VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 2012

Cada viaje es una sucesión de momentos más o menos memorables marcados por sensaciones y reflexiones. Voy a descibir los que recuerdo intentando ser breve para no resultar demasiado aburrido. Los datos prácticos aparecen mucho más y mejor detallados en cualquier guía de viajes. Al final los pensamientos son lo único que importa y muchas veces no tienen nada que ver con la realidad.

Sentí miedo al cruzar el Estrecho. Temía que algo fallase y no regresar jamás. Si hubiera ido nadando, me habría dado la vuelta en cualquier momento. No entendía a los que se colaban para embarcar antes, íbamos todos en el mismo barco. Además los ferrys solo tienen una puerta de embarque para vehículos y los últimos en entrar suelen ser los primeros en salir.

Solo se me ocurrían unas cien partes por las que el camión podía romperse en cualquier momento sin posibilidad de reparación, pero a mí me parecían un millón. Se supone que ya debería haberme endurecido, pero me sentía la pieza más blanda de todo el engranaje. Nuestra relación cambió radicalmente el día que empecé a preguntarme si yo era lo suficientemente bueno para él en lugar de preocuparme por si él era el vehículo apropiado para mí.

Me acordaba de Ruth y José, los niños de Córdoba. Cuando uno viaja se lo lleva todo en su cabeza, es imposible desconectar. A veces acontecimientos lejanos de desconocidos afectan como si fueran personales. En el mundo hay gente buena y gente mala. También hay demonios con aspecto inofensivo.

El guionista de la película Watchmen se lució con este chiste: Un hombre va al médico y le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel, que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. El doctor le responde: "El tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad. Vaya a verlo, eso lo animará". El hombre se echa a llorar, y dice: "Pero, doctor... yo soy Pagliacci."

Las banderas cambiaban y los hombres también, pero el concepto siempre era el mismo.

Me sentía seguro viajando con un señor que no conocía. Quizás si le hubiera conocido realmente no habría pensado lo mismo. Al despedirnos podía haberse ido sin más, pero me demostró que era una buena persona obsequiándome con un apretón de manos y una franca sonrisa. Ahora me siento todavía más seguro.

Me paré a dormir en un control de la gendarmería. Un camión mauritano estacionó a mi lado. A la mañana siguiente se atascaron al arrancar. La arena atrapa incluso a los más curtidos, nadie está a salvo.

Una reina con sus dos príncipes viajaban en carroza hacia Diandioumé. Quizás mi imaginación me jugara una mala pasada y se tratase de otra población, de lo demás estoy casi seguro.


Caminando por las calles de Bamako vi a un señor que llevaba varias cámaras viejas colgando. Inmediatamente me enamoré de una Yashica Electro 35 y se la compré por 15.000 francos CFA. Me pareció tan fea e indestructible como mi camión, mi tocadiscos Philips o mi bici Orbea Sierra Nevada, un estupendo regalo de mi cuñado. Los tres tienen en común que nos alargamos y alegramos la vida mutuamente. Me recuerdan a los protagonistas de "Los Músicos de Bremen", el cuento de los hermanos Grimm. Me he interpuesto en sus caminos hacia un apacible desguace, un tranquilo trastero y un plácido cajón.


Estuve varios días en el campamento Kangaba a las afueras de Bamako esperando a mis compañeras de viaje, que llegaban en avión desde España. Por fin pude relajarme y descansar. Leía, nadaba y no pensaba en nada. ¡Vacaciones!


Visité a un amigo y aproveché para estrenar mi nueva cámara vieja con su familia. Después de la vorágine digital, volvía a fotografiar como antes: tomándome mi tiempo para seleccionar cada imagen, enfocando cuidadosamente, aguantando la respiración antes de disparar, arrodillándome en lugar de agacharme. Era como volver al pueblo para reencontrar a los amigos de la infancia. Qué bonito. Claro que todavía no me había dado cuenta de que la tapa de la cámara tenía un agujero más grande que el de Rumasa. La luz que entraba me veló la mayor parte de las fotos. Estaba dilapidando alegremente mi poco dinero en plena crisis económica mundial. Hace falta ser inocente para pensar que una cámara comprada por 23 euros sin regatear a un vendedor ambulante en una calle de Bamako puede funcionar perfectamente, pero es lo que hay. Cada uno tiene sus limitaciones.



Para que no se note tanto la franja velada, las fotos quedan mejor en blanco y negro.

Esta foto de las flores se salvó de casualidad.

Afortunadamente todavía no había tirado las cámaras digitales y me las llevé a una excursión alrededor del campamento Kangaba. El paisaje era precioso, parecía mentira estar tan cerca de la bulliciosa ciudad de Bamako.


Hervé Depardieu abrió el campamento Kangaba en 2008 en un pequeño valle cerca de Bamako. En él ha invertido todo el dinero que ganó vendiendo djembés y otros instrumentos de buena calidad. Ha proporcionado trabajo a mucha gente y sus empleados le aprecian. Ahora el campamento está vacío porque los viajeros tienen miedo de ir a Malí. Los djembés ya no se venden como antes porque los jóvenes que los compraban están demasiado ocupados buscando trabajo o esforzándose por conservarlo.


Hervé Depardieu es un emprendedor honesto y trabajador que se merece mejor suerte de la que está teniendo. El mundo necesita personas como él y estoy seguro de que encontrará alguna forma de salir adelante a pesar de todas las dificultades. Como suele decirse en África en estos casos, "ça va aller".


Recogí en el aeropuerto a mis compañeras de viaje y continuamos  rumbo a Lomé. Si quiere ver un magnífico video de esta parte del viaje grabado por la excelente fotógrafa Carmen Marroquín, por favor pinche AQUÍ.

Día de mercado en Ouélessebougou. Los porteadores y los carros descansaban entre carga y descarga.


Una Mercedes Sprinter aprovechada a tope. Cuando viajo con el camión medio vacío siento que estoy desperdiciando recursos, pero no sabría qué hacer con tantos sacos.


Una amable señora me dejó hacerle una foto. Gracias.


Paramos a comer a la sombra de un árbol y mientras fotografiaba a mis compañeras de viaje pensé en la suerte que había tenido con ellas. Las personas agradables y normales son excepcionales, por eso cada vez las aprecio más.


Cuando uno tiene la suerte de encontrar alguien así, debe hacer todo lo posible para conservar su amistad. Un café en compañía de gente buena sabe mejor.



El ermitaño de Missirikoro parecía haber superado su síndrome de diógenes.

Había llovido mucho y se esperaban buenas cosechas. El año anterior había sido un desastre. Lo malo es cuando se encadenan varios años de sequía.


El loco hizo una gracia y la gente se rió. Al principio se puso contento, pero cuando se dio cuenta de que se reían de él, su sonrisa desapareció. No estaba tan loco.


En el mercado de carne de Bobo-Dioulasso había que hacer de tripas corazón.


Cuando sea mayor y adquiera más experiencia con esto de la fotografía quizás consiga que me salga la gente triste, como a los grandes profesionales.


El de las gafas parecía un tipo duro del Bronx y tuve miedo de que me increpase por haberle molestado en un momento de intimidad, pero sonrió y me dio las gracias por haberle fotografiado.


Un niño corría hacia la puerta de entrada de la mezquita de Bobo-Dioulasso.


En el interior reinaba la paz y la tranquilidad.



Un hombre sin suerte se había cansado de luchar por sobrevivir.

Una cascada de camino a Banfora.


Unos niños pescaban en el lago Tengrela.

Los rayos del sol se filtraban entre las nubes.


Al final del día la luz se alzó como en un concierto de Pink Floyd, pero gratis.


Paramos a descansar en Tiéfora y un señor vino a preguntarnos si necesitábamos algo.


Una de las mujeres de Sib, el feticheur de Kampti, con uno de sus nietos.


Luego vinieron todos los nietos.

Una de las hijas de Sib con otro de sus nietos, que no tenía ganas de merendar.

Un altar con fetiches y batebas.

La sala donde se encuentra el altar se llama "thílduú".

Creencias ancestrales arraigadas como las raíces de este árbol. Los no iniciados solo veíamos la superficie.

Estaban ampliando la casa con otra estancia y todo el mundo colaboraba en las obras.


Al día siguiente fuimos a visitar sukalas. Había llovido y la pista estaba embarrada.

Una niña lobí nos mostró su hermoso peinado.

Nos refugiamos de la lluvia dentro de una sukala.

Un niño Lobí apoyado en la rama de un árbol.

Se despierta con el canto del gallo, no tiene que escuchar todas las mañanas las impertinentes ondas acústicas de un despertador digital.

Desayuna leche de cabra recién ordeñada y gachas de mijo almacenado en los graneros de su sukala, no ingiere conservantes ni colorantes ni aditivos.

Trabaja en el campo de cultivo comunitario en compañía de su padre y sus hermanos, no tiene que trasladarse a ningún sitio en coche y no sufre atascos de tráfico. Respira aire puro y en sus pulmones nunca ha entrado el monóxido de carbono.

No sabe distinguir el ruido de un motor diesel de otro de gasolina porque no le hace falta. Sus oídos escuchan el canto de los pájaros desde lejos y tiene una puntería endiablada con su hermoso tirachinas labrado a mano.

Durante todo el día desarrolla actividades físicas que le mantienen en forma y es prácticamente un atleta, no necesita profesor de gimnasia.

Recibe de los mayores conocimientos que les permiten sobrevivir desde hace miles de años y cuando tenga hijos les enseñará todo lo que ha aprendido.

Cuando llega del campo se sienta bajo el árbol y escucha las historias, enseñanzas y consejos de su abuelo.

Por la noche ve perfectamente porque sus ojos están habituados a la oscuridad. No hay contaminación lumínica que le impida contemplar las estrellas.

No sueña con un trenecito eléctrico por Navidades porque no le hace falta y además no tiene pilas. No sueña con un amor imposible porque en cuanto la naturaleza se lo dicte conocerá a su pareja de camino al mercado y procrearán sin represiones morales ni comeduras de coco ni historias raras.

Yo habría sido ese niño si hubiera nacido en algún poblado de Burkina Faso.

Una vecina bien protegida contra la fina lluvia se acercó a conocernos.


Una foto de toda la familia antes de proseguir el viaje.

De camino a Leo paramos a descansar y aproveché que no tenía nada mejor que hacer para atascar el camión en una zona blanda. Al intentar sacarlo del hoyo simplemente conectando la tracción a las cuatro ruedas hice un agujero más grande y conseguí hundir el camión hasta los puentes. Bravo.

Saqué el material de desatasco y a diferencia de lo que ocurriera en una situación similar cinco años atrás en el País Batammariba, el tractel funcionó perfectamente, los vecinos se ofrecieron amablemente a echarnos una mano y nadie se puso nervioso.

Una vez en tierra firme fuimos a visitar la casa de los que nos habían ayudado. Se dedicaban a fabricar balafones y como da la casualidad de que yo me dedico a venderlos, les compré el más grande y hermoso. En la foto aparece Meda Jouel, uno de los artesanos, tocándolo en la maison Cambrie Gora del País Dagari, en Burkina Faso el miércoles 8 de agosto de 2012. Ese fue uno de los mejores momentos del viaje. Si algún día consigo vender el balafón, sería un gran honor para mí llevárselo personalmente al comprador.

Un rayo de sol.


Meda Jouel me enseñó orgulloso el granero lleno.


Estoy seguro de que al ancestro patriarca morador de la tumba le habría encantado ver esta escena.


En Leo un indigente había encontrado su morada en los bajos de un camión abandonado. El telón que anunciaba el final de la función bajaba sin piedad dando por terminado el espectáculo, pero el anciano se aferraba a la vida resistiéndose a abandonar el escenario. No quería irse sin que alguien le dijera de una vez por todas para qué vivimos.

Con su mirada me indicaba que había visto cosas increíbles: atacar naves en llamas más allá de Orión; rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Un vendedor ambulante iluminaba la calle.

Una señora freía buñuelos.

Un herrero soldaba.

El principal tema de conversación en Malí y Burkina Faso era el tiempo, la política interesaba poco. Si el bienestar de la gente dependía en un 95% de las buenas cosechas que traen las lluvias y el trabajo duro, tenían muy claro que no merecía la pena discutir por un 5%.


Comimos arroz con salsa en un restaurante de Pô.

De camino a Tiébélé paramos a ver un inmenso baobab.

Miré fíjamente a la cabra como George Clooney en "Los hombres que miraban fíjamente a las cabras" y la cabra se mosqueó. Entablamos un duelo a muerte con la mirada y nos sentenciamos mutuamente. Es posible que la pena tarde varios años en llegar, pero a nadie le cabe la menor duda de que al final se cumplirá. Mientras tanto y siempre que me dejen, seguiré haciendo viajes transaharianos.

Oí cantar a una señora y me acerqué despacio. Estaba concentrada en su trabajo y no me oyó. Me aproximé un poco más y la fotografié. Luego me senté y le hice los coros en voz baja, dándole un toque de blues. Fui subiendo el tono hasta que me oyó, se incorporó y al verme retrocedió unos pasos azorada. Le pedí disculpas por haber turbado su paz. Según la costumbre africana, cuando alguien comete una falta, la reconoce y pide perdón, se le dispensa automáticamente. Espero que lo del arrepentimiento no influya, porque no me arrepiento de nada. Si se me presentara otra ocasión, volvería a hacer lo mismo. La cuestión es si tendré más ocasiones para hacer lo mismo. Algunas ocasiones solo se presentan una vez en la vida, por eso hay que aprovecharlas. Cuando pasan ya no hay vuelta atrás.


Algunas plantas daban sus frutos hacia arriba y otras hacia abajo.


Un poblado Kassena en las inmediaciones de Tiébélé.


Bajo las estrellas encontré un buen sitio para descansar. La segunda noche llovió y bajo techo encontré otro sitio para descansar tan bueno como el anterior. Al fin y al cabo en cuanto cierro los ojos me da igual lo que haya encima.


Despertar viendo paisajes como éste le dan a uno ganas de hacer una foto.


De camino a Tangassogo vimos mucha gente buscando oro. En diez años su precio se ha multiplicado por cuatro.


En Tangassogo solo las tinajas se dejaron fotografiar gratis, todo lo demás era de pago.

Al día siguiente descubrimos en un valle cercano a Tiébélé un enorme poblado de buscadores de oro al más puro estilo del Lejano Oeste. Tenían incluso su árbol del ahorcado, pero no lo utilizaban.

Miles de personas hacinadas viviendo en condiciones infrahumanas sin servicios básicos.


Las condiciones de trabajo eran muy duras y carecían de medidas de seguridad. En agosto de 2008 murieron 34 buscadores de oro en Konkera, cerca de la frontera con Costa de Marfil, a causa de la crecida de un río.


Aquí trabajaban sin descanso de forma artesanal hombres, mujeres y niños.


La tercera parte eran menores de dieciocho años.


Cruzar la calle era un deporte extremo.


Restaurantes y lavaderos de mercurio conviviendo en plena calle.

En esa especie de gueto había gente de todo tipo que se buscaba la vida como podía. Conocí a la fragil chica de los ojos tristes. Sus hermosos labios sonreían en silencio, pero su mirada apenada pedía a gritos salir de allí.


Una mujer separaba el grano de la paja en el mercado de Garango mientras un burro se le acercaba por detrás para ver lo que podía pillar.

Esta vez otro burro se colocó detrás de la señora y esto es lo que captó.

Estuve tanto tiempo haciendo fotos en el mercado de Garango que la gente se olvidó de mí y me volví invisible. Así pude apreciar su belleza en estado puro.

En las arrugas de esta anciana había más sabiduría que en todos los libros de mi biblioteca.

Según la costumbre africana, cuando un anciano da una orden, primero se le obedece y luego se le pregunta el motivo.


La niña alimentaba una hoguera para cocinar comida con la que se alimentaba.

La elegante directora del hotel Le Campement de Dapaong.

Aunque la avería sea pequeña, siempre viene medio barrio a ayudar.


Hicimos una visita de cortesía al rey Moba.

Aquí se reunían los ancianos Moba durante los asedios de sus enemigos los Tchokossi.

La cascada y las vistas invitaban a darse una refrescante ducha.

Las flores sobrevivían en una grieta de la roca que dominaba la llanura.

Me ofrecieron Tchitcheris previamente desactivados y compré los que más me gustaron.

Una chica nos mostró el peinado más espectacular que he visto en mi vida.

Un agricultor Batammariba de la región de Koutammakou a las puertas de su takienta.

Otro agricultor retratado con la Yashica.

Fuimos a dar un paseo y entramos en una takienta, tata para los amigos.

Delante de la takienta había un enorme altar de fetiches.

  Una foto de familia para recordar el momento. La imprimiré y se la llevaré en el próximo viaje.

Con el efecto niebla de la cámara vieja, la señora parecía más antigua.


Parece mentira que los camiones pasen por ese huequecito.

En Sokodé nos subimos al campanario de una iglesia para ver el paisaje.

Me subí al tejado del hotel Le Sahelien de Hiheatro para fotografiar el amanecer.

En su jardín crecía una palmera que me recordó a la corona del Rey Julien de los Pingüinos de Madagascar.

En Ayomé remontamos el río en busca de la cascada.

El río reflejaba una cascada de luz y otra de agua.


Día de mercado en Tsavié.


Todo se aprovecha, no se tira nada.


Un vehículo con vida propia que tan pronto se convierte en Chiti Chiti Bang Bang como en Herbie o... en Christine.


La niebla en el monte Kloto evocaba recuerdos disipados y marcaba el final de otra etapa del viaje.


Quería hacer una de esas fotos conceptuales con umbrales iluminados, puertas entreabiertas, paredes blancas, espacios vacíos y toda la parafernalia que gusta a los intelectuales para que mis sobrinos se comieran el coco intentando desentrañar su significado, pero un extraño personaje sentado que se negaba a abandonar la estancia me estropeó la escena.

El hombre contra la máquina, como el señor que se puso delante del tanque en la Plaza de Tiananmen. La máquina al principio se paró porque iba conducida por un hombre que tenía un nombre. Pero luego recibió la orden de arrollar a los manifestantes y se despojó de su nombre para convertirse en cualquier hombre.


Al final te das cuenta de que todos acabamos haciendo lo mismo.


Las ruinas de un antiguo edificio alemán en los montes de Danyi. En un cementerio cercano estaba enterrado Ernst Schmidt, que falleció el 31 de enero de 1904 a los 33 años de edad, como Jesucristo. En una lápida reciente alguien que le apreciaba había escrito ALLZU FRÜH UND FERN DER HEIMAT MUSSTEN SIE IHN HIER BE GRABEN, un verso del poema "La tumba en el río Busento" escrito por August Graf von Platen que significa algo así como Demasiado pronto y lejos del hogar hubieron de enterrarle. Debió ser una persona excepcional, ya que después de todas las calamidades provocadas por la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, el alza del nazismo, la Segunda Guerra Mundial y una durísima posguerra, todavía hay alguien que le recuerda. El tiempo a veces es muy relativo, cada uno tiene su propia medida.

Nosotros nos conformamos con llegar justo a tiempo para el concierto de Jazz en el hotel Le Galion de Lomé.


En la playa una barca esperaba el final del Ramadán para volver al trabajo.


Miles de musulmanes festejaban en la playa el Eid al-Fitr o ruptura del ayuno. Muchos hombres vestían de blanco, los niños recibían regalos y estrenaban ropa. Por todos lados se oía la expresión Eid Mubarak, la felicitación habitual.


Nos alojamos en el hotel Le Galion de Lomé.

Después de despedirme con gran pena de mis estupendas compañeras de viaje que regresaban a España en avión, continué hacia el este. Crucé la frontera con Benín y paré a contemplar el antiguo puente de Gand Popo sobre el río Mono.


Después de atravesar una bulliciosa frontera africana cualquier paisaje parece maravilloso, pero éste lo era realmente.

Algunas imágenes son como los chistes, si se explican pierden interés.


Aquí la chica de los ojos tristes del campamento de buscadores de oro habría tenido más oportunidades para ser feliz, pero quién puede recomponer un corazón destrozado.



Palomas de Cotonou.

En Benín conviven muchos grupos étnicos diferentes y se hablan unos 90 idiomas o dialectos.

A pesar de todo son capaces de entenderse.

En la frontera de Burkina Faso se me subieron cuatro pasajeros. Me pregunté si los de atrás eran trillizos, ya que además de parecerse lucían todos el mismo modelo de gafas y de Kalashnikov.

La camarera del restaurante de Fada-Ngourma sopló sobre la salsa hirviendo después de servírmela en los espaguetis y sonrió cuando se lo agradecí. Me gusta recordar ese momento de perfil y a cámara lenta, me da igual cómo ocurriera en realidad.


La vaca tenía hierba abundante en las orillas del pantano, pero prefirió pastar en el centro.

En Ouagadougou me subí a la azotea de mi hotel para ver los rayos de la tormenta que se acercaba. Lo único que me interesa de las grandes ciudades africanas por las noches es la habitación de hotel donde me alojo. De todo lo demás, paso.

Me levanté temprano para ver amanecer desde el tejado del hotel Soba de Bobo-Dioulasso. Había llovido por la noche y la calle estaba encharcada. Los primeros rayos de sol empezaban a colorear las nubes. Entre los árboles apareció una chica con un saco lleno de nueces de karité preguntándose quién se las compraría. Mientras se dirigía al mercado calculaba que podría vender dos kilos por cien francos CFA. Por el otro lado de la calle venía un grupo de chicas con leche recién ordeñada, comentando entre ellas si ese día encontrarían señoras interesadas en comprársela. Cada una llevaba un palo sobre los hombros del que colgaban dos cántaros. En la esquina de la otra calle había otra chica con un cesto lleno de fresas. Como estaban maduras y quería venderlas antes de que se estropeasen, empezó a ofrecerlas a los peatones más madrugadores. Su voz se mezcló con las de las lecheras formando un coro, al que se unió el afilador con su profunda letanía. Un carro tirado por dos burros marcó el ritmo mientras el vigilante nocturno de un banco cercano daba por terminada su jornada de trabajo barriendo la acera antes de irse a casa. Pensé que si hubiera tenido que pagar por ese amanecer lo que realmente valía nunca habría podido permitírmelo, y me alegré de haber captado al menos una imagen para recordarlo cuando estuviera lejos y las cosas fueran mal.

Me senté a la sombra mientras me arreglaban un pinchazo y en cuanto saqué la cámara unos niños se pusieron delante para que les hiciera una foto.

Una zona inundada cerca de Mpessoba, de camino a Bamako. No hay vacaciones para los pastores.

El poblado se había salvado por los pelos de la inundación.

Me acerqué al embarcadero de Ségou para ver el amanecer, pero el sol brillaba por su ausencia. El fuerte viento desplazaba nubes negras sobre el Níger y provocaba estrías en su superficie similares a las de la arena en el desierto. El río se transformó en una gran duna de agua plana. Luego llegó el diluvio y me refugié dentro del camión hasta que pasó la tormenta y pude continuar hacia Bamako.

Mientras empaquetaba los objetos que había comprado durante el viaje en casa de un amigo, su mujer me ofreció un té y lo escanció sin mirar ni derramar una sola gota.

Cuando miro las fotos del viaje me doy cuenta de que las que más me gustan son las pocas que se salvaron de las que tomé con la Yashica. Al final no importa ni la electrónica, ni los objetivos caros ni la tecnología avanzada, solo cuenta lo que se fotografía. Ningún microchip puede influir en la expresión de ese niño y ningún programa informático puede mejorar la posición de las manos de su abuela. Mi película favorita es "El Padrino", que no tiene ni paisajes maravillosos, ni grandes angulares, ni zooms prodigiosos.

En Mauritania el mal estado de las carreteras hacía volcar algunos camiones.

Otros preferían aventurarse por la arena para evitar el riesgo de volcar y se quedaban atascados. Ese camión llevaba material de ACNUR a un campo de refugiados cerca de Nema. La situación en el norte de Malí era cada vez peor. Hace años se me ocurrió empezar a alertar en un foro sobre lo que se avecinaba en esa zona pero debí explicarme muy mal, porque solo conseguí granjearme enemigos y sobre todo mucha indiferencia.

La primera conclusión que saqué es que en el fondo los problemas de los habitantes del norte de Malí importan realmente a muy poca gente, algo similar a lo que ocurre en los Grandes Lagos y en tantos otros sitios que ya no están o nunca han estado de moda mediática. Antes se utilizaba como excusa que el Gran Hermano se encargaba de dirigir la atención del público solo donde le interesaba, pero ahora gracias a internet cualquiera puede enterarse de lo que pasa en cualquier sitio consultando los diarios locales y los foros. Cada uno es libre para decidir hacia dónde dirige su atención.

La segunda conclusión es que mi opinión no tiene la menor importancia.

En el Sahel la lluvia había hecho crecer hierba verde. Una familia se desplazaba hacia regiones más tranquilas.

Los rayos del sol que se filtraban entre las nubes daban a las dunas un color muy peculiar.

Subí a lo alto de una torre para ver el paisaje y me sentí a salvo de todo.

Una moderna Toyota Hiace con aire acondicionado transportaba pasajeros desde Nouadhibou hasta Nouakchott. Afortunadamente en este caso los tiempos cambian para bien.

Hace miles de años el agua llegaba hasta lo alto del acantilado, y volverá como siga derritiéndose el hielo de los polos. El agua siempre vuelve, aunque sea un poco más contaminada.

El barco encallado iba desgastándose lentamente, algún día de él solo quedarán las fotos.

El holding egipció Orascom está construyendo un enorme complejo turístico en las inmediaciones de este santuario de la Naturaleza. El futuro se complica cada vez más.

Muchas gracias por haberme acompañado en este viaje virtual, espero que haya más ocasiones.




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