VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 2009


Si quiere leer el relato extenso escrito por uno de los viajeros que me acompañó, por favor pinche AQUÍ.


19 de agosto del año 2100 a las 8 de la tarde en algún lugar de Segovia. Un arrugado anciano de 133 años está sentado en una butaca en el jardín de su casa. Viene su tataranieto y le pide que le cuente cosas de cuando era joven. No contesta, porque está absorto contemplando los últimos rayos de sol que iluminan las montañas. El joven se acuerda de que el viejo solo reacciona cuando escucha música y le pone una canción antigua.

- ¿Dónde te gustaba viajar? Pregunta el joven con curiosidad.

- Al sur, responde el viejo con voz trémula.

El viejo sale de su letargo y empieza a recordar un viaje que hizo en julio de 2009.

- ¿La gente era muy diferente?

- Un poco.

El viejo sabe que debe dar contestaciones coherentes, porque de lo contrario no le tomarán en serio. La vida le ha enseñado a no contradecir la opinión mayoritaria.

En el fondo está convencido de que los marroquíes que se bañaban en la playa de El Jadida eran exactamente iguales a los demás mortales. Todos disfrutamos caminando descalzos sobre la arena, a todos nos gusta aprovechar nuestro tiempo de la mejor forma que podemos y todos lloramos cuando nos hacen daño.

- ¿Había libertad en esos países?

- No del todo.

Define libertad, piensa el viejo. Libertad para saltar, para elegir entre el bien y el mal, para errar, para obedecer a los que te obligan a ser libre.


No podía haber en el mundo nadie más libre que ese niño desafiando la gravedad.

Dueño de su destino, libre de la opinión de los demás, libre incluso de su propia opinión.

- ¿En qué consistía tu trabajo?

- Comercio. Compraba en un sitio, vendía en otro.

El viejo no se sentía con fuerzas suficientes para explicar que su trabajo consistía básicamente en una incesante búsqueda de la belleza que llegó a condicionar su vida en todos los sentidos.

Empezó comprando artesanía. Después de observar, acariciar y olfatear miles de piezas, se dio cuenta de que algunas de ellas le hablaban. Le decían que sus creadores no eran simples artesanos, sino artistas dotados de un talento excepcional.

La necesidad de encontrar belleza para sobrevivir acabó convirtiéndose en una obsesión que se adueñó de su voluntad.

Aprendió a apreciar el arte en todo lo que le rodeaba, descubriendo nuevos puntos de vista hasta superar los límites de la realidad. Los ojos de un buho, el ruido de un motor, una gota de agua, una ráfaga de viento...

Precisamente estuvo reflexionando sobre eso mientras esperaba al último rayo de sol para inmortalizarlo con su cámara en la antigua fortaleza portuguesa de El Jadida. Un haz de luz tan débil que ni siquiera tenía fuerzas para reflejarse en el agua.

- ¿No te aburría viajar siempre por los mismos países?

- A veces.

¿Se aburren de volar las gaviotas? piensa el viejo.

¿Te cansas tú de respirar? ¿Te hartas de amar? ¿Se puede agotar la imaginación? ¿Te hastía la voz de Dina Carroll o el sonido del piano? El viejo piensa que podría escuchar esa canción mil veces y disfrutar cada vez el doble que la anterior.

¿Cansan los buenos recuerdos? No, solo los malos. Para eso está el olvido, para extinguirlos antes de que te consuman.

El viejo medita que su obsesión por repetir siempre el mismo viaje solo se podía comparar con la de las personas que leían siempre sus relatos. Guiñaría un ojo si no fuera porque tiene miedo de ser incapaz de abrirlo nuevamente.

- ¿Es cierto que las ciudades estaban muy sucias, los niños mendigaban y los guías acosaban a la gente?

- Claro.

Ya estamos con los mitos de siempre, piensa el viejo. Puedes elegir entre fijarte únicamente en los excrementos de gaviota que tienes delante, o utilizar tus ojos para descubrir la perla que hay detrás. Nadie te impide moverte para descubrir otros puntos de vista, eres libre para desentrañar nuevas interpretaciones.

También puedes elegir entre conformarte con lo que ven tus ojos, o traspasar los límites de lo evidente para apreciar lo que hay más allá. De esa forma es posible que consigas descubrir al ser humano que hay detrás del guía machacón, conocer sus problemas y apreciar la hospitalidad de su familia. El guía que siempre quiere venderte algo es igual de inofensivo que un anuncio de televisión.

El viejo piensa que cuando era pequeño en su pueblo existía la costumbre de repartir monedas y regalos a los niños después de bodas y bautizos, y no recuerda que eso crease ningún mendigo sino al contrario, porque los que más recibieron luego fueron los que más dispuestos estuvieron a repartir su buena suerte.


El viejo recuerda la Essaouira que conoció cuando era joven y le viene a la memoria una canción de antaño: "Entre todas la que conocí, yo te prefiero a ti. Y entre todas las que un día perdí, yo te prefiero a ti."

- ¿Te daba miedo la soledad del desierto?

- Mucho.

El viejo no recuerda haberse sentido nunca solo en el desierto. En cambio si recuerda haberse sentido solo estando rodeado de gente en la gran ciudad donde vivía cuando era joven.

- ¿Qué era lo mejor de los viajes?

- Mis compañeros, responde sin dudar.

El viejo recuerda a sus compañeros de viaje y por primera vez esboza una sonrisa. Las francas y amenas conversaciones sobre mil temas diferentes, las risas, la música, los bailes improvisados, el ritmo de los bidones, las cenas a la luz de las estrellas y alguna que otra hoguera, el jamón, el vino y los roscos de Yecla, la gran ilusión por vivir una gran experiencia y la buena predisposición ante las adversidades para convertirlas en anécdotas.


Los paisajes se quedaron allí pero todo lo demás se vino conmigo, piensa el viejo acercándose lentamente el dedo índice a la sien. Dentro de su cabeza conserva las imágenes más familiares.

- ¿De qué te alimentabas?

- Comía lo que podía.

Me alimentaba de rocío y brisa mientras esperaba convertirme en arena para viajar con el viento hasta fundirme con las crestas de las olas blancas, piensa el viejo.

- ¿Tienes muchos recuerdos?

- Algunos.

El viejo recuerda al melancólico pescador de Tarfaya intentando recuperar alguno de los miles de sueños rotos por el naufragio del Assalama, que vertió su carga de esperanza coloreando las rocas de verde.

A las personas que nunca están en crisis, porque siempre comparten lo poco que tienen.

A los pescadores soñando con capturar alguna hermosa sirena que les diera su calor. No se daban cuenta de que morirían fuera de su hábitat natural, lo mismo que ellos se ahogarían en alguna gran ciudad privados de mares, espumas, cielos, lunas y estrellas.

El viejo recuerda sin duda muchas más cosas de las que realmente ha visto.

- ¿Dónde dormías?

- En cualquier sitio.

En el lecho del nómada, piensa el viejo. Rodeado de dunas, mecido por el viento, escuchando la suave fragancia de las estrellas fugaces, imaginando el sabor de las nubes plateadas por la luna, reconfortado por los primeros rayos de sol, contemplando el horizonte salado al amanecer.

Acompañado por la guitarra de Ritchie Blackmore no había excusa para estar triste.

- ¿Participaste en la Gran Revolución?

- No lo sé.

La Gran Revolución nunca existió, piensa el viejo. O al menos no era consciente de lo que ocurría. En realidad fue una Gran Evolución. La gente se cansó de esperar a que sus gobiernos solucionaran todos los problemas y empezó a moverse. Muchos se animaron a viajar por África para conocer la realidad por sí mismos. Constituyeron tantos lazos comerciales, afectivos y culturales con los africanos, que al cabo de unos años las fronteras desaparecieron de forma natural, lo mismo que había ocurrido anteriormente con la Unión Europea.

- ¿Terminó triunfando el humanismo como dicen los historiadores?

- Posiblemente.

Completamente falso, piensa el viejo. Busca la solución en la verdadera naturaleza humana. Abre los ojos, chico. ¿No te das cuenta de que hasta los más bellos romances tienen su origen en la lujuria? La gula produce los platos más sabrosos, la avaricia es el motor de la economía, sin pereza nunca pararíamos a reflexionar, la ira es necesaria para reaccionar contra las injusticias y sin envidia nunca nos esforzaríamos por mejorar. Las ideologías que se basan en la bondad del ser humano llevan al desastre.

Se produce un silencio, que el viejo aprovecha para pedir a su tataranieto que recite su poema épico favorito, el prólogo de la segunda parte de "Mad Max":

Mi vida se apaga
Mi vista se oscurece
Solo me quedan recuerdos
Recuerdos que evocan el pasado
Una época de caos
De sueños frustrados
Este páramo
Pero sobre todo recuerdo
Al guerrero de la carretera
Al hombre que llamábamos Max
Para comprender quién era
Hay que retroceder a otros tiempos
Cuando el mundo funcionaba
A base del combustible negro
Y en los desiertos surgían
Grandes ciudades de tuberías y acero
Ciudades desaparecidas
Barridas
Por razones olvidadas hace largo tiempo
Dos poderosas tribus guerreras
Se declararon la guerra
Provocando un incendio
Que devoró las ciudades
Sin combustible ya no eran nada
Construyeron una casa de paja
Las máquinas rugientes jadearon y se detuvieron
Los líderes hablaron y hablaron y hablaron
Pero nada pudo detener la avalancha
El mundo se tambaleó
Las ciudades estallaron
En un vendaval de pillaje
En una tormenta de miedo
Los hombres se comieron a los hombres
Los caminos eran pesadillas interminables
Solo sobrevivían los que se adaptaban a vivir de los desechos
O eran tan brutales
Como para dedicarse al pillaje
Bandas de malhechores
Se adueñaron de las carreteras
Listas para entablar combate
Por un tanque de gasolina
Y en medio de este caos de ruina
Los hombres normales sucumbían aplastados
Hombres como Max
El guerrero Max
Que con el tremendo rugido de una máquina
Lo perdió todo
Y se convirtió en un hombre vacío
Un hombre quemado y sin ilusión
Un hombre que
Obsesionado por los fantasmas de su pasado
Se lanzó sin rumbo al páramo
Y fue aquí
En este lugar desolado
Donde aprendió a vivir de nuevo

- ¿Cómo era tu generación?

- Normal.

Una generación escéptica y pragmática que dejó de creer en sus héroes después de ver a Superman en silla de ruedas, a Fernando Martín tendido en la calzada, a John Lennon acribillado a balazos, al rey del pop acudiendo a los juzgados en pijama, a la princesa del pueblo agonizando en su carroza mortal y a Hitler reencarnado en Bin Laden.

Una generación perdida en un mundo descomunal donde todos hablan pero nadie escucha que renunció a buscar su centro de gravedad permanente para  terminar creyendo únicamente en sí misma. La generación que se dio cuenta de que los muros no son tan sólidos como los pintan y que después de derribar el de Berlín bien podían caer el Apartheid y todos los demás.

- ¿Qué aprendiste en tus viajes?

- A sobrevivir.

A ararme las entrañas con pico corvo sembrando semillas de reflexión, piensa el viejo.

- ¿Qué te impulsó a viajar por África?

- Las circunstancias.

Fue El Cangrejo de las Pinzas de Oro, recuerda el viejo. Quería ser el capitán Haddock y acompañar a Tintín en sus aventuras profiriendo improperios inverosímiles.

- ¿Por qué dejaste de viajar?

- Me hice viejo.

Encallé, piensa el viejo.

Además mi acacia se secó y no encontré ningún sitio donde protegerme del viento, recuerda el viejo.

- ¿Echas algo de menos?

- Mis dientes.

La duna que descubrí atravesando el desierto, piensa el viejo. La contempló durante un minuto y le pareció la escultura más hermosa que había visto en su vida. Pero luego se subió a ella y se dio cuenta de que solo era un montón de indómitos cristales. Se alejó intentando recuperar la perspectiva, pero ya era demasiado tarde. El sol había avanzado y la duna había cambiado, ya no era la misma. Además sus huellas la habían estropeado. Como en la canción de Rosana, lo más grande se hizo lo más pequeño.

- ¿Viajabas cómodo?

- Depende de con qué lo compares.

La comodidad es irrelevante cuando uno tiene oportunidad de volar sin alas raudo y veloz acariciando el viento como un alma que desafía la muerte a ras de suelo, piensa el viejo.

- ¿Cómo hablabas con los africanos?

- En francés.

Hablaba en francés pero me comunicaba de otras muchas formas, piensa el viejo. Con gestos, signos, miradas, sonrisas, actitudes, silencios y sobre todo música. Melodías, ritmos, compases y notas son iguales aquí y en Tombuctú.

- ¿Eras un experto africanista?

- Eso decían.

Nada más lejos de la realidad, piensa el viejo. Para ser un "experto africanista" debería nacer de nuevo, reencarnarme en un niño africano e ir colgado de la espalda de mi madre durante años.

Así bailaría cuando ella bailase, sentiría su calor cuando le atacasen las fiebres palúdicas, sentiría su alegría por la boda de una amiga, me bambolearía cuando se contonease en presencia del hombre que quisiera conquistar, sentiría su tristeza cuando su marido le presentase a su nueva co-esposa y sentiría su desolación por la pérdida de un ser querido.

También sentiría su esfuerzo cuando sacase agua del pozo y cuando transportase leña sobre su cabeza. Me balancearía con su movimiento cuando lavase ropa en el río y me empaparía con su sudor cuando cocinase.

Percibiría su concentración cuando sembrase la tierra, sentiría sus músculos endurecidos después de levantar miles de veces el pesado palo de mortero para moler mijo, la olería cuando hubiese sequía y no pudiera lavarse, sentiría su angustia cuando hubiera malas cosechas y compartiría su miedo al contemplar una plaga de langostas acercándose.

También escucharía los latidos de su corazón acelerándose cuando se enamorase y sentiría su desdicha cuando su amor no fuera correspondido. Porque solo se puede conocer realmente África a través de una mujer africana, lo demás son espejismos reflejados en el agua como la luz que ilumina este hermoso rostro.

- ¿Por qué te hiciste herrero?

- Me dio por ahí.

Imposible de explicar y difícil de entender incluso para mí, piensa el viejo. Cada vez que visitaba un poblado buscaba la fragua.

El herrero es el único que se atreve a penetrar el útero de la tierra por la mina para extraer su esencia, el mineral de hierro, antes de que se convierta en planta o animal. Es un hombre duro, austero y místico, plenamente consciente de realizar una tarea sagrada. Su corazón es puro y elige las pocas palabras que pronuncia con prudencia y sabiduría.

Lleva el alma de la tierra encarnada en su materia prima al horno, que es la segunda matriz, para modificar su crecimiento y concluir su gestación creando nuevas formas de existencia.

Solo el herrero puede realizar esta tarea imprescindible para la sociedad, por eso despierta entre sus vecinos pasiones que van desde el temor por lo desconocido a la admiración por sus cualidades sobrenaturales para dominar el fuego y transformar la tierra.

Las personas que consideran al herrero como un simple fabricante de utensilios son incapaces de distinguir entre un trozo de madera y una obra de arte, o entre amar y copular.

- ¿Cómo te comunicabas durante los viajes?

- Llevaba un teléfono móvil.

Cualquiera que tuviera un poco de imaginación también podía verme reflejado en la superficie de la luna tumbado sobre mi litera en el techo del camión, piensa el viejo.

- ¿Llevabas algún manual de supervivencia?

- ¿Qué?

Ni manuales ni historias. Lo único que me enseñó a superar todas las dificultades fue la felicidad de los niños.


Si ellos eran capaces de sobrevivir con los conocimientos heredados de sus antepasados sin ayuda de científicos, economistas, médicos, jueces, policías, militares, catedráticos, inversores, aseguradores, arquitectos, contables, farmacéuticos, informáticos, ingenieros, abogados, notarios, periodistas y técnicos de lo que sea, entonces yo también podía, piensa el viejo.

- ¿Tuviste muchos problemas?

- Algunos.

Pero el más grave todavía no ha llegado, piensa el viejo.

- ¿Por qué seguías viajando a pesar de las dificultades?

- Por necesidad.

Cuando quieres algo de verdad tienes que estar a las duras y a las maduras, piensa el viejo. El amor verdadero se demuestra en las situaciones difíciles. Había viajes en los que tenía la sensación de vivir momentos épicos e irrepetibles. La extinción de una forma de vida que había permanecido inalterada durante miles de años. El final de una era y el principio de otra. No concebía estar en otro sitio. Simplemente tenía que estar allí. Incluso si le hubiera costado la vida, habría sido un precio barato a cambio de todo lo que África le había proporcionado.

- ¿Los africanos eran duros?

- A veces.

Y los no africanos también, piensa el viejo recordando a los que encarcelaban a otros seres humanos en España solo por vender películas piratas en la calle, y a los que se negaban a compartir su prosperidad cerrando sus fronteras a los más desfavorecidos. No te fíes de las apariencias, chico. En África a veces encontrabas tipos aparentemente duros con corazón de oro y valiosos como diamantes. Solo tenías que buscar sin prejuicios ni descanso y saber lo suficiente como para poder distinguir entre la verdad y la falsedad.

- ¿Las ciudades africanas eran inhóspitas y caóticas?

- Un poco.

Pero solo en la superficie, piensa el viejo. En ellas convivía lo mejor y lo peor de cada país. El viejo recuerda una historia que escuchó de joven:

En un poblado de la brousse vivía una humilde familia de campesinos. El primogénito rezaba sus plegarias antes de dormir. Había estado durante un mes en el bosque llevando a cabo los rituales de iniciación que culminarían al día siguiente con una gran ceremonia en la que entraría a formar parte de su comunidad como miembro adulto con todos los derechos y obligaciones que eso implicaba.

Tenía que haber tallado una máscara con la que debía bailar al día siguiente, pero no lo había conseguido. Había hecho todo lo posible pero carecía de talento para esculpir, simplemente era torpe.

Imploró ayuda con tanto empeño a los antepasados y a los espíritus de la naturaleza que sus pensamientos materializados en palabras pudieron ser escuchados por su padre, apostado en el exterior de la cabaña al calor de la hoguera.

El padre se lamentó por ser un sencillo agricultor carente de talento y tratando de buscar una solución para el problema de su hijo se acordó de un amigo de la infancia que tenía fama de ser hábil herrero y artista virtuoso.

Inmediatamente se puso en marcha, cruzó el bosque desafiando los peligros de la noche y ayudado por la luz de la luna llegó hasta el poblado de su amigo. Le despertó y juntos regresaron al bosque. Buscaron un árbol caído e implorando su perdón eligieron la mejor parte para extraer un bloque de madera seco y sin fisuras.

El herrero trabajó durante toda la noche en compañía de su amigo de la infancia. La felicidad que le había producido el reencuentro le inspiró y puso todo su corazón para tallar la máscara más hermosa del mundo. Cuando hubo terminado se la entregó a su amigo, que regresó corriendo hasta su poblado para depositarla junto a su hijo justo antes de que amaneciera.

El hijo se despertó y al ver la máscara pensó que sus plegarias de la noche anterior habían surtido efecto. Pudo bailar con ella durante la ceremonia y concluyó con éxito los rituales de iniciación.

Al año siguiente una prolongada sequía arruinó al padre, que decidió trasladarse a la capital del país con toda su familia para trabajar de taxista. El hijo ingresó en una escuela pública, aprendió a leer y resultó ser un alumno tenaz. Sus buenos resultados le permitieron obtener una beca para estudiar medicina en la universidad y después de vencer todas las dificultades se convirtió en un brillante médico que atendía todo tipo de pacientes, incluso aquellos que a veces no podían pagarle.

El padre trabajó hasta que agotó sus fuerzas y cuando ya hacía planes para jubilarse en compañía de su mujer, enviudó. Después de muchos años en la gran ciudad había ido abandonando sus creencias animistas y se había integrado en una comunidad religiosa repleta de complicadas normas que no acabada de comprender y que en el fondo le resultaba ajena. Habiendo perdido interés por vivir, poco a poco se fue consumiendo.

En el lecho de muerte pidió quedarse a solas con su hijo,  le confesó que ya no creía en nada y que no estaba seguro de lo que sería de su alma después de muerto.

El hijo permaneció pensativo y después de unos minutos mirándose a los ojos le dijo que no debía preocuparse de nada, ya que sin duda las fuerzas de la naturaleza se ocuparían de él.

"¿Cómo es eso?" pregunto el padre. Y el hijo contestó:

- "Padre, nunca te lo había contado, pero yo no tallé la máscara que bailé el día que concluyó mi iniciación. Lo intenté con todas mis fuerzas durante un mes hasta que me sangraron las manos, pero no fui capaz. La noche anterior a la gran ceremonia estaba tan desesperado y exhausto que solo pude implorar ayuda a las fuerzas de la naturaleza y a los espíritus de nuestros antepasados. Ellos me proporcionaron la máscara. Ese gran gesto de generosidad me sirvió de ejemplo para todo lo que he hecho en la vida y me ayudó a ser lo que soy ahora. Padre, debes tener fe en los antepasados y creer en las fuerzas de la naturaleza, porque realmente existen."

El padre sonrió y emprendió su última carrera hacia el destino final en compañía de su adorada esposa.

- ¿Había paisajes bonitos?

- De todo.

Los más hermosos eran los que había soñado antes sin entender, piensa el viejo. Al verlos tenía la sensación de que todo encajaba. Como cuando leía algo y se daba cuenta de que era la materialización de una idea que ya pensaba pero que nunca había sabido expresar.

El viejo recuerda un fragmento de "El jardín de las mujeres", de Aminatta Forna:

<<Kuru hizo a la gente a imagen de la tierra y el cielo. Llamó a su ángel y le ordenó que separara a la gente en blancos y negros. Asílo hizo el Angel. Entonces Kuru le mandó que trajera toda clase de herramientas. Cuando éstas estuvieron apiladas frente a él, Kuru dio a los negros el arado, la azada, el martillo y el yunque. Y los envió a vivir al bosque y a las colinas para que se convirtieran en granjeros y herreros. Ellos trabajaron la tierra, plantaron cosechas, construyeron casas con barro y les pusieron tejados de palma. A los blancos les dio la brújula, la regla y el sextante. Construyeron navíos y surcaron los mares. Hicieron negocios y se enriquecieron. Entonces Kuru vio que había hecho un reparto poco equitativo. De modo que les dio a los negros algo que nadie más tenía. Les dio el poder de la adivinación.

Los negros podían haber usado ese regalo para hacerse ricos, pero no lo hicieron. En lugar de eso, hablaron con los espíritus y con los que ya se habían ido. Les pidieron consejo para saber qué hacer. Así es como vivieron sus vidas.>>

- ¿Lo hacías todo tú solo?

- No, me ayudaban.

El viejo recuerda con gratitud a todos los que le acompañaron en sus viajes y a todos los que le compraban los objetos que traía de África, sin los cuales nada habría sido posible. A veces la ayuda venía de los lugares más insospechados, piensa el viejo acordándose de lo que ocurrió durante la gran depresión de principios del siglo XXI. Unos viajeros malintencionados publicaron una página plagada de mentiras y la difundieron a los cuatro vientos para socavar su reputación. Pero muchos lectores se sintieron atraídos por esa falsa imagen de tipo frío e insensible "que no limpiaba los cristales", las visitas a africaclub.es aumentaron y sus ventas se incrementaron.

Posteriormente el argentino Álex Quiroga dirigió una película basada en ese personaje. En un principio se pensó para interpretarlo en Dennis Franz, el infame detective Sipowicz de Hill Street Blues. Pero finalmente fue elegido Nicolas Cage, que ganó su segundo Oscar al mejor actor principal.

- ¿Si volvieras a nacer harías lo mismo?

- Posiblemente.

Si pudiera elegir me reencarnaría en Horacio "El Negro" Hernández, piensa el viejo.

- ¿Cómo te informabas antes de cada viaje?

- Por internet.

El viejo recuerda que cuando era joven, en la Era Preinternet existía la figura del "gran viajero" que transmitía sus conocimientos por medio de conversaciones. Solía ser una persona culta y amable que recibía a los "pequeños viajeros" en su modesto apartamento donde todo parecía provisional, como un lugar de paso. Tenía las estanterías llenas de libros y objetos traídos de países lejanos. Su ropa era holgada y olía a incienso. A menudo interrumpía su locución con largos silencios cargados de magia que el aprendiz no osaba profanar, en los que su mente escapaba hacia los lugares que estaba describiendo.

Con internet, todo eso se perdió.

- ¿Viajabas con cualquiera?

- Claro. Sin distinción de sexo, nacionalidad, raza, religión e ideología política.

El viejo recuerda que al principio fue así, pero después de algunas malas experiencias se impuso el instinto de conservación y solo viajó con aquellas personas que supieron entender que su viaje no era un paquete turístico ni él su chófer, que estuvieron dispuestas a acompañarle hasta el final afrontando todas las incomodidades con paciencia y buen humor, que fueron capaces de transformar las adversidades en buenos recuerdos y que valoraron lo que les ofrecía ayudándole a pagar los cuantiosos gastos que le ocasionaba el transporte.

A veces la selección era tan estricta que estuvo a punto de excluirse a sí mismo, pero no podía arriesgarse a repetir los errores del pasado.

El viejo recuerda que incluso en alguna ocasión tuvo que emplear el desagradable recurso de enseñar los dientes para que nadie corriera el riesgo de volver a confundirle con lo que no era.

- ¿Tenías casa en África?

- No.

Sí, piensa el viejo recordando Les Bambous de Bobo-Dioulasso.

- ¿Veías muchos animales?

- Algunos.

El viejo recuerda que cuando era pequeño quería tener un pony, pero como sus padres eran pobres solo pudieron comprarle una hormiga. Al principio se sintió un poco defraudado, hasta que se dio cuenta de que las termitas eran los únicos seres vivos capaces de edificar obras de arte inspiradoras de la arquitectura sudanesa e imitadas por Es-Saheli y Gaudí. De ellas aprendió a transformar la madera en alimento.

- ¿Viajar te hace sabio?

- Depende.

Se puede aprender viajando y se puede aprender de los árboles que crecen por sus propios medios y nunca se mueven, piensa el viejo. Algunos se alimenta de sus hojas caídas, de la misma forma que las personas también nos alimentamos de las esperanzas truncadas. El baobab sabe que lo más importante no es el fruto sino la semilla. En época seca parece muerto, pero cuando llueve reverdece. Si lo talas tendrás leña, pero te quedarás sin sus flores ni sus frutos.

- ¿No te aburrían siempre los mismos paisajes?

- A veces.

El que se aburre es porque quiere, piensa el viejo acordándose de que cuando contemplaba el río Níger desde la orilla, el agua que veía por la mañana no era la misma que por la tarde. Las nubes eran diferentes y había otros pescadores. Quizás al espectador no le importase, pero a ellos sí.

- ¿Veías muchos cambios de un viaje para otro?

- Algunos.

El viejo piensa que las cosas cambiaban rápidamente y lo que un día era novedad, se convertía en costumbre al día siguiente. Los nuevos medios de transporte generaban nuevos problemas que difícilmente podían ser resueltos por medios tradicionales. Al principio cuando alguien tenía un problema en la carretera, todos se paraban a ayudarle. Luego lo habitual pasó a ser que se ocupasen de solucionarlo los servicios públicos: grúas, ambulancias, policías, bomberos, etc.

En el intervalo solía aparecer algún inadaptado que cuando iba conduciendo y veía a alguien en apuros, disminuía la marcha para preguntarle si necesitaba ayuda. Por suerte siempre venía alguien por detrás con mucha prisa que le pitaba, recordándole que las cosas ya no funcionaban así.

El viejo piensa que hay personas con más capacidad de adaptación que otras, y que lo que para unos es adelanto, para otros es atraso.

- ¿Veías muchas desgracias?

- De todo tipo.

Veía catástrofes pero no desgracias, piensa el viejo acordándose de las inundaciones de Tintâne. La peor desdicha no está en los fenómenos de la naturaleza, sino en la tragedia merecida. Si quieres ser feliz trata las catástrofes como molestias, no las molestias como catástrofes. La felicidad implica ser consciente de lo que te hace desgraciado, y las desgracias son las semillas de las virtudes. Es triste sufrir una catástrofe, pero lo que realmente te hace desgraciado es ser testigo impotente de los sufrimientos de los demás y limitarte a obtener una foto impactante. Pregúntale al bueno de Kevin Carter, una de las personas que más contribuyó a concienciar a la humanidad del problema del hambre en Sudán, y a los que le criticaron empujándole al suicidio. A veces la desgracia no consiste en carecer de talento para hablar bien, sino en carecer de la sabiduría necesaria para permanecer en silencio.

El agua se comporta como las reflexiones, piensa el viejo. Cuando cavas un pozo al principio el agua sale turbia, pero luego se aclara.

- Es mejor que empieces a cavar el pozo antes de sentir la sed, dice el viejo.

- ¿Qué?

- Nada, cosas mías.

- ¿Nunca te perdías?

- A veces.

Fue precisamente perdiéndome como encontré los lugares más hermosos y viví las aventuras más apasionantes, piensa el viejo acordándose de lo estimulante que le resultaba darse cuenta de que había errado el camino.


Las horas le parecían más largas, los días interminables y la vida más valiosa.

- ¿Te gustaría volver a África?

- Claro.

No me hace falta, piensa el viejo. Su recuerdo vale más.

- ¿África era tu principal destino?

- Posiblemente.

Cuando elegimos un camino renunciamos a otros muchos, piensa el viejo. La única forma de saber cual es el mejor consiste en vivir muchas vidas y encauzar cada una por un sendero diferente, pero eso no es posible. A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo. Cada instante de la vida nos acerca más a la muerte, pero el viejo no la teme porque tiene un plan. Cuando la vea venir, desaparecerá.

Estés donde estés, viajes o no viajes, tarde o temprano el ocaso siempre llega, piensa el viejo.

Con la certeza de que a cada noche sucede un nuevo amanecer.

- ¿Tenías familia en África?

- No.

Sí, piensa el viejo acordándose de los pescadores del Sahara Occidental.

La pobreza hace aflorar cualidades que la prosperidad entierra, piensa el viejo. La adversidad es el vínculo más estrecho de los corazones. Los que más comparten son los que menos tienen.

Finalmente el joven se cansa de tanto monosílabo y se despide de su tatarabuelo pensando que es vacuo y aburrido.

El viejo se queda contemplando el horizonte y aparece lo que llevaba toda la tarde esperando, una hermosa luna llena asomando por detrás de las montañas mientras Rick Davies toca el piano encima del camión y Roger Hodgson canta una y otra vez:

Guess I'll always have to be
Living in a fantasy
That's the way it's got to be
From now on

Mira alrededor y al ver que su tataranieto ha desaparecido, piensa: "este chico no sabe lo que se pierde."




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