VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2006

Por motivos familiares no podía estar mucho tiempo fuera, así que me fui solo con un toyota hilux. Cada noche buscaba un sitio tranquilo para plantar la tienda de campaña. Aunque eso suene bucólico, a veces me resultaba difícil conciliar el sueño. Asociaba cualquier ruido con inexistentes bandidos al acecho, chacales hambrientos, camiones del Dakar descontrolados y todos los peligros que la imaginación pueda concebir.

En pocos días ya estaba en Nouakchott, donde por culpa de la fiesta del Tabaski encontré la embajada de Malí cerrada. El vigilante llamó por teléfono al vicecónsul, que vino rápidamente y me hizo el visado en diez minutos. No hizo falta regalarle nada, ya que habían empezado el año triplicado el precio oficial.

En Gogui, el último pueblo mauritano antes de atravesar la frontera con Malí, un niño me arrojó una piedra que hundió medio centímetro la chapa del coche a la altura de la cabeza. Busqué a sus padres y les informé de lo que había hecho su adorable retoño. La madre me recibió con actitud desafiante, pero el padre se disculpó avergonzado y me invitó a un té.

En Nioro fui a la aduana para hacer los trámites de entrada en Malí, pero no había nadie. Después de un buen rato esperando, apareció un niño que me pidió dinero por ir a buscar al jefe de la aduana. Le dije que cuando me lo trajese, hablaríamos de dinero. Saqué un libro y leí a la sombra de un árbol. Llegaron dos austriacos en moto para hacer los trámites de salida. Les expliqué que llevaba toda la mañana esperando. Uno de ellos me dijo en inglés que podía circular perfectamente sin el "laissez-passer touristique", el permiso que da la aduana. Que no debía preocuparme, porque los funcionarios en este maravilloso país eran muy amables y daban todo tipo de facilidades a los turistas. "Si claro", pensé yo. "Cómo se nota que a ti nunca te han confiscado los vehículos, ni te han encarcelado por equivocación, ni te han disparado, ni secuestrado, ni asaltado, ni extorsionado, ni te han destrozado el coche durante una revolución en este maravilloso país". Cada uno saca conclusiones según su experiencia. Le dije que no tenía prisa, y prefería hacer todo lo posible por llevarlo todo en regla. No entré en detalles sobre el motivo de mi espera por temor a que pensase lo que yo muchas veces me pregunto: después de tantas calamidades... ¿por qué me empeño en regresar?

Cuando se fueron los austriacos, me quedé pensando en todas las anecdotas que había vivido en África.

En enero de 2001 me presenté en la frontera de Ceuta con un camión Ebro que llevaba en su interior un Nissan Patrol largo. Como me temía, la aduana de Marruecos no tuvo a bien considerar mi observación de que el 4x4 formaba parte de mi equipaje, y me pidió una caución bastante elevada que supuestamente me devolverían en Dirhams a la salida del país en dirección a Mauritania. Un mal negocio. Aparqué el camión en el puerto de Ceuta y me fui en taxi a Rabat para tratar de conseguir mejores condiciones ante la Dirección General de Aduanas. Después de perder un día y medio con estériles gestiones de despacho en despacho, regresé ya de noche a la frontera de Ceuta decidido a realizar el viaje con un vehículo, y dejar el otro para repetir en Semana Santa. No puedo decir que estuviera especialmente disgustado, ya que eso me daba la oportunidad de realizar dos viajes en vez de uno.

Entregué mi pasaporte al policía marroquí de la frontera. Cuando comprobó mis datos en el ordenador, informó al aduanero de que cinco meses antes yo había entrado en el país con un camión Mercedes y estaba intentando salir si él. Dedujeron que yo había vendido el camión en Marruecos de forma ilegal. Lo cierto es que en agosto de 2000 había salido del país con ese camión un par de semanas después de entrar. Pero en la frontera sur hacia Mauritania nadie se preocupa de compartir información con los demás puestos fronterizos. Su excusa es que no tienen ordenador. Por lo visto, les cuesta mucho enviar una cartita de vez en cuando a Rabat para actualizar los datos de las personas que han salido del país con su vehículo. A veces alguien te recomienda que conserves un papelito blanco de escasa consistencia como recibo, pero después de recorrer África Occidental tragando polvo, barro, lluvia, sudor y lágrimas, lo que queda del papelito es cualquier cosa menos blanco. Si es que queda.

Me dijeron que tendría que esperar al día siguiente para solucionar el problema con el jefe de la aduana. El mismo que dos días antes me había exigido primero una caución astronómica por entrar con los dos vehículos, y luego expulsado de la frontera a gritos con bastante mala educación. En este mundo hay más de 6000 millones de personas, y siempre que puedo evito tratar con ese ínfimo porcentaje que me cae mal. Así que explorando todas las posibilidades pedí al primer español que pasó por allí en dirección a Ceuta que contase mi problema a los funcionarios del puesto fronterizo español. Al cabo de media hora apoyado en la barandilla mirando al oscuro mar y cuando ya estaba resignado a buscar un hotel en Tetouan, oí que alguien gritaba mi apellido. Me sobresalté de la misma forma que en mi época estudiantil el profesor me gritaba tratando inútilmente de llamar mi atención sobre el origen del kilopondio, mientras mi vista se perdía por la ventana y en mi mente se sucedían imágenes de otras realidades mucho más interesantes descritas por Julio Verne, Jack London, Herman Melville, George Orwell o Edgar Allan Poe.

Allí estaban los responsables policiales del puesto fronterizo español. Habían cruzado la frontera y entrado en Marruecos para interesarse por mi caso. Después de un amable intercambio de sonrisas, saludos y apretones de mano con los funcionarios marroquíes, el aduanero me dijo de forma casi paternal, como quien regaña cariñosamente a un niño que ha cometido una travesura, que aceptaban mi palabra y me daban su permiso para cruzar la frontera. Pero que no se volviera a repetir. Regresé a Ceuta muy contento sobre todo por la ayuda que mi compatriotas me habían brindado.

No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que en el mundo abundan totalitarismos, sectarismos y doctrinas excluyentes en las que lo único que sus defensores tienen en común es que piensan que están en posesión de la verdad absoluta, mientras que todos los demás son tontos o se equivocan. Por eso alguien puede llegar a la conclusión de que lo mejor es no comprometerse demasiado con nada ni con nadie. Pero cada uno ha nacido en el país que le ha tocado y forma parte de un grupo de forma voluntaria o por la fuerza de las circunstancias. Por eso es motivo de alegría cuando estando lejos de mi hogar me encuentro con algún español y me ayuda o simplemente me saluda. Aunque el otro me diga que no es español sino vasco o catalán, siento que tenemos más cosas en común que con un malayo o con un lapón.

En enero de 2003 viajé con cinco amigos en dos vehículos. En Nouadhibou dejamos uno de los coches en el albergue, y utilizamos el otro para visitar sitios. Jordi y Benja se acomodaron en la parte trasera del pick-up, que iba tapada con una lona. El centro de pesca deportiva de Kobanu es considerado por algunos como una horterada y por otros como una chulada. En cualquier caso, quisimos acercarnos para que lo vieran los que no lo concían. De camino y en medio de la nada había un puesto de control con su correspondiente "stop police". Paramos. Jordi y Benja pensaron que habíamos llegado ya a Kobanu y se bajaron del coche de un salto quejándose a gritos por el mal estado de la pista. Los policías debieron pensar que se trataba de un ataque, y corrieron a refugiarse dentro de su garita, chocando entre ellos y cerrando la puerta con un fuerte estruendo. Nos quedamos alucinados.

En cierta ocasión viajaba por Marruecos con mi mujer en un camión cargado de cerámica. Era de noche. De pronto vimos a lo lejos un balón de fútbol cruzando la carretera. Una luz roja se encendió en algún lugar de mi pequeño cerebro asociando pelota con niño. Aunque el esférico ya había desaparecido, pisé el freno a fondo. Efectivamente de entre unos matorrales salió corriendo un chiquillo cuyo único objetivo en ese momento de su existencia era recuperar su preciado balón. El chirrido de los neumáticos le despertó de su ofuscamiento temporal y se quedó paralizado justo en medio de la calzada. El parachoques del camión se detuvo a menos de un metro de su frágil cabecita. Celebré la ocurrencia de frenar más que Drazen Petrovic después de ganar la Copa de Europa con la Cibona de Zabreb el 3 de abril de 1985. Además la cerámica estaba tan bien empaquetada, que no se rompió nada.

Mi peor experiencia en África tuvo lugar en agosto de 2003. Iba yo solo conduciendo de noche mi toyota por la carretera que une Ségou con San. Quise quitarme el forro polar en marcha y me hice un lío con la camiseta, que se quedó atascada delante de mi cara impidiéndome la visión. Recorrí bastantes metros hasta que conseguí detener el coche sin sufrir ningún percance. Este incidente me sirvió para reflexionar sobre si era mejor cumplir el programa establecido a costa de ganar tiempo como fuera, o morirme. Busqué un sitio para plantar la tienda de campaña, y me propuse cumplir de una vez por todas la promesa de tomarme las cosas en general y los viajes en particular con más calma. No es lo mismo sufrir las consecuencias de algo incontrolable como un huracán o una agresión armada, que ser víctima de la estupidez de uno mismo.

En cierta ocasión viajaba con mi camión por una pista del norte de Malí en dirección a Mauritania. Pinché una rueda y cuando la estaba cambiando, apareció un amable caballero que se ofreció a ayudarme. Antes de darle la mano como manda la buena educación, me limpié el polvo con lo primero que encontré, un trozo de goma-espuma de la que utilizo para empaquetar la artesanía. Cuando mi piel entró en contacto con la suya, se produjo un chispazo por la electricidad que la goma-espuma había generado. El hombre se asustó y se largó apresuradamente. Tuve que cambiar la rueda solo. A veces la buena educación es contraproducente.

Poco se habla en las guías de viajes serias de dos aspectos que considero fundamentales para el viaje, quizás por miedo a que dejen de considerarlas serias: la suerte y la música.

Lo de la suerte es evidente. Sin ella uno no llega ni hasta Algeciras. En enero de 1999 conocí en Dakhla a un navarro cuyo primer viaje había terminado en la provincia de Segovia, cuando un camión le embistió por detrás en la autovía. Se había tirado 6 meses preparando el vehículo para llegar hasta Sudáfrica.

A pesar de lo que digan los ultraracionalistas, los gafes existen. Suelen manifestarse en el peor momento del viaje. Uno no se da cuenta de que su compañero de viaje es gafe hasta que ya es demasiado tarde. Existen familias enteras de gafes. El gafe siempre piensa que los demás son gafes, porque vive entre desastres.

La música que uno escucha durante el viaje se imprime de tal forma en la memoria, que cuando la oye después, le transporta nuevamente al pasado. Durante los primeros viajes y con ánimo de integrarme en África todo lo posible, escuchaba únicamente música africana. Terminé cogiéndole manía. Ahora solo disfruto con lo que me ha gustado siempre. Asocio por ejemplo Led Zeppelin con Essaouira, Jean Michel Jarre y Mique Oldfield con los acantilados del Sahara Occidental, Deep Purple, Queen, AC&DC y The Who con las interminables rectas argelinas, Supertramp con la travesía por la playa mauritana, John Scofield, Bill Cobhan y Weather Report con África negra.

En mi humilde opinión hay pocos placeres en mundo comparables a escuchar el piano de Rick Davies a la luz de la hoguera en alguna playa sahariana, y la voz de Roger Hodgson cantando el sencillo inicio de "A Soapbox Opera":

I hear
Only what I want to hear
But I have to believe in something
Have to believe in just one thing

Me da igual que todos ellos sean millonarios, que su éxito se deba en parte a cuantiosas inversiones de su compañía discográfica, que no sean los más virtuosos. A veces es mejor dejarse llevar por la corriente y disfrutar.

Fue precisamente escuchando una canción de Franco Battiato cuando se me ocurrió buscar un centro de gravedad permanente. Pensé que un buen comienzo sería hablar con el el Hogón de Arou, que es el jefe espiritual de los Dogón. Los hogones son los encargados de velar por el mantenimiento de las creencias de los Dogón, que constituyen uno de los grupos étnicos más interesantes de África. El Hogón de Arou es el hogón más importante.

El país Dogón parece pequeño en el mapa, pero contiene tantos pueblos y las pistas son tan lentas, que sobre el terreno da la impresión de ser inmenso.

En cada viaje procuro visitar zonas diferentes del país Dogón, y nunca más de una semana. Así evito que me pase lo mismo que con la música africana.

Esta vez empecé por Koro y tomé una pista hacia el norte que me llevó por Andakaga, Dana, Adourakamé, Ourokou, Bande, Ourable, Yaguémé, Banakani, Madougou, Bonrvon y Bombou hasta llegar a los pies de la falla de Bandiagara.

Si quiere ver las fotografías que hice en ese trayecto, por favor pinche AQUÍ. Para ver la siguiente foto, pinche sobre la flecha (). Las fotos están diseñadas para verse bien en un área de pantalla de 800 x 600 píxeles. Con Internet Explorer, podrá verlas mejor si pulsa la tecla "F11".

En Bongo conocí a un canadiense que se lamentaba porque consideraba que en el país Dogón había demasiados turistas occidentales. En la agencia de viajes le habían dicho que aquello era el fin del mundo. Le pasaba lo mismo que a cualquier conductor atrapado en un atasco: no se daba cuenta de que él mismo formaba parte de su problema. Los africanos le miraban sonrientes sin comprender exactamente el motivo de su enfado. Al final el canadiense terminó resignándose, y cuando dijo que en Toronto nunca nadie le hacía tanto caso como en ese momento, reímos todos.

La noche anterior a la visita a Arou acampé frente a Yenndouma. Estaba tan entusiasmado, que casi no pude conciliar el sueño. Me desperté al alba y pude contemplar un hermoso amanecer.

Trepé por un camino de cabras en compañía de tres chavalillos que se ofrecieron para guiarme. Después de un bonito paseo llegamos a Arou.

El Hogón de Arou me recibió con gran amabilidad. Por medio de un traductor le dije que venía desde muy lejos para empaparme de su sabiduría. Me contestó que si le daba un donativo gozaría de un año entero de buena suerte. Le di 2.000 francos CFA, y tras colocar el billete debajo de una piedra, me dijo que prefería moneda suelta porque tendría que repartir entre su numerosa prole. Le di todas las monedas que llevaba para comprar coca-colas, ya que los vendedores de refrescos a veces no tienen cambio y es una lata estar esperando.

Después de un preámbulo para romper el hielo, le pregunté por la inmortalidad de las almas y la relación del hombre con el Cosmos. El Hogón me contestó repitiendo la bienvenida y me recordó que a la salida del pueblo había un altar donde era costumbre hacer un sacrificio. En mi caso, lo más conveniente sería dejar algunas monedas.

Llegué a la conclusión de que para enterarme de cualquier cosa relacionada con la religión de los Dogón acudiendo a las fuentes, me haría falta mucha paciencia, tiempo y dinero. A ser posible, en calderilla.

Una vez terminada la gloriosa visita al venerable Hogón de Arou, bajé por la ladera del monte partiéndome de risa.

Hice una bonita foto del sitio donde había aparcado el coche, y acordándome de la familia que me esperaba en casa comencé a planear el retorno al hogar.

Durante el viaje de regreso a España vi este esqueleto de automóvil que había participado en el rally Dakar. El piloto se bajó a hacer sus necesidades, y cuando volvió se lo encontró así. Se puso muy contento al comprobar que no le habían roto el parabrisas, ya que lo acababa de limpiar.

El rally Dakar tiene ventajas e inconvenientes, y como cualquier otra actividad humana, defensores y detractores. En el debate creo que se confunde la causa con el efecto. La causa es la formación en el mundo de dos grandes grupos con diferentes prioridades e intereses opuestos: ricos y pobres. Todo lo demás viene después. Quizás si no hubiera tanta diferencia entre unos y otros, muchos problemas se solucionarían.

Los países africanos llevan muchos años siendo independientes y tienen plenas facultades para decidir lo que les conviene. Algunos han elegido seguir en la órbita de sus antiguos invasores, otros se han emancipado. Los habitantes de los países africanos que se consideran mal gobernados, sufren el mismo problema que han tenido todos los habitantes de los países mal gobernados en el resto del mundo a lo largo de la historia. Son ellos los principales interesados en solucionar sus problemas y los únicos que pueden cambiar las cosas. El intervencionismo es tremendamente complicado. Además, no me siento capaz de decirles a los africanos si el Dakar es bueno o malo, cuando el año pasado murieron en España 3.329 personas como consecuencia de accidentes de tráfico.

El viaje de regreso fue tranquilo. La pista entre Didjeni y Diéma había sido reparada, y estaban haciendo una carretera entre Diéma y Nioro. El viaje tiene cada vez menos dificultades físicas.

Aunque yo al mirarme al espejo me vea igual que cuando tenía 5 años, mucho ha cambiado todo desde que hiciera mi primer viaje transahariano en 1987. Afortunadamente el cambio ha sido a mejor. Sería estupendo que lo bueno perdurase y lo malo desapareciera.

Y como escribió Antonio Machado:

Era un niño que soñaba
con un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.

Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía ...
¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!

Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.

Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!




VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 1987
VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 1988
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VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 1991
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