VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2011

El viaje ha sido fantástico gracias a mis estupendos compañeros, que han afrontado las incomodidades con buena predisposición y han sido capaces de transformar las adversidades en anécdotas. Durante el regreso se me ocurrió utilizar algunas para escribir un breve RELATO DE FICCIÓN.

El protagonista de esta historieta es Harry Kalao. Se parece a Gaear Grimsrud, el personaje interpretado por Peter Stormare en Fargo, la película de los hermanos Cohen.

Henry García Betancourt nació en Gijón y era un niño feliz, pero cuando tenía 10 años su padre mató a su madre francesa sin que nadie hiciera nada por evitarlo y dejó de sonreír. Le enviaron a una casa de acogida donde sufrió malos tratos. Escapó a Francia, cometió varios delitos y fue encerrado en un reformatorio.

Años más tarde regresó a España y se especializó en dar palizas por encargo. En su ficha policial alguien anotó Harry Kalao como alias porque siempre que llovía salía a pasear en camiseta y además era un tipo duro como Harry Callahan.

Un día una mujer despechada le encargó dar un susto a su amante infiel. Resultó ser un ladrón de poca monta bastante cobarde que le tomó por miembro de una peligrosa banda rival a la que había robado un cargamento de armas. Temiendo por su vida le entregó las llaves de la furgoneta donde las había escondido y salió corriendo.

Harry abrió una de las cajas y vio un montón de fusiles de asalto VZ58 checos de última generación, pero como era un ignorante pensó que se trataba de los clásicos AK-47. Inmediatamente los asoció con África y recordó que durante una de sus estancias en prisión un africano al que estuvo a punto de estrangular porque había cometido el error de comentar que kalao era el nombre del pájaro típico de su país, también había dicho que los rebeldes de Zamunda cambiaban Kalashnikov por cocaína que venía de América del Sur.

Llegó a la conclusión de que sería buena idea intercambiarles las armas por droga para venderla en España y forrarse.

Buscando la forma de llevarlos hasta Zamunda conoció a un comerciante llamado José que viajaba dos veces al año por África en un viejo camión y tenía previsto pasar por ese país para comprar djembés. Le preguntó si podía llevarle bombas de agua desmontadas para regalar a una cooperativa agrícola y José accedió sin sospechar que en realidad se trataba de armas. Incluso le ayudó a cargarlas en el camión una semana antes de salir.

También les acompañaban un empleado de banca jubilado llamado Ramón y su hijo Pablo, fotógrafo aficionado.

José tenía previsto entrar en Marruecos por Ceuta, pero al llevar mercancía decidió a última hora ir directamente al nuevo puerto de Tánger Med, donde recientemente habían instalado un escáner para controlar el interior de los vehículos. De esa forma se evitaba tener que descargarlo en la frontera para la inspección.

Harry se enteró de este cambio inesperado antes de embarcar y rápidamente se inventó la excusa de que se había dejado el pasaporte en su casa de Madrid, por lo que tendría que volver a recuperarlo. Quedaron en que tomaría un vuelo de la Royal Air Maroc hasta Marrakech, donde se reunirían dos días más tarde.

José, Ramón y Pablo embarcaron en el ferry con rumbo a Marruecos y cuando llegaron a Tánger Med se dispusieron a pasar por el escáner ajenos al peligro. Los funcionarios vieron un trío de relajados turistas en un viejo camión que tenía pinta de encontrarse en la antesala de su última aventura africana antes de ser vendido por piezas en algún remoto mercado, consideraron que no suponían ninguna amenaza y archivaron el resultado de la inspección sin apenas mirarlo mientras bromeaban acerca del lamentable aspecto del vehículo.

Después de cumplimentar los trámites de entrada en Marruecos, circularon por autopista hasta Kénitra. Ramón y Pablo montaron sus tiendas sobre la hierba del camping La Chenaie y José preparó su litera dentro del camión.

Dieron un paseo hasta el centro y buscaron un restaurante para cenar. Encontraron uno pequeño con la cocina en la acera. Pidieron albóndigas de pescado y una sopa a base de carne, tomates y legumbres llamada harira. Mientras esperaban a que les sirvieran, un anciano que se encontraba en la mesa de al lado luchando contra el párkinson para ingerir su harira sin derramar una sola gota empezó a gritarles en amazigh, el idioma Bereber, con ojos desorbitados.

Los viajeros pensaron que el marroquí les estaba insultando y se asustaron. El dueño del restaurante se dio cuenta, vino para tranquilizarles y tradujo lo que decía el viejo:

- Grandes inundaciones en Australia. Enormes extensiones anegadas. Millones de damnificados.

Agradecieron la información y regresaron paseando hasta el camping. De camino compraron dulces tradicionales en una pâtisserie.

Al día siguiente retomaron la autopista y continuaron hasta el camping Ferdaous de Marrakech, donde Harry les estaba esperando.

Fueron en taxi colectivo hasta la Plaza de Jamaa el Fna y cenaron en uno de sus puestos.

Visitaron el Zoco y Pablo fotografió un expositor de dulces capaces de saciar la gula de varias generaciones de monarcas.

Al día siguiente pasaron por Agadir y Tiznit, donde Ramón compró un espectacular machete de fabricación soviética con forma de bayoneta de AK-47 para cortar pan. Subieron el puerto de Tizi-Mighert, bajaron el puerto de Agni Mrharn y compraron pan en Bouizakarne para estrenar el machete. Buscaron un sitio tranquilo bajo las estrellas y acamparon.

Harry sacó una botella de aguardiente de quina que había comprado como prevención contra el paludismo y bebió un trago a morro. Nunca había entrado en una farmacia y compraba todas sus medicinas en la licorería de su barrio. Para no quedarse corto se había traído media docena de botellas en una nevera azul. Los demás compartían anécdotas, jamón ibérico y orujo con alegría mientras él permanecía en silencio.

Al día siguiente desayunaron en Guelmin y continuaron por una desértica carretera hasta Laayoune. Contemplaron algunas fachadas quemadas durante las revueltas de octubre y cenaron pescado en La Perla. Después fueron hasta Foum el Oued y se alojaron en uno de los bungalows del complejo Le Champignon.

Al día siguiente fueron por la carretera de la playa en dirección a El Marsa y divisaron un barco encallado. José aparcó en la cuneta y también quedó encallado. Retiraron la arena con una pala y colocaron planchas bajo las ruedas. Una vez desatascado el camión se acercaron hasta las rocas, donde había un hombre pescando.

Pablo se acercó y le hizo una foto. Le preguntó si era saharaui y el pescador asintió.

Pablo era un buen chico y le mostró su apoyo a la causa saharaui. El pescador le miró con gesto cansino y le dijo:

- Soy descendiente de los saharauis que huyeron hacia el norte cuando llegaron las tropas españolas.

Pablo contestó:

- Nunca había oído hablar de eso...

- Porque en su país todavía siguen creyendo que les recibimos con los brazos abiertos. Si eso fuera cierto habría sido la primera vez en la Historia que ocurriese algo parecido, dijo el saharaui.

- Pues tenía entendido que la convivencia fue pacífica, replicó Pablo.

- Claro, pacífica con los que colaboraron con las fuerzas de ocupación. Los demás tuvimos que refugiarnos en el desierto o huir hacia el norte. El gobierno marroquí no tenía medios para auxiliarnos y nos acogió la población. Nos mezclamos con ellos pero conservamos nuestras raíces y siempre quisimos regresar a nuestra tierra. Después el problema se complicó por intereses ajenos a nuestro pueblo. Solo queremos vivir en paz y reunirnos con nuestros hermanos que languidecen en la hamada, pero los cizañeros solo benefician a los intransigentes que nos utilizan para quedárselo todo.

Pablo se despidió del saharaui y regresó pensativo con Ramón, que aprovechó la ocasión para ejercer su función de padre:

- Hijo, no existe una única verdad y siempre es bueno escuchar las opiniones de las demás aunque no las compartamos.

Regresaron al camión y continuaron hasta Boujdour. Dieron un paseo por su calle principal. Delante de un restaurante había peces expuestos sobre una mesa de plástico blanca. Eligieron los más apetitosos y el cocinero se los frió en una enorme sartén. Después de comer siguieron hasta Lacraa.

Cuando se disponían a acampar en la desértica playa de la izquierda vino un gendarme a decirles que se fueran a la abarrotada playa de la derecha. Estacionaron junto a un grupo de autocaravanas y fueron a dar un paseo hasta un poblado de pescadores.

Tres pescadores que estaban sentados sobre una roca llamaron a los demás para que subieran corriendo a contemplar juntos la puesta de sol.

La luna provocaba mareas que producían olas que movían el agua esculpiendo piedras que moldeaban el viento.

Al día siguiente el viento horadaba las piedras para almacenar agua.

Continuaron hacia el sur y durante una parada para descansar descubrieron otra playa desierta, pero carecía de accesos. Quizá por eso permanecía desierta. Lo mismo le ocurría al corazón de Harry.

Por la tarde vagaron por el extraño y terrible paisaje de otro planeta. La tierra estaba cubierta por unas plantas rojas que habían traído los marcianos en su segundo intento por invadir la Tierra. Después de su primer fracaso se habían vacunado contra las bacterias, pero no estuvieron muy acertados al elegir el sitio donde aterrizar y murieron de sed en medio del desierto. Por eso nadie se enteró.

Al llegar al puesto fronterizo de Marruecos en Guerguerat se encontraron con un descomunal atasco.

El gobernador había dado orden para que todos los vehículos fueran examinados exhaustivamente en el escáner. Por lo visto un aduanero de Tánger Med había encontrado casualmente evidencias de un cargamento de armas en una antigua inspección que nadie se había molestado en mirar. Ni siquiera habían anotado la matrícula del vehículo. Los agentes sospecharon que se dirigía a Mauritania.

Los primeros de la fila llevaban varios días esperando. Solo pasaban 20 al día y cada vez había más, por lo que salvo imprevistos y sin contar con los que se colaban por la cuneta, su turno llegaría en una semana. Los viajeros rápidamente tomaron las decisiones pertinentes para afrontar este inesperado problema. Pablo subió a una colina para hacer fotos, Ramón puso al día su diario, José continuó con la lectura de un libro de Jack London y Harry trazó un plan.

Entró en una casa en construcción y buscó una barra de hierro. Compró pilas y con un alambre construyó un potente imán.

Esperó un par de días a que se caldeara el ambiente y caminó hasta el final de la fila, que ya medía un par de kilómetros. Localizó una furgoneta recién llegada en la que viajaban nueve senegaleses que iban a Touba para celebrar la fiesta del Gran Magal y les dijo que Marruecos, en un acto de intolerancia sin precedentes, había bloqueado la frontera sin previo aviso para fastidiarles.

Los senegaleses montaron en cólera y se dirigieron hacia el puesto fronterizo para pedir explicaciones, pero cólera no podía con todos y tuvieron que continuar andando. Harry fue detrás difundiendo a la gente que esperaba rumores tales como "quieren cobrarnos una tasa de 100 euros por vehículo" o "han vuelto a encarcelar a Nelson Mandela".

La manifestación fue animada por las canciones protesta de unos camioneros especialmente sensibilizados con el problema del apartheid, que les trajo recuerdos de una juventud en la que los artistas todavía se unían para luchar contra las injusticias y no para encarcelar a pobres diablos que venden cds piratas en la calle.

La multitud se arremolinó frente a la barrera. Harry aprovechó la confusión para colarse y accedió con su imán hasta el hangar del escáner, que se encontraba vacío porque todos los funcionarios habían acudido a contener la revuelta.

Pasó la barra de hierro imantada por el escáner inuntilizándolo. Después desmontó su artilugio, enterró las piezas detrás del hangar y saltó el muro para salir. Regresó tranquilamente al camión y estuvo un par de horas esperando hasta que la fila comenzó a moverse.

Pablo se alegró de que hubiera vencido la presión popular, mientras Harry exteriorizaba su triunfo silbando una canción que aludía inconscientemente al objetivo de su viaje.

Atravesaron Mauritania lo más rápido que pudieron.

Pararon en Boutilimit a comprar pan. Hasta ese momento Harry no había participado en las tareas comunes, de hecho desde el inicio del viaje no había movido un dedo por nadie. Ramón le pidió que comprase pan. Harry descendió del camión, se acercó lentamente a un puesto y cogió unas barras que habían caído al suelo, arrebatándoselas a una cabra que las estaba lamiendo. Ese día solo Harry comió pan y por tácito acuerdo entre todos fue la primera y última tarea que se le encomendó en todo el viaje.

Compraron Ouguiyas en una casa de cambio y continuaron hasta el puesto de control de Djoûk, donde durmieron.

Al día siguiente subieron a una duna para contemplar el oasis de Ekamour.

Pasaron por Ayoûn el Atroûs y continuaron hacia el sur. Por la tarde coincidieron con una caravana de camellos que transportaba sal.

Con los últimos rayos de sol montaron su campamento cerca de unas jaimas.


El patriarca de una de las familias que vivían en el grupo de jaimas les invitó a tomar té verde chino.


Vino toda la familia.

Menos Harry, que se fue a dar un paseo.


Aicha se dio cuenta de que faltaba uno y salió en su busca.

Encontró a Harry en lo alto de una duna contemplando el horizonte y le invitó a reunirse con los demás en la jaima. Harry escuchó su dulce voz y sintió que algo se rompía en su interior. Aicha le miró a los ojos durante unos interminables segundos y se dio cuenta de que era muy desgraciado. También percibió que llevaba muchos días sin ducharse. Le agarró suavemente del brazo y le llevó hasta un pozo. Le quitó la ropa con delicadeza, sacó agua y se la echó por encima. Con una pastilla enjabonó enérgicamente su cuerpo, sacó otro cubo de agua y le aclaró. Luego se sentó bajo una acacia y esperó a que se vistiera. Harry se sentó a su lado y estuvo un buen rato contemplando las estrellas en silencio hasta que se acordó de que todas las personas que le habían querido en su vida acabaron mal. Se levantó y se alejó sin volver la vista atrás mientras Aicha pensaba que tarde o temprano volvería.

Esa noche Harry durmió profundamente por primera vez desde hacía muchos años y soñó con un muro desplomándose a su alrededor, pero al día siguiente su autodefensa le obligó a olvidarlo todo.

Cruzaron la frontera con Malí y comieron en Nioro du Sahel.

Por la tarde pasaron Diéma y acamparon a los pies de un enorme baobab.

Al día siguiente Harry se levantó al amanecer y desde lo alto del camión se dió cuenta por primera vez de que los colores cambiaban a medida que salía el sol.


Los pastorcillos Peul de un poblado cercano vinieron a saludarles.


Dos de ellos se dieron cuenta de lo que le estaba ocurriendo a Harry y le observaron con curiosidad.


Por la tarde llegaron a Bamako, donde la gente seguía con preocupación las noticias sobre la guerra de Zamunda.

Al día siguiente fueron a dar un paseo y estuvieron viendo un partido de fútbol hasta que se percataron de que detrás había una gigantesca montaña de basura.

Pablo se acercó y fotografió a unos niños que intentaban subir una carretilla llena de desperdicios.

De pronto apareció Harry desde atrás y ayudó a los niños a empujar la carretilla mientras les animaba con un ¡Venga chavales!, como un entrenador motivando a su equipo. Ese acto desconcertó a Pablo porque era la primera vez que veía un gesto humano en Harry, que al bajar le espetó:

- ¿Quién cojones te crees que eres? El sufrimiento de los niños NO es un espectáculo.

Al decir eso Harry estaba pensando en una fotografía que ganó muchos premios de periodismo en la que aparecía su pálida madre desangrada en el frío suelo de la cocina de su casa mientras dos policías se llevaban a su padre esposado, y añadió:

- ¿Dispararías tu puta cámara contra un grupo de hombres armados?

Pablo se avergonzó de sí mismo y no se atrevió a contestar.

Después de unos días de descando cruzaron la frontera con Burkina Faso y visitaron el lago Tengrelá.

Vieron hipopótamos cazando moscas.

Un niño atrapaba las ondas que su amigo creaba al remar.

Durmieron en un campamento cerca del lago. Al día siguiente el cielo se reflejaba en el suelo de las piraguas inundadas.

La sombra de Pablo era alargada.


Un pescador había dejado su ropa a secar en el interior del refugio que había bajo el mirador.


Continuaron hasta Gaoua, dejaron el camión en el hotel Hala y alquilaron unas motos para visitar a Sib, el feticheur de Kampti,

que les enseñó sus altares dentro


y fuera de su sukala.


Los fetiches permanecían impasibles.

Regresaron a Gaoua y al día siguiente atravesaron el País Dagari. Entraron en una casa para conocerla.


Al principio fueron bien recibidos.

Un chico les hizo una demostración con el balafón, pero vino un adulto y le regañó porque dijo que esos instrumentos solo debían ser utilizados en ceremonias.

Cerca de la frontera con Zamunda empezaron a ver vehículos repletos de refugiados que huían de la guerra.

Cruzaron la frontera y unos rebeldes les ordenaron detenerse. Primero les dijeron que no podían entrar. Luego les pidieron 120.000 francos CFA por cabeza para expedirles unos visados estampados con tinta invisible y finalmente les dejaron pasar a cambio de una módica cantidad de dinero. Ramón animó la negociación mostrando el machete de fabricación soviética con forma de bayoneta de AK-47 que había comprado en Marruecos mientras a su hijo le dio por tomar fotos hasta de las hormigas sin el menor recato.

Uno de los rebeldes que parecía gravemente trastornado puso la guinda dando vueltas alrededor del grupo con una Beretta cargada en la mano.

Después de atravesar con más o menos fortuna numerosos controles de carretera llegaron a Tattoine, la ciudad más importante del norte de Zamunda, y se alojaron en el Hotel Mont Tattoine, cuyos dueños habían hecho un gran esfuerzo por mantenerlo abierto a pesar de la falta de huéspedes. Los turistas habían dejado de acudir desde el inicio de la guerra en 2002.

Al día siguiente José propuso visitar una misión católica conocida como La Misión donde las monjas recogían niños de la calle y les enseñaban una profesión. Tenían una escuela de artesanos en la que fabricaban djembés de muy buena calidad. Ramón y Pablo aceptaron mientras que Harry dijo que prefería hacer montañismo.

Subió hasta lo alto del monte Tattoine y estuvo un rato observando la ciudad hasta que localizó lo que estaba buscando: casas fuertemente protegidas en barrios humildes, donde suponía que vivían los jefes rebeldes. También había barrios acomodados, pero Harry pensó que los rebeldes preferirían construir sus fortalezas en sus lugares de origen, donde se sentirían más protegidos y podrían presumir de prosperidad ante sus amigos de la infancia.

Harry se acercó a una de esas casas y comprobó que todas las evidencias le indicaban que había acertado. En la puerta había vehículos caros con cristales tintados, pandilleros tatuados exhibiendo grandes cadenas de oro y sortijas con diseños de calaveras y rap a muchos decibelios. Todos llevaban gafas de sol Dolce & Gabbana aunque estuviera nublado.

Harry preguntó por "el gran patrón" y no se sorprendió cuando le dijeron que entrara libremente sin ser cacheado, ya que estaba acostumbrado a tratar con ese tipo de personas y sabía que ante la mínima sospecha de un movimiento en falso le freirían a balazos desde varios puntos diferentes. Por eso franqueó despacio la puerta del muro. Fue derecho a la piscina y se dirigió al único que estaba desarmado sobre una tumbona rodeado de espectaculares chicas en biquini. Le propuso sin preámbulos intercambiar un centenar de AK-47 por cocaína. El jefe del Frente para la Liberación de Zamunda pensó que en su terreno no tenía nada que perder y aceptó. Estaba cansado de lo aburrida que se había convertido su vida desde que se firmó el último alto el fuego y quería algo de acción. Le dijo que trajese las armas cuando quisiera. Harry respondió que prefería entregárselas en el hotel Mont Tattoine a las 3 de la mañana y dijo que quería la cocaína en una bombona de gas herméticamente cerrada.

Cerraron el trato con un apretón de manos que Harry aprovechó para dejar claro que si alguien le traicionaba volvería para ajustar cuentas. Lo dijo de tal forma que al jefe rebelde no le cupo la menor duda de que en anteriores ocasiones había cumplido sus amenazas, pero no se inmutó cuando vio la muerte en sus ojos porque también era un tipo duro y le ofreció un transporte para regresar al hotel.

Cuando Harry llegó al hotel los demás viajeros le estaban esperando porque las monjas les habían cedido unas modestas habitaciones en La Misión y dejaban el Mont Tattoine. Además les invitaban a cenar. Harry dijo al conductor que le había traído que informase a su jefe de que la entrega debía producirse a la hora acordada en La Misión y no en el hotel.

Durante la cena José comentó que habían traído unas bombas de agua para regadíos y preguntó a Harry a quién pensaba donarlas porque ya tenía que empezar a llenar el camión con artesanía, pero Harry le ignoró.

Cuando todo el mundo se hubo retirado para dormir, Harry comenzó a descargar las cajas que contenían las armas. Buscó un sitio para esconderlas hasta que vinieran los rebeldes y escogió el almacén de la lavandería.

La cocinera, que se disponía a regresar a su casa después de haber recogido, se acercó al camión y con emoción contenida le dijo:

- Durante la cena he oído lo de las bombas de agua. Ya veo que ha decidido dejarlas aquí, es usted muy amable y lo menos que puedo hacer es ayudarle a descargarlas.

La mujer se llamaba Sorance. Era joven, alta y fuerte. Su cuerpo había sido esculpido por el duro trabajo de acarrear agua y leña cuando se cortaba el suministro de electricidad, algo que ocurría a menudo. Podría decirse que era una mujer imponente en todos los sentidos, y sin esperar respuesta se puso a descargar.

Harry se encogió de hombros sin contestar y continuó con su tarea. Cuando terminaron de meter las cajas en el almacén de la lavandería contempló la escultural figura de Sorance tras su fino delantal y encendió un cigarro acordándose de Aicha.

De pronto oyó ruidos de botas acercándose. Miró el reloj y vio que todavía era la una de la mañana. Cuando quiso darse cuenta estaban rodeados por media docena de rebeldes armados que vestían el uniforme del Frente Patriótico Zamundés, enemigo del Frente para la Liberación de Zamunda. Entre ellos estaba el conductor que le había llevado desde la casa del jefe rebelde del FLZ hasta el hotel Mont Tattoine.

El traidor les dijo que no gritasen o les matarían y se los llevaron al exterior del recinto de La Misión. El jefe del comando preguntó a Harry por los AK-47 y como no obtuvo ninguna respuesta ordenó a sus hombres que le rompiesen las piernas. Sorance intervino:

- Diles lo de las bombas, ¡Estos idiotas se han confundido!

Harry suspiró.

El jefe rebelde interrogó a Harry sobre las bombas. Como tampoco obtuvo ninguna respuesta se enfadó y ordenó a sus hombres que le arrancaran los miembros uno a uno hasta que confesase. Harry comenzó a pensar que las cosas no eran tan fáciles como había previsto, que quizás debía haber dedicado un poco más de tiempo a planear los detalles de la operación y para evitar males mayores le dijo dónde estaban los fusiles de asalto.

El jefe envió a su ayudante al almacén de la lavandería para comprobar si era cierto lo que decía Harry. Un minuto después regresó e informó de que había encontrado cajas llenas de fusiles, pero ni rastro de las bombas.

- Buen chico, dijo el jefe de los rebeldes frotándose las manos. Ahora dinos dónde están las bombas o mis hombres te descuartizarán vivo. ¿Son bombas de racimo? ¿O bien granadas de mano, de mortero o de RPG?

En ese momento Harry fue plenamente consciente de que no valía como estratega para operaciones de gran envergadura y consideró imposible convencerles de que esas bombas no existían. Tuvo claro que no saldría vivo de allí. Rápidamente ideó un plan para acabar con todo sin sufrimientos y dijo:

- No son bombas, se trata de una pócima que llamamos "bomba" y está en el camión, en una nevera azul.

El jefe ordenó inmediatamente a su ayudante que regresara al recinto y trajera la nevera del camión.

Mientras esperaban, el traidor le arrancó la ropa a Sorance con intención de violarla, pero el jefe no quería distracciones y le ordenó que esperase a terminar el trabajo que habían venido a hacer.

El ayudante regresó con la nevera. Su jefe la abrió y sacó una botella de aguardiente de quina. Se la entregó a Harry y le ordenó que explicase cómo funcionaba. Harry la descorchó y dijo:

- Esta poción mágica crea un vínculo entre todos aquellos que la beben, de forma que nunca pueden hacerse daño entre ellos.

El jefe rebelde era muy supersticioso pero no le creyó, porque en la zona rural de donde provenía solo los iniciados controlaban la magia, y pensó que Harry no podía pertenecer a ningún clan. Pero tampoco estaba completamente seguro porque había oído hablar de que algunos blancos eran capaces de hacer cosas extraordinarias como viajar a la luna.

Harry se percató de que no le había convencido pero no tiró la toalla e insistió con voz serena:

- Si todos bebemos esta pócima, su magia nos impedirá matarnos entre nosotros.

El jefe rebelde le ordenó que bebiese y Harry dio un trago. Luego ordenó a sus hombres que bebiesen y al ver que no era un engaño para envenenarles, bebió él. Harry añadió que la poción mágica en grandes dosis incrementaba la potencia sexual. Los rebeldes se miraron, observaron a Sorance y empezaron a beber como cosacos.

- Ahora no podemos hacernos daño, dijo Harry. Incluso si os disparáis mutuamente, las balas no os tocarán.

Los rebeldes rieron. El aguardiente de 50 grados estaba empezando a emborracharles.

- Un buen truco para que nos matemos entre nosotros pero no nos engañas, dijo el jefe rebelde. Vamos a probarlo contigo.

Harry apoyó su espalda contra la pared exterior de La Misión y les retó a que le disparasen todos a la vez.

- Vais a comprobar que digo la verdad porque no sufriré ni un rasguño, añadió.

Los rebeldes blandieron sus AK-47 y se alejaron unos pasos. Su jefe levantó un brazo y empezó a imitar el redoble de un tambor. Los rebeldes apuntaron a Harry entre carcajadas. El jefe bajó el brazo y sonó un gran estruendo. Sorance aprovechó el humo de los disparos para huir. El cuerpo de Harry cayó desplomado sonriendo por primera vez en muchos años, ya que por fin algo le había salido bien.

Los rebeldes enmudecieron hasta que comprendieron que Harry les había engañado para evitarse la tortura y volvieron las carcajadas, esta vez redobladas.

Mientras, Sorance había corrido hasta la lavandería y se había cubierto con lo primero que encontró, un descosido hábito de monja. Cuando salía por la puerta de atrás vio una de las cajas abiertas por el rebelde y descubrió las armas.

El ruido de los disparos despertó a todos. Ramón salió de su habitación y vio cruzar a los rebeldes, que venían a llevarse las armas. Recordó las palabras de Harry en el basurero de Bamako, cogió su cámara y desde la penumbra comenzó a fotografiarles. De pronto la puerta de la lavandería se abrió y apareció Sorance vestida de monja con una larguísima pierna perfectamente contorneada que asomaba por un roto del hábito disparando balas trazadoras con un flamante fusil de asalto VZ58 checo de última generación. Los rebeldes se encontraron de bruces con ella, dieron media vuelta y huyeron despavoridos. El traidor que pretendía violarla había cometido el error de quitarse el cinturón prematuramente y corría con los pantalones por los tobillos enseñando el culo.

Mientras tanto en el exterior de La Misión Harry yacía confortablemente anonadado en el suelo. No estaba muerto porque cuando el jefe de los rebeldes ebrios ordenó disparar tuvo en cuenta el fuerte retroceso de los AK-47 y se tiró al suelo ladeándose hacia la izquierda de forma que las balas no le tocaron. Pero una de ellas rompió un trozo de muro lanzándolo contra su nuca y quedó inconsciente.

Soñó que estaba muerto y que su alma viajaba por un túnel hasta una sala de juicios como las que tanto había frecuentado durante su delictiva vida. Pensó que le había llegado su día del Juicio Final y que después de la cantidad de pecados que había cometido iría derecho al Infierno. Pero el juez resultó ser uno de los niños del basurero a los que había ayudado. Estaba sobre un pedestal blanco rodeado de nubes blancas, por lo que resaltaba mucho. El niño-juez leyó su pensamiento y le dijo:

- Relájate, no irás al infierno porque ya has estado allí. Todavía no ha llegado tu hora. Recuerda que un solo acto de bondad puede compensar toda una vida de maldad.

Dio un fuerte golpe con su mazo y se disipó como una quimera.

Harry despertó desorientado y se alejó de La Misión tambaleándose mientras repetía "un solo acto de bondad puede compensar toda una vida de maldad, un solo acto de bondad puede compensar toda una vida de maldad."

Vagó por la ciudad y acabó en la estación de autobuses. Tomó el primer transporte hacia el norte y cruzó la frontera pensando en Aicha.

Cruzó un ancho río en pinaza y se propuso ser digno de Aicha.

Se le acabó el dinero y en lugar de robar se enroló en el Kankou Moussa.

Trabajó duro y aprendió a vivir humildemente.

Trabó amistad con un tripulante tuareg del Kankou Moussa, que le invitó a una boda en la que conoció a una mujer parecida a Aicha, pero pensó que todavía no la merecía. Durante la celebración descubrió el origen de la música, su alma fue liberada por el espíritu del ritmo y por primera vez en su vida bailó.

Cuando las aguas del río descendieron y el Kankou Moussa dejó de navegar, aprendió el oficio de camellero y se unió a una caravana que se dirigía a Mauritania.

La ruta prevista pasaba cerca de las jaimas donde había conocido a Aicha. Un día el jefe de la caravana le miró fíjamente a los ojos y le dijo:

- Si ella te quiere no esperes más y ve a buscarla. La vida es más corta de lo que crees y debes aprovecharla o se te escapará. Cuando acabe no habrá vuelta atrás.

Harry caminó sin descanso durante varios días y cuando llegó al pozo se sentó a descansar. Luego se aseó, se puso ropa limpia, se tumbó bajo la acacia esperando a Aicha y se durmió.

Una dulce voz le despertó:

- Sabía que volverías.

Durmieron juntos bajo las estrellas y al amanecer Aicha le mostró su lado práctico.

- El amor es muy bonito, pero hay que vivir de algo. ¿Qué sabes hacer?

Harry la miró fijamente y trazó un plan.

Mientras tanto en la bandeja de entrada de su correo electrónico languidecía un antiguo mensaje de José:

<< Que passssssssssa tiiiiiiiiiíiiiiiiio! Pero donde te meeeeeeeéeeeeeeeetes! Después de la movida en La Misión no volvimos a verte el pelo! En la frontera nos dijeron que te habían visto regresar en autobús. Entiendo que salieras por patas, la cosa se puso fea.

Ya sabrás que Pablo consiguió el Pulitzer por una de las fotografías que tomó esa noche. Ahora está con Sorance Supersœur dando conferencias por todo el mundo para contar su experiencia y me han dicho que se van a casar.

Siento decirte que las bombas de agua desaparecieron, seguramente se las llevaron los rebeldes antes de las tracas. Todo el viaje cargando con ellas pa-ná.

No veas el arsenal que guardaban las monjas. En el programa de desarme de las Naciones Unidas les han dado 960 euros por fusil y ahora están forradas. Te perdiste el viaje de vuelta, estuvo bien. Te envío unas foticas muy chulas de barcos encallados y acantilados. Al final todos los djembés que compré llegaron bien.

Por cierto, me avisaron del hotel Mont Tattoine para decirme que alguien te había dejado una bombona de gas. Nos la llevamos y quisimos usarla para hacer una paella el último día en Marruecos pero no funcionaba. La abrimos y el gas se había estropeado, se había condensado y parecía polvo blanco. Lo tuvimos que tirar por el retrete y la rellenamos de gas. Puedes pasarte cuando quieras por mi casa para recogerla, espero que nos veamos pronto, un abrazo.

P.D.: Aunque Gary Moore ya no esté con nosotros siempre quedará el blues, colega. >>


EPÍLOGO:

Años más tarde en algún lugar de Koutammakou, el país de los Batammariba, los jefes de todos los clanes están reunidos a la sombra de un enorme baobab. Toma la palabra el más locuaz:

- Como sabéis, un grupo internacional de inversores quiere comprar nuestras fértiles tierras para producir biocombustibles. Nos ofrecen a cambio salarios, casas nuevas, carreteras asfaltadas, una central eléctrica, alumbrado público, abastecimiento de agua, una red de saneamiento y depuradoras.

- Nosotros no trabajamos por un sueldo sino para la comunidad, dice uno.

- No necesitamos casas nuevas porque ya tenemos nuestras takientas, dice otro.

- No necesitamos carreteras asfaltadas porque no tenemos coches, dice otro.

- Ya tenemos electricidad en Nadobá, y nos sobran las farolas. Antes veíamos bien por la noche porque nuestros ojos se habían acostumbrado a la luz de la luna y las estrellas, pero desde que pusieron las farolas ya no vemos nada por la noche, dice otro.

- Ya tenemos un dispensario médico y escuelas en Nadobá. No nos hace falta nada más, dice otro.

- Tenemos agua de sobra en nuestros pozos. ¿Qué se creen que hemos estado bebiendo hasta ahora?

- No necesitamos una red de saneamiento, sabemos abonar nuestros campos de cultivo, dice otro tirándose un sonoro pedo.

(risas)

- Ya les hemos dicho educadamente que se lleven sus inversiones a otro sitio, dice otro.

- ¡Que se las metan por el culo!

(risas)

- Pero insisten porque están convencidos de que es lo mejor para todos y ya han llegado a un acuerdo con el gobernador, dice otro.

- ¡En Kandé hay un centenar de bulldozers listos para hacer tabla rasa en nuestros campos de cultivo!

- No estamos preparados para defendernos. Solo tenemos arcos y flechas, dice otro.

Se produce un silencio. El que había hablado al principio se levanta solemnemente y retoma la palabra:

- Conozco alguien que podría ayudarnos.

Mientras los demás asienten gravemente, gira la cabeza y silba.

Harry está apoyado en un árbol. Saca un cigarro, lo enciende, se acerca al grupo y cuando el sol le da en la cara frunce el ceño y se detiene. Suelta una bocanada de humo y con voz suave pregunta:

- ¿A quién hay que hostiar?

THE END




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