme intouchables: leur manipulation, même en pensée, doit obéir à certains rituels bien définis. Ne pas respecter ces règles, voire agir à leur encontre, est généralement considéré come un péché ou un crime réel qui nécessite des réparations. Sinon, on s'expose à la colère des ancêtres qui peuvent parfois punir de mort.

Seuls le initiés a ces éléments sacrés sont habilités à en faire usage. Si le risque de s'exposer à d'éventuelles sanctions reste encore d'actualité pour ces initiés lorsqu'ils se mettent à dévoiler le secret aux non initiés, le risque est encore plus grand pour les profanes et certains non initiés de s'évertuer à révéler au grand jour le secret d'un mystère dont ils s'y perdent, ou de chercher à ridiculiser les convictions millénaires de peuples jugés appartenant à la grande enfance de l'humanité, parce qu'ils laissant une grande place au mystère.

Cette présente exposition, loin de chercher à défendre une quelconque position ou à transgresser certains interdits, vise plutôt à livrer à la connaissance de tous, la perception Sénoufo du sacré à travers ces objets collectés à divers endroits.

Nous avons tenu à garder le secret des informations sur certains objets selon les règles du sacré."

En julio de 2011 Emilio me expresó su inquietud sobre la continuidad de su labor cuando se jubile, ya que los Senufo transmiten sus conocimientos oralmente, de la forma tradicional. Creo que su magia es tan fuerte que nunca desaparecerá. Incluso en el denostado Occidente materialista muchas personas tienen creencias metafísicas que inconscientemente les llevan a buscar la magia en el arte, la religión, la música, el cine, la literatura o cualquier forma de utopía. Algunos las llaman "evasión", pero es todo lo contrario.

En un pueblo de la región de Sikasso me llamó la atención este cartel. Los expertos de los organismos internacionales quieren cambiar los hábitos de los africanos de una forma muy gráfica. La terminación "dougou" significa "pueblo de". Menos mal que la primera "d" de Kadondougou es una "d" y no una "g". Ahí lo dejo.

En la frontera de Costa de Marfil me encontré con una pareja de españoles que viajaba en su todo terreno. No les dejaban entrar porque carecían de visado. Por lo visto unos meses antes se habían puesto en contacto conmigo para pedirme información y yo les había comentado que las últimas veces que había entrado en Costa de Marfil no me habían pedido visado, añadiendo que eso podía cambiar de un día para otro.

Se enfadaron conmigo cuando vieron que yo podía entrar y ellos no. Me reprocharon de una forma muy poco elegante que no les hubiera avisado del cambio. Lo cierto es que llevaba el visado de Costa de Marfil de rebote, ya que me había sacado una Visa Touristique Entente válida para Benín, Burkina Faso, Costa de Marfil, Níger y Togo porque tenía pensado visitar varios de esos países.

Reflexioné sobre la necesidad que tenía yo de dedicar parte de mi tiempo a informar sobre cosas de las que no estaba seguro. Estoy cansado de movidas fronterizas con personas hostiles. Pensé en quitar de mi página todo lo que pongo al final del relato del viaje de enero de 2007 para evitarme más disgustos en el futuro, pero al final me limité a recalcar en negrita lo de que las cosas en África pueden cambiar sin previo aviso.

Entré en Costa de Marfil y vi muchos cambios. Los rebeldes habían desaparecido y su lugar estaba ocupado por respetuosos pero inflexibles funcionarios. Había muchos obreros reparando la carretera y la población colaboraba arrancando la maleza de las cunetas.

Sin embargo había cosas que se mantenían, como las creencias ancestrales y el respeto a los antepasados. En la fachada de la sede de la asociación de curanderos de Korhogó la magia y el arte eran indisociables.

Un amigo de la etnia Bororo originario de Níger me presentó a dos compatriotas curanderas que habían venido del norte para comprar ingredientes con los que fabricar medicamentos tradicionales. Les pedí permiso para retratarlas y me lo concedieron.

Cuando estaba fotografiando a la hermana mayor, mi anfitrión me comentó discretamente que tuviera cuidado porque era una hechicera. Le agradecí educadamente el aviso, aunque no pude evitar sonreír pensando en la cantidad de ignorantes que siguen tragándose fábulas. Cada vez que enciendo el ordenador miro esta foto y me pregunto cómo es posible que en pleno siglo XXI todavía haya gente que crea en hechizos. Cuando se lo comenté a mi psiquiatra y le mostré el retrato nos reímos juntos. Para demostrarme la inconsistencia de esas creencias arcaicas me pidió la fotografía original a la máxima resolución y mandó imprimir un poster de dos metros de altura que colocó en una pared de su consulta. Cada vez que voy a verle nos tiramos días enteros contemplándolo. Sin comer ni beber, riéndonos en silencio de tanto loco suelto que hay por ahí. Afortunadamente la demencia no es contagiosa, así que cualquiera puede mirar fíjamente esos ojos el tiempo que quiera sin miedo a resultar hechizado.

Y que tire la primera piedra el que esté completamente cuerdo.

Recorrí Costa de Marfil todo lo que pude comprando lo que quisieron venderme.

Las frías estadísticas dicen que la esperanza de vida en Costa de Marfil es de 50 años. Eso traducido a la vida real significa que en cada viaje me entero de que han fallecido personas que nunca antes se habían muerto.

Me entristece recordar a todos los artesanos y comerciantes con los que he tratado y que han pasado a mejor vida.

He fotografiado a algunos, como al Grand Chasseur. Otros como Alphonse Ouédraogo pensé inocentemente que iban a estar siempre allí y dejé pasar ocasiones que ya nunca volverán.

Por eso ahora aprovecho la mínima oportunidad para retratarles. En cada imagen hay una parte de mí.

Además es una buena forma de relajar las negociaciones y rellenar los numerosos tiempos muertos en los que me piden más dinero del que puedo dar, después de habernos bebido todos los tés que establece el protocolo. Aunque no lleguemos a un acuerdo y acabemos acusándonos mutuamente de hacernos perder el tiempo y jurándonos que ya nunca más volveremos a vernos, regresar durante el siguiente viaje con la excusa de entregar la foto facilita la reconciliación y es un buen punto de partida para retomar las negociaciones.

Para los más veteranos, tratar con un europeo aunque sea un txikilikuatre como yo es un honor que les aporta prestigio ante su comunidad. Las nuevas generaciones, aquellos que les suceden, son diferentes y solo piensan en el dinero. Me atienden por compromiso y deambulando con mi viejo camión me ven como a un dinosaurio en vías de extinción. Controlan todo lo relativo al comercio internacional, llenan contenedores y con una facilidad pasmosa se los llevan a Houston, Hong Kong o Catar para vender rápidamente su mercancía a clientes que pagan más y hablan menos que yo, con la ventaja adicional de que no tienen que someterse a molestas sesiones fotográficas.

La madre de un amigo me invitó a un té.

Mientras cambiaba las pastillas de los frenos en un taller de Bobo Dioulasso, fotografié a un chavalillo que jugaba dentro de un destartalado vehículo. Estaba contento, pero se puso triste justo al apretar el botón y me salió una de esas imágenes con las que algunas personas intentan conseguir fondos inspirando lástima. Pido disculpas si he dado esa impresión, no ha sido mi intención. El niño era feliz.

El 13 de diciembre de 1998 fue asesinado en Burkina Faso el periodista Norbert Zongo después de que su periódico L'Independent comenzara a investigar la tortura y muerte de un conductor llamado David Ouédraogo que había trabajado para Francois Compaoré, hermano del presidente Blaise Compaoré. Los culpables todavía no han pagado su crimen y muchas personas reclaman justicia. Los burkinabes me caen muy bien y sería estupendo que vivieran en un país donde imperase la ley del más justo, no la ley del más fuerte.

Un indigente yacía en el exterior de un banco. Ahora es cuando debería indignarme reflexionando sobre la perfidia del sistema, la trampa neoliberal que hay detrás de las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, los intereses abusivos de los prestamistas sin fronteras, la importación descontrolada de productos agrícolas subvencionados, los políticos corruptos con cuentas millonarias en bancos extranjeros que superan las deudas externas de sus países, la mala gestión, las multinacionales especuladoras que controlan los precios de las materias primas, el capitalismo salvaje, la globalización, los neo colonos, el deterioro del medio ambiente, las desigualdades sociales, el desempleo, la prostitución, los alimentos transgénicos, el hambre, la desertificación, la desaparición de especies animales y vegetales, la deforestación, las epidemias, la miseria, la falta de garantías jurídicas, la precariedad de los servicios básicos, las guerras, los niños soldado, los contrabandistas de armas, los narcotraficantes, la esclavitud soterrada, la violencia de género, la ablación, el SIDA, el paludismo, los estados fallidos, el fundamentalismo religioso, los genocidios entre grupos étnicos, la sequía, la pérdida de valores tradicionales, la extinción de culturas milenarias, etc.

Pero por una parte Internet está lleno de páginas en las que personas que saben mucho más que yo hablan sobre esos temas, y por otra la mayoría de los que han llegado a ese extremo de pobreza en África Subsahariana tienen problemas mentales ocasionados por la adicción o el abuso de diferentes psicotrópicos y alucinógenos naturales obtenidos de plantas y hongos. Existe una casta muy hermética que domina su uso. Los conocimientos se pasan de padres a hijos y su aprendizaje requiere muchos años de experiencia.

No hay mucho que contar sobre el resto del viaje, ya que me dediqué principalmente a comprar. Antes podía permitirme el lujo de relajarme y hacer turismo, pero ahora la crisis me obliga a centrarme en mi trabajo. En viajes anteriores daba por terminadas las compras cuando llenaba el camión, ahora cuando se me acaba el dinero. Los países africanos crecen a buen ritmo y el progreso lo encarece todo. En Europa los precios de los objetos que vendo son cada vez más bajos por culpa de la crisis y mis beneficos disminuyen poco a poco. Algún día mi trabajo dejará de dar sus frutos y me reciclaré en herrero. Todo cambia y tendré que adaptarme, como hacen millones de españoles que han perdido sus puestos de trabajo y viven el drama del desempleo.

Me encomendé nuevamente a Hermes y emprendí el viaje de vuelta con la misma cautela que el de ida.

Salí de Malí y entré en Mauritania. Cerca de Ayoûn el Atroûs la Naturaleza se había tomado su tiempo para crear estas setas gigantescas de piedra. El ser humano había contribuido dejando un esqueleto de camión que también tenía su encanto.

Paré a dormir en el control de la gendarmería de Djoûk. Un agente arrugado y sin dientes me pidió el pasaporte y al ver mi fecha de nacimiento me dijo que teníamos la misma edad. Se me cayó el alma a los pies y estuve toda la noche sin dormir. Cansado de comerme el coco subí al camión y estuve contemplando las estrellas a solas con África hasta que amaneció.

Las frías estadísticas dicen que mi esperanza de vida es muy superior a la de un mauritano. Valoré el tremendo esfuerzo de mis antepasados y de la sociedad en la que vivo para que mi familia y yo podamos acceder a un buen sistema sanitario y las oportunidades que tengo para costearme una comida saludable. Pensé que una bonita forma de agradecer mi buena suerte sería contribuir a mejorar la calidad de vida de los que vengan detrás, hay mucho camino por recorrer.

También es cierto que algunas personas prefieren vivir menos años pero a su manera, y dan más importancia al mundo espiritual que al material. Mi respeto y admiración.

Otra obra de arte de la Madre Naturaleza.

Regresé por la misma ruta que a la ida para no perderme. La vuelta siempre es más rápida y los comentarios del viaje más cortos porque solo pienso en regresar con mi familia. Todo lo demás pasa a un segundo plano.

Después de Guerguerat vi los restos de esta autocaravana Iveco ACM80 4x4 calcinada. Manolo, el gerente del complejo turístico de Barbas, me dijo que era de unos viajeros italianos que se habían quedado sin nada. Me hizo recordar el campo de batalla en el que se ha convertido el norte de Malí.

Pasé por el inabarcable Golfo de Cintra cuya grandiosidad nunca he sido capaz de capturar...

... y por Porto Rico. En agosto de 2003 fotografié aquí un poblado de pescadores lleno de vida ahora desaparecido, por lo que para mí este lugar tiene ahora la misma belleza que un cementerio.

La silueta de un señor agrandó este acantilado en el Sahara Occidental.

Llegué al puerto de Tanger Med y compré un billete de la naviera marroquí IMTC. Pasé la aduana sin más contratiempos que los habituales, pero el scanner se estropeó justo cuando me llegó el turno y tardaron tanto en repararlo que mi barco zarpó dejándome en tierra.

Aparqué mi camión, me tumbé en la litera y me dormí dándole un nuevo significado a "Hold on Tight", mi canción favorita de la ELO, cuya letra dice así:

Accroches-toi a ton rêve
Accroches-toi a ton rêve
Quand tu vois ton bateau partir
Quand tu sens ton cœur se briser
Accroches-toi a ton rêve

Cuando veas que tu barco se va o cuando sientas que tu corazón se rompe, aférrate a tu sueño y échate una siesta, es lo mejor. Ya lo decían Golpes Bajos, son malos tiempos para la lírica.

Desperté como nuevo justo a tiempo para embarcar ya de noche en el ferry "Le Rif". Subí a la cubierta y me pareció una parodia de iglesia con bancos de madera que daban la espalda a una especie de cruz vacía. Regresé a mi camión y continué durmiendo hasta Algeciras.

Cuando estaba llegando a Segovia me pilló una gran nevada y me faltó poco para quedarme bloqueado, pero mi rudo camión se portó como un campeón y no me falló cuando más lo necesité. Gracias, majo. Te has ganado otro viaje.




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